Capítulo 3

2169 Palabras
Pensé en lo que dijo Libby, y aunque me supuso un reto enorme volver a pisar el instituto, tuve que hacerlo. Descubrí que, la chica con la que comparto el mismo apartamento, sufría de bullying en la secundaria. Y que si bien no paró, aun cuando le decía a sus padres o maestros sobre ello, sólo se detuvo cuando ella misma le puso un alto. Supongo que tengo que alzar mi propia voz un poco más; pero casi me es difícil porque el miedo de empeorar las cosas me inundan la cabeza, así también como el pánico de, en realidad, no poder hacer nada —me refiero a que por más que grite y diga, no vayan a escucharme—, y que vayan a burlarse de mí. Como siempre lo han hecho. Tal vez si los ignoro un poco más... —Si tiene muchos problemas, señorita Sohapi, le recomiendo que cambie de instinto. En realidad, nadie ha tenido quejas de la alumna Hannah, más que usted. Fue lo que dijo el director de la universidad, cuando fui a quejarme. Por supuesto que no me creyó, al parecer, Hannah nunca le ha causado problemas en el instinto. Así como también pienso que soy a la única que le hace la vida imposible. Es ridículo. Camino por los pasillos, hacia el salón donde será mi primera clase, e ignoro las miradas curiosas y burlonas hacia a mí. Casi puedo sentir mis oídos retumbar por los murmullos constantes. Es increíble como personas —que pueden ser catalogadas como adultas— como las que están aquí, aún sigan comportándose de forma tan inmadura. Supongo, que para hacerle bullying a los demás no hay edad. De camino acá, no me dio tiempo de meter mis libros restantes a la mochila, la cual cuelga sobre mi hombro, porque se me hacía tarde. Y, justo cuando estaba cruzando la puerta del departamento, caí en cuenta que estaba olvidando unos. Por lo que ahora los llevo contra mi pecho. Pero me arrepiento de haberlos traído así —y no introducirlos en mi mochila cuando podía—, justo cuando un hombro impacta bruscamente con el mío, y hace que los libros se resbalen de mis brazos y caigan al suelo. Cuando busco al responsable, me encuentro con las miradas burlonas de Hannah y Alanis, quienes pasan a mi lado riéndose por la escena. Debí suponerlo. Un regusto amargo me llena la boca cuando la resolución de este hecho me cae como un balde de agua helada —porque es obvio que lo hicieron a propósito—, y un nudo de pura impotencia se instala en mi garganta. Con toda la humillación del tamaño del mundo, instalada en mi pecho, y la vergüenza quemándome como el peor de los ácidos, me agacho para recoger los libros. Apenas son dos libros y una libreta para los apuntes. Pero uno de los libros traía un montón de notas dentro, sobre tareas y demás cosas, y algunas hojas sueltas, por lo que se hizo un desastre en el suelo. Mientras tomo las primeras hojas entre mis dedos —torpes y temblorosos— al mismo tiempo que siento mis ojos picar, por las posibles lágrimas de impotencia que planean salir a flote, alguien se agacha frente a mí y comienza a ayudarme a levantar los libros y los papeles sueltos, sin decir nada. La acción me sorprende tanto, que me aturde por unos cortos instantes. Incluso me detengo un momento sobre la tarea impuesta. Pero espabilo poco después, y continúo levantando las cosas regadas en el suelo, donde algunas personas pasan a nuestro lado; al mismo tiempo, pienso que le agradeceré a la persona que me brinda su ayuda, porque nadie más se ha visto tan amable conmigo. Lo cual me hace sentir, ligeramente, incómoda. O extraña... No sé. El perfume masculino del chico, que se cuela en mis fosas nasales, es lo que me hace ponerme más nerviosa y torpe aún —no estoy segura por qué—, pero no es hasta que escucho su voz, que la respiración se me atasca en la garganta y mi mirada se alza casi de inmediato. —En ocasiones —murmura Sebastián, sin mirarme—, Hannah puede ser difícil. Sus ojos se encuentran con los míos, por un corto lapso de