El camino hacia la Torre Alta no tenía pájaros. Ni insectos. Ni vida. Solo una quietud tan densa que hacía crujir los huesos. El edificio apareció primero como una sombra… luego como un colmillo de piedra clavado en el cielo. Runas blancas rodeaban la torre, respirando como si fueran pulmones antiguos. Serin habló en voz baja: —Una vez que crucemos, el juramento nos delata. Nos sentirán. Elías miró a Aria. —Podemos dar media vuelta ahora. Damián no dijo nada. Pero sus ojos ya habían elegido: sí entraban, él entraba con ella. Aria dio un paso. —No nací para esconderme. Las runas se abrieron como un párpado. Y la torre los dejó pasar. En el interior, los pasillos eran altos, fríos, llenos de ecos que no correspondían a voces humanas. La primera sala estaba ocupada por figur

