Ira

1147 Palabras
Una ciudad solitaria y en deterioro se cernía frente a Raven, platas rosaditas desfilaban de vez en cuando a su alrededor para dramatizar más el abandono del panorama. Los rascacielos tenían las ventanas quebradas, a los automóviles atravesados en el asfalto le faltaban piezas, la basura desperdigada por el piso se levantaba en un tenue vuelo con los intervalos de brisa que llenaban el espeso silencio. Algunos árboles secos rompían el pavimento de las aceras, una ligera podredumbre se fusionaban con el oxígeno, confiriendo desagrado a la simple acción de respirar. Al dar varias vueltas en su eje, Raven se dió cuenta de que la soledad, aunque diera paz a muchas personas, en ocasiones podía resultar espeluznante, sobre todo en una ciudad que había sido destruida sin motivo aparente. Es aterrador saber que estás en peligro, pero más escalofriante aún es no tener conocimiento de cómo o cuándo llegará el fin, la agonía de esperar y esperar a que se acerque para intentar combatirla solamente otorga paranoia. Raven sabía que atravesar aquel nivel no sería sencillo, pero tampoco podía predecir qué tan complicado se le haría. A qué precio saldría ilesa de la primera fase de aquella realidad que a veces no parecía tan virtual. Se colocó de cuclillas, su trasero rozando sus talones, las yemas de sus dedos tanteando la superficie polvorienta del asfalto. Sus dedos quedaron grisáceos, los frotó entre sí y los llevó a sus fosas nasales, un hedor amargo manaba de sus huellas. —Cenizas. Echó una ojeada más profunda a su entorno, está vez, escudriñando hasta el más minúsculo rincón al alcance de su vida. Aquella ciudad había sido consumida por llamas, por ello pocas estructuras seguían sólidas y los escombros estaban esparcidos por doquier para intensificar las ruinas. Al mirar hacia arriba, arrugó las cejas, el cielo estaba despejado de nubes y carente de color alguno, simplemente yacía tan pálido que no era color pastel, pero tampoco blanco, solo insípido. De pronto, el suelo se estremeció, haciendo que un desequilibrio sacudiera el cuerpo de la chiva verde y que cayese de bruces al suelo. Anonadada, pero no estúpida, sacó los boomerangs filosos de su koala y se puso en pie de un salto. Los temblores se hacían cada vez más intensos y despiadados, tanto que algunos edificios empezaron a agrietarse para unirse a la derrota del reto de la ciudad. Raven no tenía ni la menor idea del orígen de los espasmos que amenazaban con terminar de destruir las fachadas inestables de aquellas ruinas pero, en definitiva, no se quedó tranquila a la espera de que la epifanía se presentase frente a ella como un infalible némesis. Comenzó a correr, más su concentración era ajena a la carrera, no dejaba de mirar hacia todas partes en busca de la procedencia de los sismos que la sacudían como a una incompetente muñeca de trapo. Un golpe abrupto se sintió a unos metros, una serie de los mismos continuaron haciendo temblar el baldío terreno. Mirando hacia todas direcciones, el rostro de Raven palideció al visualizar una horda de hórridas criaturas se acercaba a ella hasta el punto de tenerla casi rodeada. Estaban hechas de piedra, todas las facciones de sus rostros iban talladas a la perfección, a excepción de sus ojos inexistentes, lo cual expandía sus frentes y les confería un matiz atemorizante. Destruían todo —o lo quea duras penas quedaba— a su paso, con sus puños golpeaban el suelo, sus sedimentados pies barriendo las cenizas, gruñidos gruesos raspaban sus gargantas con una furia indescriptible. Acababan con su alrededor y peleaban entre ellos mismos como si les hastiase su propia existencia. Tuvo que armar un plan rápido para poder salir de aquella emboscada en una sola pieza, pues, los monstruos de piedra se acercaban a una velocidad alarmante. Lanzó sus boomerangs filosos en movimientos brutos, las cuchillas no le hicieron ni cosquillas a los sementales, por el contrario, los tornaba más furibundos. Ante el ridículo atentado, tres de ellos se encendieron en una candela refulgente que iluminaba el espacio que el ausente sol, el fuego de sus cabezas remarcaban sus cejas fruncidas y boca apretada, si tuviesen ojos, llorarían piedras de la impotencia. Raven optó por correr cuando descubrió en qué pecado se basaba aquel diabólico nivel. Criaturas ardientes, brutas y sin ojos, facciones y acciones fuertes, un mundo en ruinas... Todo indicaba que estaban ciegos de la ira. En el camino, recogía torpemente algunos soles helados que se escondían bajo los escombros, a la vez seguís lanzando los boomerangs, aunque obteniendo el mismo resultado: un éxito nulo. Lograba atontarlas, pero también conseguía arrecharlas más, prácticamente se echaba la soga al cuello porque éstas también se tornaban más veloces. Entonces sucedió algo que la hizo detenerse por inercia. Fijó la vista durante una milésima de segundo en una banca de cemento que estaba en una ascera, está levitó antes de que la chica verde situara la atención en otra cosa. Parpadeando con fuerza y sin poder explicar lo antes visto, dejó de correr y se esforzó por olvidar a los monstruos que la perseguían... Con más concentración, volvió a mirar la banca, esta vez con un intenso escrutinio, la estructura sólida se levantó nuevamente del suelo y ahora, aunque Raven parpadeó, se mantuvo en el aire. Ubicó las palmas de sus manos abiertas frente a su cuerpo, sorprendida por lo que estaba sucediendo, mas no incrédula porque en esa mierda de juego todo puede pasar. En un movimiento ágil y poco calculado, movió ambas manos hacia un lado, logrando que la banca estampara contra la cara deforme de uno de los monstruos y, por fortuna, derribándolo. —Mierda —farfulló al aire, sus ojos viajando de sus manos abiertas al mastodonte caído, y luego otra vez a sus manos. Aprovechando el poder que acababa de descubrir y utilizar como infalible defensa, decidió no seguir perdiendo el tiempo y renaudar la carrera mientras lanzaba vigas y pedazos de escombros a lo loco, poco a poco venciendo a los integrantes de su persecución. Aunque los monstruos volvían a levantarse, lo hacían con pesadumbre y una decadente rapidez, así que por decisión propia se desplomaban. El sonido imponente de una sirena se alzó sobre los gruñidos de las bestias de piedra y el crepitar de su andar, avisando a todo Ludxaven que el toque de queda había comenzado. Entonces, los monstruos dieron la vuelta y salieron corriendo en busca de un refugio, Raven no fue la excepción. Caminó un par de metros hacia las ruinas de —lo que pareció ser una vez— un establecimiento, el interior era inhóspito y con un soportable hedor a humedad. Movió un par de estanterías y, exhalando con cansancio y orgullo de sí misma por haber pasado gran parte de la primera fase en un día, se encogió bajo los estantes e hizo el intento de dormitar.
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