tiempo, y desvía la mirada hacia los papeles que junta en sus brazos. Yo he dejado de moverme. Incluso he dejado de respirar. Y solo me quedo aquí, muy quieta, mirándolo como una tonta. De pronto, él se pone de pie, con las cosas entre las manos, e imito su acción de inmediato, poniéndome de pie al mismo tiempo que él. Suelto el aire que estaba conteniendo, muy discretamente. Al tiempo que me aclaro la garganta, para decir: —Suenas como si la conocieras. Su mirada azulada se alza de golpe, y su escrutinio me hace sentir mucho más incómoda que hace unos instantes. Desvío la mirada y, por suerte, unos mechones rojizos de mi cabello caen sobre el lado de mi lunar. Me ofrece mis cosas, acomodadas ya, mientras pronuncia—: La conozco —afirma. —¿La conoces? —pregunto, estúpidamente, y la incredulidad es visible en mi tono de voz—. ¿Eres su amigo? Sebastián asiente, y aprieta los labios hasta formar una línea recta. Tomo mis cosas entre mis brazos, y procedo a quitarme la mochila del hombro para guardarlas. En ese momento Sebastián hace ademán de sujetar mi mochila para que pueda guardar mejor las cosas, e incluso la toma entre sus manos, y con el nerviosismo a flote le agradezco en un murmullo bajo. —Aunque no solemos convivir mucho por aquí —dice. Y sé, de antemano, que no me cuenta esto porque me tenga confianza o algo parecido. Es solo porque desea mantener un tema de conversación para que la situación no se torne incómoda. Solo eso—. Era la mejor amiga de Rachel. Así que solía hablar a Hannah igual. «Era». La palabra hace eco en mi cabeza, y me encuentro preguntándome por qué Sebastián habla en tiempo pasado sobre la amistad de Rachel y Hannah. ¿Acaso ya no son mejores amigas? Rachel era la novia de Sebastián, terminaron hace muchísimo tiempo, como un año aproximadamente. Y nadie sabe el motivo de su ruptura, simplemente un día se supo que, la feliz pareja que caminaban juntos por el instituto, habían terminando. Y poco después Rachel dejó de asistir a clases. Es extraño, pues nadie supo qué sucedió con ella. Fue como si hubiese desaparecido. —¿Era? —la pregunta escapa de mis labios antes de que pueda detenerla. Así que me aclaro la garganta, y pregunto en cambio—: Por cierto, ¿qué le sucedió a Rachel? En ese instante, soy capaz de notar como una emoción furibunda cruza la mirada de Sebastián. La emoción es tan abrumadora que incluso siento un escozor raro en el pecho. Algo, muy dentro de mi cabeza, me recrimina que no estuvo bien haber hecho esa pregunta. Y un mal presentimiento me carcome las entrañas cuando sus ojos se mueven inquietos, como dudando si decirme o no. Es como si... Le costase un mundo decir... —Rachel murió —suelta, en un susurro frío. Ni siquiera está mirándome ahora—. Hace un par de semanas. Su voz se quiebra ligeramente con lo último. El impacto de sus palabras me cae como un balde de agua helada en la cabeza. Me siento asombrada y aturdida en partes iguales. La resolución de los hechos se siente como un golpe atestado en el estómago. Jamás me imaginé aquello. —Lo siento mucho... —digo, apenada por tocar un tema delicado. Él me mira, y se encoje de hombros, como restándole importancia. Quizás por no querer recordar algo tan impactante, como la muerte de alguien que fue importante en su vida. Quizás para alejar el dolor, y no abrir de nuevo una herida. —No te preocupes, no tienes que disculparte —dice, y su voz se ha enronquecido varios tonos por las emociones, que seguramente lo abruman ahora. —Hannah no parece afectada —las palabras escapan de mis labios antes de que pueda detenerlas, y me golpeo mentalmente por decir aquello. En serio debería cerrar la boca ya. —Ella estuvo allí, en el funeral —murmura—. Y aunque no lo creas, Beca —un escalofrío recorre mi espalda al escuchar salir mi nombre de sus labios, de la forma en que lo hace...