Habían trabajado un par de horas y, por fin, se dieron un respiro. Freya se sentó en una vieja banca de madera medio vencida por el tiempo, con las piernas cruzadas y la mirada perdida en el techo cubierto de hojas. Sus dedos jugaban con un pétalo caído mientras hablaba: —¿Sabes qué más quiero? Luces colgantes. Como de feria. Que se enciendan en la noche. Quiero que el invernadero parezca un trozo de cielo atrapado en vidrio. Alexander la miraba desde su silla, la tablet apagada ya sobre sus piernas, y solo dijo: —Entonces así será. Y justo cuando ella iba a responder algo ingenioso… crack. La banca cedió con un crujido dramático y sin previo aviso. Freya soltó un grito ahogado mientras caía hacia atrás, pero en su desesperación estiró la mano y… —¡Alexander! …lo jaló con ella.

