Por eso es que actuo como si nada me afectara —aunque sí lo hace—, y por eso tengo que reprimir el impulso horrible de querer espetarle a Catherine, que si no me quería, se hubiera ahorrado la molestia de hacer un papeleo enorme, para que ante la ley yo fuese su hija.
Pero esas son sólo algunas cosas que quisiera decirle y no puedo. Son sólo palabras que nacen en el fondo de mi mente y mueren en mi boca, por no tener el valor de hacerlas salir.
Por temor a lo que ellos podrían hacer.
«Les tienes miedo». Susurra la voz insidiosa de mi cabeza. Trato de empujar el pensamiento al rincón más oscuro de mi mente, para encadenarlo allí y evitar que salga a flote de nuevo. Porque pensarlo lo vuelve aun más real.
Y todo lo que deseo es escapar, aunque sea por un minuto, de mi tortuosa realidad.
Continuamos preparando la cena —porque esta vez me tomé el atrevimiento de llegar entrada la noche— en silencio. Lo cual detesto, pues el aire se siente tan tenso y sofocante, que podría cortarlo con un cuchillo.
Nadie dice nada.
Parecemos movernos mecánicamente (o al menos yo lo hago) y nadie se mira de reojo.
Es horrible que tengamos que comportarnos de esta manera, cuando podríamos intentar ser una familia...
—¡Llegamos!
Al escuchar la voz de Alanis, tras el rechinar de la puerta de entrada, me congelo en mi lugar.
Un puñado de rocas cae en mi estómago cuando soy capaz de escuchar sus pasos ligeros acercarse hacia la cocina, seguido de otros pesados y lentos.
No tengo que ser una genio para saber de quienes se trata.
Así que me limito a tratar de ignorar su presencia y continuar picando verduras sobre la tabla de madera, junto a la abuela.
—Llegaron justo a tiempo para cenar —dice Catherine, detrás de mí, me imagino que está dirigiéndose más a Alanis que a mi padre, pues con ella es con quien más conexión tiene de esta casa.
Por alguna razón son tan parecidas. Y no sólo por el hecho de ser madre e hija.
En cierto punto —cuando comienzan a hablar más bajo para que nadie más las escuche— me armo de valor y miro sobre mi hombro. Lo primero que parece en mi campo de mi visión, a un lado de Catherine y Alanis, es mi padre; sus ojos color esmeralda me observan por unos instantes antes de esbozar una sonrisa diminuta y un asentimiento, como saludo, y salir de la cocina.
A pesar de que siempre digo que ellos me han hecho la vida imposible, y por ende lo estoy incluyendo a él, sé muy en el fondo de mi corazón que eso no es cierto.
Si ha habido alguien que se ha querido comportar como un buen padre, es Frédéric.
Desde que tengo memoria, sólo él ha intentado establecer esa conexión especial entre padre e hija, para tenernos más confianza. Como si yo fuese su hija real...
Incluso, me he puesto a pensar que en realidad la ocurrencia de adoptar a un hijo fue idea de él, y no de Catherine. El problema realmente es cuando mi padre se deja manipular por ella, y es así como se une a su juego. Pero justo hoy vi algo diferente en él —en su semblante— que irradia incomodidad y algo que logré distinguir como culpa; gritaba por querer saludarme de forma correcta, y de felicitarme por lo bien de mis logros académicos, a pesar de lo que tengo que vivir en la universidad día a día. Pero estando mi madre aquí, eso es casi imposible, porque ella no dudará ni un momento en humillarme como siempre.
Vuelvo mi vista al frente, después de tenerla clavada varios minutos por donde mi padre desapareció. Entonces, continúo con mi tarea impuesta.
El resto de los minutos me la paso moviéndome de manera automática, como si estuviese tan concentrada en lo que hago pero, al mismo tiempo, como si no lo estuviese en lo absoluto; como si mi cuerpo estuviese aquí, pero mi mente y alma en otro lugar.
Mientras llevo los platos al comedor, seguida de mi abuela y Catherine, trato de no hacer contacto visual con nadie. Sobre todo con Alanis.
Pues ella representa todo eso que me atormenta en la universidad.
Por suerte, lo consigo con éxito. Al igual que en el momento en que nos acomodamos cada uno en su lugar, Alanis no hace ningún tipo de comentario ni Catherine empieza a decir cosas despectivas sobre mí. Cosa que agradezco y que, al mismo tiempo, se me hace muy extraño.
—¿Ya le dijeron a Beca? —la voz de la abuela irrumpe en el silencio que se había creado, y todos los pares de ojos en la mesa recaen en ella.
Mi ceño se frunce al instante, al no entender a qué se refiere.
Trago saliva.
—¿Sobre qué? —me atrevo a preguntar, pese a que me aterra escuchar mi voz por sobre el silencio de esta familia.
—Sobre el viaje que tenemos planeado hacer el próximo fin de semana —para mi sorpresa, es mi padre quien responde. Al mismo que me dedica una mirada rápida antes de poner su atención sobre el plato de comida que tiene enfrente—. Iremos a la playa —agrega.
—Oh... —digo, porque no sé qué otra cosa decir.
«No tenía idea...».
—Beca podría ir con ustedes también —propone la abuela, sorprendiéndome, antes de que alguna emoción demoledora me abarque por completo, y por instinto una sonrisa tira de las comisuras de mis labios y una sensación cálida y emocionante me llena el pecho—. Después de todo, también es su hija y necesita pasar más tiempo con ustedes.
Papá abre la boca para decir algo, pero la cierra de golpe en él instante que la voz de Catherine lo llena todo.
—¿Estás bromeando, mamá? —pregunta Catherine, con incredulidad, en dirección a la abuela. La sonrisa que se había formado en mi rostro se borra de golpe, al escucharla—. Solo mírala —me señala con la mano y por acto reflejo me encojo sobre mí misma, avergonzada—. No vamos a llevarla, su aspecto podría asustar a alguien —tras decir eso suelta una risita, de forma burlesca.
De pronto, las lágrimas se acumulan en mis ojos a una velocidad impresionante y quiero correr. Quiero gritar. Quiero escapar de aquí.
—¡Catherine! —reprende la abuela, con tono horrorizado—. ¿Cómo te atreves a decir eso?
—Es la verdad —la susodicha se encoje de hombros—. Lo sé porque lo he visto: Beca no tiene amigos en la escuela y tampoco he conocido de algún chico que se haya interesado en ella.