Ir a la facultad es toda una tortura.
Sentir las miradas pesadas que recaen en mí y tratar de ignorarlas, supone un enorme reto; al igual como los murmullos que me hacen eco en los oídos y las burlas hacia mi aspecto.
Trato de no hacer contacto visual con nadie, pero es casi imposible cuando sientes la ola de miradas sobre ti.
Por fuera trato de actuar natural, como si no me afectara lo que murmuran a mis espaldas ni sus miradas curiosas y asqueadas sobre mí, pero por dentro estoy gritándome volver en mis pasos; estoy deseando correr de este instinto y no volver jamás.
Llego a las enormes puertas que conducen al comedor —porque es la hora del almuerzo— y tiro de ellas, hacia al frente, con las palmas de mis manos.
Cuando me introduzco en la estancia más pares de ojos se posan en mí.
Hago todo lo posible para que mi cabello cubra el lunar en mi rostro, pero eso es inútil porque, todos aquí, ya lo han visto.
Es horrible que todos se queden en un horrible silencio mientras caminas y, luego de unos instantes —esos donde llego a una mesa solitaria, donde me instalo con mi desayuno—, reanuden sus pláticas al tiempo que ríen, y por el rabillo del ojo soy capaz de ver como de vez en cuando me lanzan una que otra mirada de burla; no son todos los que lo hacen, sin embargo.
Hay personas que prefieren ignorar mi presencia, pero a otros parece hacerles la vida más interesante.
Antes de quitarme la mochila que llevo sobre el hombro, y de sentarme en la mesa, siento una mirada —más pesada y penetrante que las de más— en mi nuca.
Sin poder evitarlo el impulso se me acelera, miro sobre mi hombro buscando al responsable. Y, cuando lo encuentro, mi corazón se salta un latido, para luego reanudar su marcha a una sofocante.
Dos pares de ojos azul eléctrico —muy familiares— me están mirando; Sebastián está sentado como a tres mesas de la mía, platicando con sus amigos y algunos chicos del equipo de fútbol americano, y en el momento que se percata que también lo estoy observando él desvía la mirada. Hago lo mismo justo después.
Estoy a punto de sentarme, cuando un fuerte empujón me hace tambalear hasta caer sentada en el suelo. El golpe me hace cerrar los ojos unos instantes.
Las risas burlonas no se hacen esperar.
—Deberías quitarte del camino, fenómeno —me dice una voz familiar—. ¿No ves que sólo estorbas?
Reconozco de quién es la voz. Sé perfectamente de quién se trata.
No quiero mirarla a los ojos, pero tampoco quiero mostrarme débil frente a ella —lo cual es algo casi imposible.
Si abro la boca todo va a empeorar. Lo sé, porque ya lo intenté y salí más perjudicada de lo que ya estaba.
Abro los ojos para encarar a Hannah, y la conmoción me golpea como un látigo cuando me doy cuenta que Alanis —mi hermana adoptiva— está junto a ella, tratando de reprimir una sonrisa burlona. Ni siquiera mueve un dedo para ayudarme, porque es obvio que no le importo.
La vergüenza ha empezado a escalar sobre mi sistema, y un nudo de pura ansiedad se instala en la boca de mi estómago, al igual se instala uno en mi garganta, el cual me hace difícil la tarea de tragar saliva porque es doloroso.
—De hecho —vuelve a hablar Hannah, con desprecio, y casi se agacha a la misma altura que yo para decirlo—, deberías desaparecer. Tu aspecto por aquí no es muy agradable que digamos.
Mi mandíbula se aprieta con tanta fuerza que temo romperla. Clavo mis uñas en la carne blanda de mis palmas, y reprimo las intensas ganas que tengo de llorar del coraje porque está humillándome en público..., y yo lo estoy permitiendo.
—Déjala en paz, Hannah.
Le espeta una voz conocida.
No fue Alanis quien lo dijo. De hecho, mis ojos se abren grandes por la impresión cuando mi vista recae en Sebastián, quien está de pie detrás de la susodicha y la observa sin expresión alguna en el rostro, sólo serio, tan apacible.
Para este punto el calor de la vergüenza sube por mi cuello hasta mis mejillas, y quiero cavar un hoyo en el suelo para arrastrarme hasta él y no salir jamás.
