Capítulo cuarenta Todavía me duele la mano de la semejante cachetada que le di. Sorbo mi café mientras hago el vago intento de ver televisión en la casa, pero me es imposible —¡Sal de mi cabeza! —revuelvo mi cabello con frustración —no puedo ni ver una película tranquila, porque estás tú metido en mi mente a todas horas —recuesto la cabeza en el respaldo de la espalda y la golpeo varias veces contra esta. Han pasado cinco días desde que no le hablo, no voy a la mansión aunque mi madre vaya todos los días y cinco días en los que no voy a la empresa. Debo tener el trabajo acumulado en la mesa, sin embargo no me da la gana de ir. No quiero verle la cara. No quiero estar ahí y llevar y traer cosas de su oficina a mi planta solo por mero capricho suyo, eso no es lo mío. El teléfon

