—Catherine... —el tono de advertencia en la voz de mi padre indica que ella debería parar, pero en cambio la susodicha no lo hace; sino que lo ignora completamente y continúa.
—Y ya sabemos por qué —hace una pausa y, mirándome directo a los ojos, dice—: Su aspecto; ese horrible lunar que mancha todo el lado derecho de su rostro.
Las ganas de echarme a llorar se vuelven insoportables. La opresión en mi pecho es asfixiante, y el nudo en mi garganta se aprieta más y más con cada minuto que pasa.
Hay una voz en mi cabeza que me susurra que no debo permitir que me siga humillando de esta manera. Que ya es momento de dejar de permitir que ella siga pisoteándome y sus hirientes palabras.
Y solo esta vez decido hacerle caso a esta voz.
En un acto de valor, me pongo de pie y apoyo las manos sobre la madera, con más estrépito y brusquedad de la que me gustaría.
—Ya estoy harta de esto —digo, con un nudo en la garganta—. No entiendo qué ganas con hacerme sentir como si fuese una basura. Jamás les he hecho nada. Siempre los he respetado, y tú sólo te encargas de hacer mi vida más miserable —digo, en dirección a Catherine y mi vista comienza a nublarse por las lágrimas acumuladas—. Yo no pedí que me adoptaran —lo último me hace en un hilo de voz; suena como si me desgarraran el alma, como si el dolor insoportable de mi pecho fuese mayor.
Silencio.
Mi padre no dice nada, ni siquiera me mira; mantiene la vista fija sobre su plato de comida. Alanis sólo está mirándome sin expresión alguna en sus facciones, y la abuela ha mirado hacia otro lado.
En cambio, Catherine tiene la mirada fija en mí, de una manera donde puedo sentir la ira que la consume por mis palabras. Está apretando tanto la mandíbula, que temo que pueda romperla, y los nudillos de sus manos se han puesto blancos por como los hace en puño.
—Lárgate —me espeta, en un tono bajo que me causa escalofríos.
En ese instante —sólo en ese momento— me doy cuenta de mi error.
Es como si alguien más se hubiese apoderado de mi cuerpo para decir aquellas palabras, y ahora se siente como si hubiese vuelto en sí; para tener el control sobre mí misma.
La resolución de este hecho se siente como un golpe en el estómago.
—Lárgate y no vuelvas —repite, con los dientes apretados conteniendo el enojo en su interior—. No quiero volver a verte. Después de todo lo que hemos hecho por ti —mira por todo el espacio, como queriéndome dar a entender que es esto lo que me han dado: un techo donde vivir—. No puedo creer que así nos pagues.
Mi boca se abre con incredulidad.
—Siempre los he respetado, pero no por eso aguantaré más sus humillaciones —digo, con firmeza, a pesar de que estoy temblando.
—Bien —Catherine sonríe, pero es un gesto que no toca sus ojos—, entonces olvídate de que tienes una familia, y también olvídate sobre el dinero que te dábamos semanalmente para cubrir tanto tus gastos básicos como los de la universidad —mi corazón da un vuelvo violento en mi caja torácica. Hace una pausa y luego pronuncia—: Porque todo eso se acabó.
No puedo moverme. No puedo pensar. No puedo respirar...
Mi corazón se acaba de detener por una dolorosa fracción de tiempo, para reanudar su marcha a una antinatural y violenta; una donde siento que en algún momento hará un hoyo en mi pecho para escapar lejos.
Decir que sentí como si me hubieran golpeado a puño cerrado en el estómago es poco, a comparación de la revolución de sentimientos y emociones que estallan en mi interior.
Es allí cuando la resolución de las cosas me golpea como un látigo.
Cuando el peso de mis palabras me cae encima y me destroza los sentidos.
Es aquí, cuando me doy cuenta que lo he jodido todo para mí.
Aunque realmente no podría estar más peor de lo que ya estaba antes.
Cuando parece que he despertado de mi aturdimiento, me apresuro a correr lejos de allí, tomando conmigo la poca dignidad que me queda, hasta llegar a la puerta principal. Acto seguido, me apresuro a abrirla y salir de allí, con las extremidades temblorosas y los ojos llenos de lágrimas que no me atrevo a derramar.
La sensación sofocante en mi pecho es insoportable; se ha creado un nudo en mi garganta y no creo soportar el torrente de lágrimas que está próximo a salir.
Al salir a la calle me siento perdida. Me siento con la misma sensación de una niña pequeña que perdió a su madre en el supermercado.
Es como si, una vez fuera de aquella casa, no supiera donde pertenezco.
«Lo he perdido todo», pienso.
El viento frío de la noche se cuela a través de mi ropa, a medida que empiezo a caminar hacia la calle para cruzar la carretera, hacia el parque de enfrente. Así que, al traer un atuendo muy ligero —y nada adecuado para el frío— me abrazo a mí misma.
Hay tantas cosas que dan vueltas en mi cabeza justo ahora, que ni siquiera puedo ponerle un orden a algunas de ellas; tengo un enredo de pensamientos y soy una maraña de terminaciones nerviosas y temblorosas.
Lo más extraño de la situación es que las ganas de llorar se han ido. Y ahora solo le ha quedado paso al vacío interno que siento ahora.
Y pese a todos los problemas que voy a enfrentar de ahora en adelante, no es eso lo que me inquieta.
Hay algo que me hace ruido en la cabeza.
Algo que me taladra los sentidos y me aturde.
Es como una voz interior que me dice que, lo que sucedió hoy, no está del todo mal; que es como mi liberación o algo parecido aunque, como la mayoría de las cosas, trae consecuencias. Sí, ahora tendré que buscar algún trabajo de medio tiempo para poder pagar la universidad y mis necesidades básicas. Pero el lado bueno es que finalmente dejaré de sentirme aterrada por que todos los fines de semana me tengo que topar con Catherine y Alanis. Ni tendré que soportar más humillaciones de parte de ambas.
Así que, a pesar de las cosas malas, no todo está perdido.
Tal vez —y sólo tal vez— las cosas para mí mejoren.