CAPÍTULO 4: LA DUQUESA Y LA CRIADA

1420 Palabras
POV DE AURORE El gran salón de recepciones era un infierno de oro y seda. Las risas forzadas de los nobles, el tintineo de las copas, el aroma pesado de la carne asada... todo me revolvía el estómago. Llevaba el uniforme de criada, limpio y planchado, pero bajo la tela, sentía la piel arder. Todavía tenía la marca de los dedos de Theron en mis caderas, y la memoria de su boca sobre la mía en la tina me hacía sentir como una impostora entre toda esa opulencia. Mi corazón dio un vuelco cuando la vi. La Duquesa Celestine entró por las puertas principales, y un silencio reverente cayó sobre el salón. Era hermosa, no podía negarlo. Su cabello era de un rubio tan pálido que parecía plata, y sus ojos verdes brillaban con una astucia peligrosa. Llevaba un vestido de terciopelo esmeralda que resaltaba su figura delgada, y su cuello estaba adornado con un collar de diamantes que brillaba con más fuerza que todas las estrellas. Theron estaba a su lado, tan alto y majestuoso como siempre. La sonrisa en sus labios era cortés, pero vacía. Sus ojos, esos ojos color ámbar que me habían devorado en la oscuridad, se deslizaron por la sala y se encontraron con los míos por un microsegundo. En esa fracción de tiempo, un mensaje silencioso y brutal pasó entre nosotros: Eres mía, y esta farsa no significa nada. Bajé la vista al suelo de mármol, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello. Estaba sirviendo copas de vino tinto en una mesa lateral, mi tarea era pasar desapercibida. Pero con él en la misma habitación, era imposible. La cena comenzó. La Duquesa Celestine se sentó a la derecha de Theron, riendo con coquetería a cada una de sus palabras. Sentía sus miradas de vez en cuando, unos ojos que buscaban y reclamaban lo que consideraba suyo. Los celos me punzaron el pecho, una emoción amarga que no tenía derecho a sentir. Yo era una criada. Él era un Príncipe. Y ella era su prometida. Fue entonces cuando sucedió. La Duquesa estaba contando una anécdota aburrida sobre sus perros de caza, y Theron la escuchaba con una paciencia forzada. Yo pasé con la bandeja de vinos, acercándome a su mesa. —Criada —dijo Celestine de repente, su voz fría como el hielo—. Acércate. Me acerqué, bajando la cabeza. El aroma de su perfume, caro y exótico, me hizo sentir como una hormiga. —¿No te han enseñado a mirar a los ojos a tus superiores? —me preguntó, y pude sentir su desprecio—. Tu presencia es... molesta. ¿Qué es ese olor a jabón barato que traes? Sentí las mejillas arder. Las risitas de los nobles cercanos me taladraron los oídos. Era la humillación pública que toda criada temía. Mis manos temblaban, derramando una gota de vino sobre la impecable mesa de seda. —Disculpe, Su Alteza —logré balbucear. —No tienes nada que disculpar, querida —intervino Theron, su voz suave, pero con un filo oculto. Mis ojos se alzaron y se encontraron con los suyos. Tenía una sonrisa en su rostro que no llegaba a sus ojos, y una intensidad que me hizo tragar saliva. —Simplemente es un poco... torpe. Celestine soltó una risa seca. —Sí, lo he notado. Necesita un buen maestro que le enseñe modales. Y fue entonces cuando lo sentí. Una mano cálida, grande y posesiva, se deslizó por debajo de la mesa. No era un error. Era deliberado. Los dedos de Theron rozaron mi pantorrilla, subiendo lentamente por debajo de la falda de mi uniforme. Un escalofrío me recorrió la espalda. Quise alejarme, pero estaba inmovilizada por el terror y la excitación. Su mano continuó su ascenso, con una lentitud tortuosa que me hizo apretar los dientes. La Duquesa seguía hablando de sus malditos perros, y yo solo podía concentrarme en la sensación de la piel de Theron contra la mía, deslizándose por mi muslo. La tela áspera de mi uniforme se volvió una tortura. Su dedo medio rozó la entrepierna de mi uniforme, justo donde mi sexo ya estaba latiendo, empapado. Se detuvo allí, presionando ligeramente, mientras Theron, arriba de la mesa, sonreía a su prometida y asentía