Las sábanas estaban arrugadas, aún tibias. Las velas se habían consumido casi por completo. La casa entera dormía, excepto ellos dos. Freya estaba recostada sobre el pecho de Alexander, con una pierna entrelazada a la de él y su mano dibujando círculos lentos sobre su piel. Su cabello despeinado caía como una cortina oscura sobre su hombro, y su respiración era suave, tranquila, en paz. Alexander tenía un brazo alrededor de ella, acariciándole lentamente la espalda, como si tuviera miedo de que desapareciera si dejaba de tocarla. La otra mano descansaba en su cintura, como si ese lugar le perteneciera desde siempre. —No pensé que este momento volvería a pasar —dijo él en voz baja, rompiendo el silencio con cuidado, como si las palabras pudieran asustarla. Freya no contestó al insta

