«Tal vez el lobo está enamorado de la luna, y llora cada mes por un amor que nunca tocará».
La sola posibilidad de sopesar el si devolverle el paraguas a Sebastián, aquel que me prestó hace varias semanas, mientras la torrencial lluvia caía sobre nosotros, me pone nerviosa en formas que me son insoportables; me pone la piel de gallina el solo pensar que me volveré a topar con aquellos ojos azules misteriosos.
Pero se me ponen los pelos de punta aun más, cuando sé que hay una fiesta en el edificio donde están los dormitorios de los chicos, y él se encuentra allí.
Lo sé porque mi compañera de habitación me lo dijo.
«¡Vaya momento en el que decidí devolverle su paraguas!». Me reprimo internamente.
—Deberíamos ir —me dice Libby, justo en el momento en que me encuentro arrepintiéndome de mi decisión y que me planteo que mejor lo haré otro día—. Yo voy a acompañarte, si quieres —agrega.
—¿Crees que sea oportuno? —pregunto insegura.
Libby se encoje de hombros.
—No perdemos nada con ir.
Ha pasado una semana desde el incidente con Catherine; y en todo ese tiempo he tratado de buscar algún empleo que me ayude a cubrir mis gastos, antes de que no me quede nada del dinero que me dieron mis padres por última vez.
Por suerte, encontré un trabajo de medio tiempo en un establecimiento de comida rápida. Y al menos eso me ayudará a sobrevivir.
Hace dos días que comencé a trabajar allí, y si bien al principio no me sentía muy segura porque sabía que mi aspecto llamaría mucho la atención, poco a poco todo eso se fue disolviendo de mí cuando mis compañeros me recibieron de buena manera —lo cual me pareció sumamente extraño.
He pasado toda mi vida escuchando burlas de mi aspecto y siendo menospreciada por otros, que la confianza en mí y mi autoestima son pocas. Es por ello que cuando alguien me hace un cumplido, o me trata bien, tiendo a desconfiar. Tiendo a pensar cosas negativas y a sentir que todo seguramente es una broma y que nada positivo que digan de mí es sincero.
Lo cual es lamentable, pues quiere decir que estoy tan destruida por dentro que ni siquiera puedo sentirme bien cuando alguien es amable conmigo.
Retomando lo del tema de mi bienvenida, todos me recibieron muy bien.
Claro que sí noté una que otra mirada curiosa sobre mi lunar, pero nadie hizo algún comentario con respecto a ello. Tampoco me miraron feo o algo parecido. Y eso fue lo que hizo que me sintiera más a gusto estando allí, y no con ganas de correr a la primera oportunidad que se me diera.
—¿Beca?
La voz de Libby me saca de mi ensimismamiento, y mi cabeza se gira en la dirección que la escuché.
—¿Decías? —pregunto, al tiempo que espabilo un poco.
—Te preguntaba si estabas lista para irnos.
Trato de regalarle una sonrisa de labios cerrados y, entonces, asiento. Al mismo tiempo, me armo de valor y me preparo mentalmente para lo que sea que vaya a ocurrir.
—Estoy lista —le digo.
Libby sonríe de vuelta, y entonces ambas nos dirigimos a la puerta para salir del departamento.
Sujeto con fuerza el paraguas n***o de Sebastián entre mis manos, mientras hacemos nuestro camino hacia el ascensor del edificio.
En todo el trayecto mi corazón late con una fuerza abrumadora sobre mi caja torácica, que me roba el aliento, y que me hace creer que en algún momento hará un agujero en mi pecho y escapará lejos. También puedo escuchar como mis latidos frenéticos hacen ruido detrás de mis oídos.
El nudo de ansiedad y nervios se hacen presente en la boca de mi estómago. Y tengo que tomar una respiración profunda —y discreta— para aminorar mis nervios alterados.
«Sólo le devolveré su paraguas, agradeceré por ello y me marcharé lo antes posible», me recuerdo como nota mental, justo en el momento que las puertas del ascensor se abren y salimos fuera del edificio.
«Aquí vamos... Tranquila».
Ahora lo único que espero es que Alanis no vaya a estar en esa fiesta y todo se vuelva un caos. Porque nunca se sabe qué puede pasar con ella, o qué es capaz de hacer.
Nos toma alrededor de diez minutos llegar al edificio de los chicos, donde se desarrolla la fiesta, y sólo al acercarnos a la entrado ya puedo escuchar la música proveniente de uno de los departamentos, pero no es tan alto el volumen como para alterar a los vecinos, y en la ventana puedo ver varias personas ir y venir.
Me congelo justo en la entrada cuando el pánico me atenaza las entrañas, y el pensamiento insidioso de que van a burlarse de mí se cuela entre mi cabeza como un gusano.
—¿Estás bien? —me pregunta Libby, con un gesto de preocupación impreso en el rostro, al ver que no me muevo de mi sitio.
—Sí —me apresuro a decir—, es solo que...
—¿Tienes miedo del qué dirán de ti? —completa la frase por mí.
La miro directo a los ojos, y en los suyos se ve reflejado como es capaz de sentir —por su propia experiencia— lo que me pasa a mí; casi como si pudiera comprender cómo me siento.
Asiento, incapaz de decir algo.
—No te preocupes, Beca. Yo voy a estar contigo, dándote apoyo —una sonrisa amistosa es esbozada por sus labios. El mero acto hace que mi pecho se caliente de una emoción cálida y reconfortante.
Sonrío de igual forma, agradecida con ella y por ser ahora la única amiga que no me ha juzgado por mi aspecto y que está conmigo ahora. A pesar de no conocerme del todo.
—Gracias —digo, en un murmullo bajo.
Tomando todo el valor que puedo comienzo a hacer mi camino hacia el interior del edificio.