Freya se acercó a él, jadeando por tanto reír, con el cabello pegado al rostro y los ojos brillando. —Eres insoportable —susurró. —Pero irresistible. Ella soltó una carcajada ahogada y apoyó su frente en la suya otra vez, esta vez sin solemnidad. Solo complicidad. —Prométeme que nunca dejarás de sorprenderme. —Prométeme tú que no te vas a ir otra vez. Y aunque no hubo respuesta… el silencio entre ellos fue lo más parecido a un sí. Después de la guerra acuática, Freya y Alexander regresaron a la orilla del lago, donde una manta los esperaba extendida entre piedras planas y pasto fresco. Había una pequeña canasta con frutas, panecillos, y un termo con limonada casera. Ambos se acomodaron sin decir mucho al principio, dejando que el aire fresco secara sus cuerpos mojados. Freya se