Hannah se limita a mirarlo por encima del hombro, poner los ojos en blanco, y luego retirarse sin decir nada, no sin antes lanzarme una rápida mirada de desprecio con todo el que le es posible imprimir en esta.
Respiro profundamente porque no quiero echarme a llorar en público. Porque la vergüenza y humillación es tanta que no me cabe en el pecho.
En serio, justo ahora, estoy deseando desaparecer. Tal como Hannah dijo que hiciera.
Después de unos segundos del espectáculo —del cual todo el mundo estaba poniendo atención— todos los presentes retoman lo que sea que estaban haciendo, y continúan metidos en sus propios asuntos. Esta vez parece que sí me están ignorando por completo.
—¿Estás bien? —la voz ronca y profunda de Sebastián rompe la retahíla de mis pensamientos.
No sé en qué momento se acuclilló frente a mí, y ahora me está inspeccionando a detalle. Justo lo que no deseo que haga.
No respondo, si no que mi parte acomplejada hace que tan rápido como caí al suelo me levante, tome mi mochila, y salga corriendo lejos de él y de los ojos de los demás. Corro tan rápido que ni siquiera estoy pensando con claridad justo ahora.
Una vez atravieso la puerta del comedor, y salgo al pasillo, aprieto el paso tanto como puedo, directo a la puerta de salida. Extrañamente el corredor está vacío.
Allí no puedo retenerlo más; el torrente cálido de mis lágrimas se deslizan por mis mejillas y hacen su camino hasta mi mentón. Tengo que cubrirme la boca con una mano para evitar sollozar. La opresión en mi pecho es tanta que apenas me permite respirar correctamente.
Estoy a punto de bajar los escalones que me llevarán fuera del instituto, cuando lo escucho.
—¡Beca!
Es él, mi pulso se acelera más de lo debido solo con saber que me ha seguido hasta aquí, después que lo dejé allá y salí corriendo. Aún así, no me detengo. Incluso apresuro más mi andar, pero es inútil, porque pronto una mano se enreda en mi brazo y me hace detenerme.
—Beca, espera —murmura Sebastián, suena agitado y... ¿preocupado?—. ¿Te encuentras bien?
Agacho la mirada.
No quiero que me vea en este estado. Pero muy en el fondo de mí también sé que es por el lunar en mi rostro y, aunque estoy segura que ya lo notó, no quiero que lo vea.
—Quiero estar sola —le digo, y mi voz sale rota en el proceso.
Su agarre se afloja —aunque ni siquiera estaba apretando lo suficiente— para luego soltarme. Así que tomo eso como una ventaja para escapar lejos de él.
[...]
No me importa perderme las clases faltantes del día.
De hecho, ni siquiera me importaría perder unos cuantos días. Tampoco me importaría el sermón que mis padres —si así puedo llamarles— vayan a darme al enterarse de mis inasistencias.
Llevo aproximadamente dos horas que llegué al departamento, ese que comparto con una compañera con la que apenas cruzo y que no conozco su nombre, apenas llegué lo primero que hice fue echarme a llorar para sacar toda la rabia y la impotencia que llevo acumulada dentro.
La semana pasada, esa donde me encontré a Sebastián bajo la lluvia, estaba de visita en casa de mis padres. Ellos suelen decirme que vaya a visitarlos todos los fines de semana, y para evitarme un problema accedo a ello. Lo que no hago es vivir bajo el mismo techo, ya no.
Sé que hay estudiantes aquí en la universidad que viven cerca —como Sebastián— y por lo tanto ellos no se instalaron en unos de los edificios que la universidad les brinda, así que ellos viajan de su hogar hasta acá. Pero son muy pocos en verdad los que hacen eso, la mayoría vivimos en estos edificios. Aunque yo también vivo a sólo minutos de aquí, en realidad decidí no seguir viviendo en casa de mis padres adoptivos porque ya no toleraba el trato de ellos hacia conmigo; y para mi mala suerte, Alanis sí vive aquí en los dormitorios. La verdad es que creí que, una vez lejos de casa, ella dejaría de molestarme, pero en realidad no fue así.
