La noche no terminó cuando el fuego se apagó. Terminó cuando Aria dejó de temblar. Elías había permanecido junto a ella, quieto, como si moverse pudiera romperla. Damián rondaba la entrada del santuario, vigilando el bosque y vigilándose a sí mismo. Y bajo la piedra… algo respiraba. No dormía. Aprendía. El amanecer llegó sin permiso. Luz gris se filtró por las grietas de la roca, como dedos tímidos. Aria abrió los ojos. La marca ardía, pero no dolía. Era… consciente. —Seguís acá —susurró. La sombra respondió con un pulso leve, enterrado en el fondo de su pecho. No palabras. Solo hambre controlada. Elías notó el movimiento. —¿Te duele? —No. —Y ese “no” le dio más miedo que cualquier dolor. Damián volvió en ese momento, con hojas en el cabello y ojeras profundas. —No hay rast