con la cabeza. —Oh, por supuesto, Duquesa. Las criadas deben ser... educadas. —Su voz era suave y controlada, pero su mano bajo la mesa era una bestia. No pude evitarlo. Un gemido, pequeño y ahogado, intentó escapar de mi garganta. Lo tragué con fuerza, pero mi cuerpo se tensó, traicionándome. Sentía la humedad crecer, mi cuerpo curvándose instintivamente hacia su mano, suplicando más. La Duquesa me miró de nuevo. —¿Estás bien, criada? Pareces enferma. Quizás deberías irte a descansar. —Estoy bien, Su Alteza —logré responder, con la voz apenas audible. Mis ojos estaban fijos en el plato de carne que tenía delante, intentando con todas mis fuerzas no soltar un solo sonido. Pero Theron no me dejó. Su mano se movió de nuevo, con una precisión cruel, y mi gemido de dolor y placer fue un sonido ahogado, atrapado entre mis labios. La Duquesa levantó una ceja, pero no dijo nada más, volviendo su atención a Theron. La conversación continuó, pero para mí, todo era un zumbido distante. Lo único real era la mano de Theron, la cual ya había desabrochado los lazos de mi enagua y había encontrado el camino a mi piel desnuda. Sus dedos eran una tortura exquisita, acariciando, frotando y finalmente, penetrándome con la misma suavidad con la que hablaba de política con su prometida. Mis piernas estaban temblando. Si no fuera por la mesa, me habría desplomado allí mismo. Me mordí el interior de la mejilla para no gritar, para no soltar el torrente de gemidos que amenazaban con salir. Él me estaba haciendo el amor bajo la mesa del banquete real, con su prometida sentada a centímetros. Era una humillación tan grande que sentía que me iba a desmayar. Su pulgar encontró mi clítoris, y empezó a frotarlo con un ritmo implacable, mientras sus dedos se movían dentro de mí con una destreza que me hizo arquear la espalda. —¿No es cierto, Theron? —preguntó la Duquesa, riendo. —Un príncipe debe ser... firme. —Extremadamente firme —respondió Theron, su voz profunda, sus ojos fijos en mí por un segundo, cargados de una "cachondez" que me hizo sentir que me iba a desintegrar. No pude más. Mi cuerpo se tensó con una violencia que me hizo apretar la mesa con las manos hasta que los nudillos se pusieron blancos. Un gemido incontrolable se escapó de mis labios, un sonido ahogado, pero audible en el silencio momentáneo que se produjo entre la Duquesa y él. Todos los ojos se volvieron hacia mí. Los nobles se quedaron en silencio. La Duquesa Celestine me miró con una expresión de puro asco y confusión. Theron soltó mi cuerpo bajo la mesa. Miré el suelo, sintiendo que me moría de vergüenza. Mi rostro estaba en llamas. —¡Criada! —exclamó la Duquesa, furiosa—. ¡Qué falta de respeto! ¿Qué te pasa? Mi cuerpo seguía temblando por el clímax repentino, mis piernas apenas podían sostenerme. Sentía el rastro de la humedad de Theron escurriendo por mi muslo. —Yo... yo... lo siento, Su Alteza —logré balbucear, sintiendo las lágrimas subir a mis ojos. La Duquesa abrió la boca para continuar su regañina, pero Theron la interrumpió con una voz que helaría la sangre a cualquiera. —Duquesa —dijo él, su voz era tan tranquila que era aterradora—. Dejemos a la pobre criada. Parece que está sufriendo un repentino malestar. Sus ojos, en ese momento, eran como dos brasas ardientes. Me miró fijamente, con una posesividad que prometía un castigo aún mayor más tarde. —Retírese, Aurore —ordenó, su voz suave, pero con un filo que me decía que esta no había sido mi última humillación, sino solo el comienzo. —Y asegúrese de estar lista para el baile de esta noche. Salí del gran salón casi corriendo, sintiendo las miradas de todos clavadas en mi espalda. La humillación era insoportable, pero el recuerdo del placer, el éxtasis que Theron me había provocado justo debajo de la nariz de su prometida, me hacía sentir una punzada de triunfo y de miedo. Sabía que esta noche no iba a poder dormir. Y sabía, con una certeza que me asustaba, que él vendría a buscarme.
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