Se sabía ya que ser parte de Ludxaven era peligroso, pero tener la mente despejada en pleno toque de queda, era letal.
Durante éste, lo único que lograba descansar era el cuerpo, pues los pensamientos eran una agonía bélica que carcomía poco a poco la cordura del pensador, lanzándolo a un abismo de paranoia que se dividía entre la idea de tener que sobrevivir para salir del juego, y luego continuar guerreando en la jodida vida real... Francamente, Raven no sabía qué era peor.
Si fallaba en Ludxaven y no contaba con un mínimo de treinta soles de hielo, sería enviada a un inminente deceso, mas en la vida real ya estaba perdida. En guerra con su madre por un embarazo que ni siquiera sabía si podría terminar al volver, solo porque a un albino enfermo le dio la gana de arrancar la semilla de su vientre.
—¿Me estás diciendo que te reclutaron a mitad de la calle y que tu embarazo desapareció por arte de magia cuando pisaste el angar? —preguntó Joanne, la chica gris, quien había llegado al sexto nivel antes de que iniciase el toque de queda.
Ambas chicas permanecían contándose vivencias pasadas antes de que Dante las absorbiera, ya que ninguna conseguía pegar un ojo; estaban descansando, pero el peligro seguía al acecho. A Raven le agradó recuperar la compañía de la morena, después de todo, era la única que la soportaba y mostraba una pizca de solidaridad al menos.
—Ajá —musitó Raven—. ¿Tú cómo llegaste aquí?
La chica gris expulsó una bocanada de aire antes de contestar, sacando una fotografía arrugada de un bolsillo oculto de su zahvlar, se la extendió a Raven, quien la detalló mientras trataba de no dañar el papel. Una pequeña morena de cabello despeinado y sonrisa con dientes faltantes sonreía mientras miraba un cono de helado, algunos matices de su rostro se asemejaban al de Joanne.
—Estaba con mi hermana menor en un parque de diversiones, se soltó de mi mano en un descuido y cuando empecé a cansarme de tanto buscarla, uno de los guardianes me encontró a mí, diciendo que, si me metía en este juego, la recuperaría.
—Te mintió —conjeturó Raven.
Joanne negó.
—Dante no miente, ¿Sabes? Ni él, ni sus guardianes. Como mucho puede soltar una verdad tan hiriente que te hará odiarlo y desear que sea mentira, pero él no engaña.
»Estudiando su personalidad, los movimientos de su mente macabra y su voracidad de poder, me di cuenta de que no tenemos escapatoria de sus verdades, ni de esta paradoja, salvo el éxito, claro está. Es ganar o quedarnos aquí para siempre. Yo solo quiero salir de este infierno para seguir buscando a mi hermana, nunca pude saber si alguien la encontró, ni siquiera tengo la certeza de que siga con vida, pero la esperanza de que sí es mi único motivo para continuar.
Al escuchar esa historia, Raven se sintió fatal por dramatizar el hecho de que se estaba ahogando en un insípido vaso de agua en comparación.
—Dante nos quiere locos.
—Y va a conseguirlo —juró Joanne—. Lo hará si nos dejamos vencer por la impotencia de haber sido elegidos para jugar sin una explicaciones previas, por haber sido lanzados a esta realidad virtual y diabólica de vaina con unas cuantas armas. Pero no podemos dejar que cumpla su propósito, tenemos que mantenernos cuerdos y, en cada caída, recordar el motivo que tenemos para llegar a la pirámide, agarrar la maldita esfera de Hécate y seguir con nuestra bélica vida fuera de este tormento.
Aquellas palabras cristalizaron las retinas de Raven hasta el punto de obligarla a dejar viajar las lágrimas por sus mejillas. La chica verde gateó hasta la chica gris y la abrazó tan fuerte que las anatomías de ambas reclamaron como precio, y sus corazones se tocaban con cada latido. Ahí, escondidas del mal desatado en las afueras del establecimiento baldío, se hicieron la promesa de que no sólo debían continuar por lo que dejaron pendiente en la vida real, sino por su jodida dignidad.
Dante podía pretender pisotearlas por separado, pero juntas, llegarían a ser tan invictas y letales que hasta el mismo Lucifer tendría que arrodillarse, implorando indulgencia.