—, a Hannah le afectó mucho. Supongo que, después de todo, tras esa frialdad y máscara de seguridad inquebrantable, por dentro Hannah es una chica frágil a la que le cuesta demostrar lo que siente por dentro. Silencio. Un silencio tenso y tirante nos embarga luego de esos palabras. Uno que me provoca romper para no sentir tan pesado el ambiente y que, al mismo tiempo, deseo dejar así. Por qué no sé qué diablos puedo decir. —Llegarás tarde —Sebastián rompe el silencio, mirándome con una expresión inescrutable en el rostro. Hace ya un rato que guardé los libros dentro de la mochila, y hace unos minutos más que él dejó de sostenerla y que yo la volví a colocar sobre mi hombro. Asiento, incapaz de decir algo, porque no confío en mi voz para hablar. Hago ademán de irme, y tras tragar saliva, abro la boca para hablar, pero él se adelanta. —Puedo acompañarte —parpadea repetidas veces, y se apresura a aclarar—. La profesora de mi primera clase viene tarde, así que... Una sonrisa diminuta tira de la comisura de mis labios, pero trato de reprimirla lo más que puedo. —Está bien —acepto. Entonces, comenzamos a caminar por el pasillo hasta el salón de clases. No nos toma mucho hacerlo, ya que solo está a unos cuantos pasos al frente de donde estábamos unos instantes atrás. En todo el trayecto, fui vagamente consciente de las miradas sorprendidas hacia nosotros —de los pocos alumnos que están por el pasillo—, por ver a Sebastián hablando conmigo; cuando en realidad nadie se acerca a mí. Más que Libby en pocas ocasiones, aunque ella está mayormente con su grupo de amigas. Y, por muy raro que suene, no me sentí insegura con Sebastián —mientras caminábamos—, e incluso me sentía menos nerviosa y más cómoda. Es como si toda su esencia, y esa actitud de no mirarme con desprecio o de una forma inquietante, me trasmite algo parecido a la paz... Es como si estar a su alrededor, y esa amabilidad que me brinda, me reconfortaran de una forma que ni yo misma entiendo. Sebastián es el único que no se alarma por mi aspecto, ni tampoco se aleja por ello. Tal vez, él sea diferente a todos los demás. «Él es diferente a todos los demás», me corrijo, mentalmente. Me detengo justo en la puerta cuando llegamos, y noto que el profesor aún no ha llegado. Así que me giro un poco para ver a Sebastián de frente. Un pequeño atisbo de sonrisa surca su rostro en ese momento. Pero es tan fugaz, que ni siquiera estoy segura de haberlo visto en realidad. Estoy a punto de agradecerle por lo que hizo en el pasillo, mi boca se abre para hacerlo, pero soy interrumpida por la voz de uno de sus amigos, y mi boca se cierra de golpe. —¡Hey, Sebas! —el susodicho lo mira sobre su hombro. Brandon, su amigo, alza el balón de fútbol americano que trae entre las manos—. ¿Vienes? —En un momento —responde el pelinegro. Nuevamente se gira hacia a mí. —Gracias por haberme ayudado —le digo, rápidamente, para no seguir retrasándolo más. Sin esperar su respuesta tomo el frío metal de la manija de la puerta, entre mi mano, y abro esta para adentrarme en el salón. —No es nada —dice, y casi puedo percibir el entusiasmo contenido en su voz. Doy un paso dentro, sin girarme a verlo por último vez—. Y... ¿Beca? En ese instante —sólo entonces— giro un poco sobre mis talones para encararlo. —¿Sí? —mi voz sale en un susurro casi audible. Sebastián acerca una de sus manos hacia mi rostro, y mi respiración se corta de inmediato atascándose en mi garganta. Un escalofrío me recorre entera cuando unos de sus dedos largos toman los mechones de cabellos que caen sobre mi rostro, tapando el enorme lunar que mancha el lado derecho de mi cara, y los coloca detrás de mi oreja. Mi corazón se salta un latido cuando sus dedos rozan esa zona. Pero no me muevo ni un milímetro. En cambio, me quedo quieta... Muy quieta. —Te ves bien así —dice, y entonces se gira sobre sus talones para caminar hacia donde su amigo aún lo espera.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR