CAPÍTULO 1: LOS OJOS DEL AMO
POV DE THERON
El silencio en mis aposentos privados no era paz; era una cuerda tensada a punto de romperse. Me encontraba sentado tras mi escritorio de roble n***o, con la luz de las velas bailando sobre los informes de guerra, pero mis ojos no veían letras. Veían carne. Veían deseo. Veían a la mujer que, en ese preciso momento, estaba arrodillada cerca de mi cama, puliendo las patas de madera con una devoción que me estaba volviendo loco.
Aurore. Mi pequeña y silenciosa perdición.
Desde mi posición, el ángulo era una tortura deliciosa. Ella estaba de espaldas a mí, con el cuerpo inclinado. El uniforme de criada, esa tela negra barata y áspera, se tensaba sobre sus nalgas redondeadas, dibujando una silueta que me hacía palpitar la sangre en las sienes... y más abajo. Podía ver el encaje blanco de su enaguas asomando apenas cuando se movía, y el contraste de ese blanco inmaculado con la oscuridad de su vestido me recordaba lo mucho que quería mancharla.
Hacía meses que no dormía. Cada vez que cerraba los ojos, la veía así. Humillada por su rango, pero reinando en mi polución nocturna.
—Aurore —mi voz salió como un latigazo, rompiendo el aire pesado de la habitación.
Ella dio un pequeño brinco, soltando el paño. Se puso de pie con rapidez, girándose hacia mí. Tenía las mejillas encendidas por el esfuerzo y unos mechones de cabello oscuro se le habían escapado de la cofia, pegándose a su frente sudada. Ese rastro de sudor, bajando por su cuello hasta perderse en el escote cerrado de su uniforme, me hizo humedecer los labios.
—¿S-sí, Su Alteza? —tartamudeó. Sus ojos azules, grandes y cargados de una inocencia que yo estaba ansioso por corromper, se clavaron en los míos.
—Acércate. Ahora.
No fue una invitación; fue una orden de soberano. Ella caminó hacia el escritorio, con los dedos entrelazados sobre el delantal blanco, apretándolos hasta que sus nudillos perdieron el color. Con cada paso que daba, el aroma de su cuerpo —una mezcla de lavanda, cera de muebles y ese olor dulce y femenino que era solo suyo— llenaba mis pulmones, emborrachándome.
Cuando estuvo frente a mí, me levanté. Mi sombra la cubrió por completo, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás. Yo era un gigante comparado con su fragilidad, y esa diferencia de poder encendía un fuego salvaje en mis entrañas.
—Llevas media hora limpiando esa cama, Aurore —dije, rodeando el escritorio con pasos lentos, como un lobo rodeando a una oveja herida—. ¿Acaso te imaginas durmiendo en ella? ¿O imaginas lo que el "Amo" te haría sobre esas sábanas de seda?
—¡Señor! Yo nunca... —intentó decir, pero se quedó sin aliento cuando me detuve a centímetros de ella.
—Mientes —siseé. Alargué la mano y atrapé su mandíbula, obligándola a sostener mi mirada. Mi pulgar acarició su labio inferior, tirando de él hacia abajo para revelar sus dientes perfectos—. Mientes porque puedo oler tu miedo, y huele exactamente igual que tu deseo. Estás empapada, ¿verdad, pequeña criada? Empapada por el simple hecho de estar sola conmigo en esta habitación.
Aurore soltó un jadeo tembloroso. Su pecho subía y bajaba con violencia, haciendo que el corpiño del uniforme crujiera bajo la presión de sus senos. Sin soltar su rostro, la empujé hacia atrás. Sus caderas chocaron contra el borde del escritorio y yo me encajé entre sus piernas, sintiendo la deliciosa fricción de mi pantalón de montar contra sus muslos cubiertos por la falda.
—Sé exactamente cómo eres bajo este uniforme de mierda —murmuré, mi voz volviéndose sucia, cargada de una lujuria que ya no intentaba ocultar—. Conozco el tamaño de tus pezones porque los he visto marcarse a través de la tela cuando tienes frío. Conozco la suavidad de tu vientre y la curva de tu espalda. He pasado noches enteras imaginando cómo mi lengua recorrería cada una de tus cicatrices de esclava hasta convertirlas en marcas de placer.
Deslicé mis manos por sus costados, apretando su cintura con una fuerza que sabía que dejaría moretones. No me importaba. Quería que mañana, cuando se vistiera, recordara mis dedos sobre ella. Subí mis manos lentamente, sintiendo la aspereza de la tela negra contra mis palmas, hasta que mis pulgares encontraron la base de sus pechos. Aurore cerró los ojos y soltó un gemido que fue como gasolina para mi incendio interno.
—Abre los ojos y mírame mientras te toco —le exigí.
