Ya en casa, Freya había improvisado algo ligero para cenar: pan rústico, quesos, uvas y una botella de vino blanco que Alexander había sacado de la cava. Estaban en la cocina, de pie, comiendo con los dedos, sin muchas formalidades. —¿Así que queso y uvas? —bromeó Alexander mientras tomaba una— ¿esto es tu forma de seducirme o de intoxicarme? —Depende de tu resistencia, señor Dorne —respondió ella con una sonrisa ladina—. Aunque si me preguntas, lo haces bastante bien solo, sin mi ayuda. —¿Ah, sí? —preguntó él, acercándose un poco más—. ¿Y si te dijera que me encanta verte cocinar cantando con ese ridículo delantal de limones? —Diría que te estás burlando. —Diría que me vuelves loco. —Diría que tú también... —respondió Freya, su voz ya cargada de intención. El ambiente cambió. Las