Y mis días se reducen a esto: llorar en mi habitación porque me siento una basura. Un estorbo para el mundo, y las personas a mi alrededor me lo recuerdan una y otra vez.
Es abrumador. Es asfixiante. Es sofocante. Es doloroso.
Solo quisiera ser, por lo menos una sola vez, ignorada por el resto del mundo. Para por lo menos darle un poco de paz a mi alma torturada.
[...]
El sonido proveniente de la puerta hace que me despierte de golpe.
Al principio me siento desorientada y fuera de lugar. Que incluso al momento no reconozco el lugar donde me encuentro.
Poco a poco mi mente se va aclarando y voy recordando que estoy en mi habitación, en el departamento, que comparto con otra compañera —la cual tocó la puerta—, y que llegué aquí por lo que sucedió en el comedor.
«¿En qué momento me quedé dormida?».
Lo único que recuerdo es que entré en mi habitación —porque los departamentos aquí así son—, y su recámara está junto a la mía.
«Libby», me recuerda la voz en mi cabeza. «Su nombre es Libby».
La chica castaña asoma la cabeza por la puerta, y sus ojos de un café muy claro me enfocan en ese instante. Al tiempo que una pequeña sonrisa tímida tira de la comisura de sus labios.
La vergüenza me embarga ese este momento, pero se diluye un poco cuando varios mechones rojizos de mi cabello caen en el lado derecho de mi rostro, cubriendo el lunar.
—Lamento haberte despertado —dice.
Le regalo una sonrisa tranquilizadora, al tiempo que me incorporo en una posición sentada.
—No te preocupes.
—Me preguntaba si... —dice, pero se interrumpe tras aclararse la garganta—, querías salir a comer algo.
Su invitación me saca tanto de balance, que al principio creo que no escuché bien lo que dijo. Pero al ver que espera por mi respuesta, es que confirmo que realmente dijo aquello.
No sé qué decir...
Ni siquiera sé cómo debo actuar.
En el tiempo que llevamos compartiendo el mismo departamento juntas, nunca se había visto tan amistosa como ahora.
Luego de pasar mi respuesta, me limito a asentir, con una sonrisa aún en los labios.
Libby dice algo sobre esperarme afuera y, tras decirlo, cierra la puerta.
Me apresuro a encaminarme hacia mi armario para sacar un cambio de ropa.
Una vez lista, salgo al pasillo, con pasos dudosos y cautelosos. No me toma mucho tiempo dar con Libby. Quien está sentada en el sofá de la pequeña sala que tenemos. En cuanto se percata de mi presencia, se levanta de donde estaba al tiempo que una sonrisa tira de la comisura de sus labios.
Por dentro estoy preguntándome qué la impulsó a invitarme a cenar con ella.
Porque es claro que casi no solemos convivir como compañeras.
Mucho menos comer juntas.
Ninguna de las dos dice nada cuando salimos del departamento y caminamos hacia el ascensor. Y Libby es capaz de decir algo solo cuando estamos dentro de su coche —no sabía que tenía uno.
—Supe lo que pasó con Hannah hoy en el comedor —dice.
Apenas escucho aquello, me tenso.
Todo mi cuerpo parece reaccionar ante ello, y en consecuencia mi corazón se salta un latido y la respiración se me atasca en la garganta. Ni siquiera soy capaz de mirar a Libby a los ojos, por lo que me limito a mirar la ciudad a través de la ventanilla del auto.
Trago saliva.
Ni siquiera debería sorprenderme. Todos vieron el horrible espectáculo que Hannah montó en la cafetería. Todos...
—Sólo espero que eso no vaya a afectar el que asistas a clases, Beca —murmura, y me sorprende aún más que sepa mi nombre.
«Comparte las mismas clases que yo», recuerdo. «Estudiamos la misma carrera».
Es hasta ese momento que me atrevo a mirarla, aunque la vergüenza ya ha subido por mi cuello.
—¿Por qué te preocupas por eso? —le pregunto, con los ojos ligeramente entrecerrados.
Se toma su tiempo para responder, y solo sus ojos me enfocan cuando se detiene en un semáforo. Entonces, toma una gran bocanada de aire, y dice:
—Porque sé lo que es sufrir bullying y que nadie haga nada, aún cuando no te quedas callado.