Ella obedeció, sus pupilas estaban tan dilatadas que casi no se veía el azul. Comencé a frotar sus pezones por encima del uniforme, dibujando círculos lentos y pesados. Sentí cómo se endurecían al instante, convirtiéndose en dos diamantes que pedían a gritos mi boca.
—Dime qué quieres, Aurore —le susurré al oído, mientras mi mano bajaba con decisión, apartando el delantal y hundiéndose entre sus piernas, presionando su sexo a través de las pesadas capas de la falda—. Dime que quieres que te reclame aquí mismo, sobre mis mapas y mis leyes.
—Theron... por favor... —gimió ella, arqueando la espalda hacia mi mano. Su resistencia estaba desapareciendo, reemplazada por una necesidad tan sucia y pura como la mía.
—"Por favor", ¿qué? —Metí mi mano con más fuerza, frotando su clítoris a través de la tela. La sentí temblar, sus piernas flaquearon y tuvo que agarrarse de mis hombros para no caer. Estaba caliente, ardiendo, y el hecho de que el uniforme siguiera puesto, de que estuviéramos cometiendo un sacrilegio contra su estatus, lo hacía mil veces mejor—. Mañana anunciarán mi boda con esa Duquesa estúpida. Ella tendrá mi apellido, pero tú... tú vas a tener mi semen corriendo por tus muslos cada vez que yo lo decida. Tú vas a ser el receptáculo de mi furia y de mi hambre.
Ella soltó un grito ahogado cuando mi dedo encontró el punto exacto, presionando con un ritmo implacable. La "cachondez" era una bestia viva entre nosotros. Me incliné y lamí el rastro de sudor en su cuello, saboreando su piel salada antes de morderle el hombro, justo donde el uniforme se unía a su piel. Quería marcarla. Quería que supiera que, aunque el mundo me viera como un Príncipe, ante ella yo era solo un animal que quería devorarla.
—Vas a ser mi juguete secreto, mi pequeña perra de cama —le siseé, aumentando la presión de mi mano. Ella estaba a punto de estallar, sus dedos se clavaban en mi chaqueta, destrozando el terciopelo lujoso—. Y vas a disfrutar cada segundo de tu humillación, porque nadie te va a follar como tu príncipe.
La levanté un poco, sentándola sobre el borde del escritorio. El ruido de los papeles volando y la tinta derramándose no nos importó. Solo existía el roce de la tela contra su piel excitada y la dureza de mi deseo golpeando contra su vientre. Me pegué a ella, sintiendo cómo sus jugos empezaban a traspasar la tela del uniforme, humedeciendo mi mano. El olor de su excitación llenó el aire, un aroma denso y animal que me hizo perder el último rastro de cordura.
—Mírame, Aurore —le ordené de nuevo, pegando mi frente a la suya. Ella estaba temblando, al borde de un orgasmo que la dejaría sin alma—. Graba mi cara en tu mente. Porque cada vez que esa Duquesa me toque, estaré pensando en cómo tus paredes me aprietan. Cada vez que ella me hable, estaré escuchando tus gemidos sucios pidiéndome más.
Hundí mi rostro en su pecho, aspirando su aroma mientras mi mano trabajaba con una velocidad frenética, llevándola al abismo. Ella se aferró a mi cabeza, soltando palabras incoherentes, súplicas de placer que solo alimentaban mi ego y mi lujuria.
—Eres mía —sentencié, apretando sus nalgas con mis manos desnudas por debajo de la falda, mientras mi pulgar seguía torturándola por encima—. De arriba abajo. Por dentro y por fuera. Eres la propiedad privada de Theron, y voy a asegurarme de que nunca olvides tu lugar.
Me acerqué a su oído una última vez, mi respiración quemándole la piel, mientras ella soltaba un largo y agudo gemido de liberación, su cuerpo sacudiéndose en un clímax violento que empapó su uniforme y mi mano.
—Si el Rey supiera lo que quiero hacerte ahora mismo, Aurore... me cortaría la cabeza delante de todo el pueblo —le susurré con una voz que prometía mil pecados más—. Y te juro, por mi alma condenada, que valdría la pena cada maldito segundo de agonía.
La solté bruscamente, dejándola temblando y deshecha sobre el escritorio, con el uniforme revuelto y la mirada perdida. Me arreglé la chaqueta con una calma aterradora, aunque mi propio cuerpo gritaba por ser liberado. Pero no hoy. Hoy quería que ella se fuera con el peso de mi marca y el rastro de su propio placer decorando su ropa de criada.
—Limpia este desastre —dije, señalando los papeles tirados—. Y luego vete. Mañana empieza tu verdadero trabajo, mi amada criada.
Salí de la habitación sin mirar atrás, sabiendo que la había destruido y reclamado al mismo tiempo. Y esto... esto era solo el principio.