«Soñé tanto de lo que pudimos ser y me despertó la realidad de lo que no fuimos».
La decepción que me embarga de pies a cabeza apenas puedo soportarla.
Libby acaba de decirme que va a darse de baja de la universidad un tiempo, debido a problemas familiares, que no se siente muy bien dándome más detalles al respecto y que ya no podrá vivir conmigo.
No puedo evitar sentirme perdida, como si estuviera en medio de un bosque y no supiera hacia donde ir. Ahora que voy a quedarme sola, tendré que pagar el alquiler yo, lo cual lo hace el doble de difícil; es verdad que mi padre adoptivo había dicho con seguirme ayudando monetariamente. Pero me da mucha ansiedad abusar de eso que me está dando y hacerlo pagar por completo él solo.
«Quizás debería seguir en el trabajo». Pienso. «Solo así podré ayudarlo un poco».
—Sí pudiera me quedaría. —Escucho que dice Libby—. Pero la situación económica no me lo permite.
Una sonrisa débil, que trato que sea comprensiva, tira de la comisura de mis labios.
—No te preocupes. Lo entiendo —digo, porque es cierto.
A pesar del miedo que me carcome por dentro y del pánico que siento porque no estoy muy segura de buscar a alguna otra compañera, o que al menos alguien quiera compartir el mismo lugar conmigo, espero de corazón que todo se arregle para ella y que pronto pueda regresar a estudiar.
Me encuentro ayudándola a arreglar su maleta, a tratar de que no olvide nada suyo.
Cuando terminamos, la acompaño hasta el aeropuerto donde regresará a casa. No me molesta hacerlo, al contrario, esto me distrae un momento de todo mi alrededor. Las horas que pasamos allá, esperando a que salga su vuelo, se reducen a una charla amena con respecto a cómo me ha ido a mí en la universidad. No tengo que decir mucho al respecto; siempre que asisto trato de escabullirme, lo más que puedo, de los ojos de los demás. Trato de llamar lo menos posible la atención.
Extrañamente ya no me he encontrado con Alanis o Hannah en el instituto. Y eso es algo que agradezco profundamente, así ya no me molestan. Pero, al mismo tiempo, es extraño...
Cuando finalmente anuncian el vuelo de Libby, siento una gran nostalgia por dentro. Me despido de ella en un abrazo fuerte y apretado.
—Espero que en un año más nos volvamos a ver —dice, contra mi oreja.
Pero por alguna razón, siento que no la volveré a ver jamás.
Entonces, se marcha.
Hace su camino junto sus maletas y se pierde entre el tumulto de personas que también hacen cola para abordar el vuelo.
Me doy la vuelta y sigo mi camino. Me siento triste pero, al mismo tiempo, creo que no debo estarlo lo suficiente. Éramos amigas, sí. Pero tampoco tan apegadas la una de la otra como para ponerme a llorar por su partida. Aún así, lo que me duele es quedarme sola.
Pido un uber para irme directo a mi apartamento.
No me toma más de quince minutos llegar a mi destino.
El auto aparca frente a mi edificio y pago para, seguidamente, bajarme y con la idea de alistar mi uniforme del trabajo. Normalmente no hago mucho luego de salir del instituto; sólo hacer los trabajos que me dejen y luego ir a trabajar. A veces veo alguna serie para no aburrirme en lo que espero que llegue la hora de irme.
Voy subiendo los escalones cuando ocurre...
Mi cuerpo impacta contra algo duro y firme a la vez, y al tiempo que suelto un quejido por lo duro del golpe, me tambaleo. Sin embargo, no llego a caer al suelo ya que la persona —con quien choqué— me toma de los hombros para evitar mi caída.
El corazón se me salta un latido cuando Sebastián entra en mi campo de visión y es él quien me sostiene.
No me muevo ni un milímetro. Y no me doy cuenta de que estaba conteniendo la respiración, hasta que él me suelta.
—Lo siento, Beca —dice—. Ando un poco preocupado.
De la forma más discreta que puedo, me llevo mi mano hasta mi hombro derecho —donde fue el impacto— y le doy un pequeño masaje.
—¿Ocurrió algo? —Me atrevo a preguntar.
—Elizabeth desapareció. No está por ningún lado de la casa.
Mis ojos se abren en sorpresa.
—Pero, ¿Cómo?... Si ella es ciega. —Las palabras escapan tan rápido de mi boca que apenas puedo detenerlas. Pero es la verdad. ¿Cómo se puede ir su hermana de su casa si ni siquiera puede ver? Sería casi imposible moverse por sí sola, sin nadie que la guíe.
—¡No lo sé! —exclama, genuinamente preocupado—. Esta mañana fui a verla para que desayunara. Y ahora que fui a hablarla para almorzar, ya no estaba.
—¿Ustedes estaban ahí? Es decir, ¿jamás salieron en todo el lapso en que desapareció?
El semblante de culpa y vergüenza que me dedica, solo me lo confirma.
—Sebastián, ¿cómo es posible que no se dieran cuenta?
—Sí, sé que suena estúpido. Pero ni Carol ni yo escuchamos el momento en que salió. Solo sé que se llevó su bastón con ella.
—¿Quieres que te ayude a buscarla?
Él abre la boca como para decir algo, pero justo en ese instante el sonido de un teléfono empieza a sonar sin parar.
Estoy a punto de buscar en mi bolsillo para verificar si es mi teléfono, cuando Sebastián hace lo mismo y, tras murmurar una disculpa, contesta la llamada.
—Carol, ¿qué...? —empieza diciendo, pero se detiene para escuchar detenidamente lo que le dicen del otro lado—. ¿En serio? ¿Apareció? Voy para allá.
Tras decir eso, cuelga la llamada.
—Elizabeth apareció —me avisa, apesar de que he escuchado la conversación con su hermana menor.
Le sonrío.
—Qué bueno, Sebas. Me alegra que apareciera.
En el momento que me doy cuenta de cómo lo he llamado, me arrepiento.
Aún no tenemos esas confianzas para hablarnos de esa manera.
—Tengo que irme —inquiere—. Elizabeth ya está en casa y necesito saber cómo fue que salió o dónde estuvo. Nos vemos, Beca.
—Nos vemos, Sebastián.
Y luego de dedicarme una sonrisa, pronuncia:
—Gracias de todas maneras, por ofrecerte a ayudarme a buscarla.
Entonces, se marcha.
Se va trotando por donde venía y pronto lo pierdo de vista.
Apenas doy un paso cuando siento que piso algo con la suela de mi zapato. Al guiar mi mirada hacia abajo, descubro que estoy aplastando una pulsera de plata. Me agacho para recogerla.
Unos pocos segundos me toma inspeccionarla. El nombre «Rachel» aparece impreso sobre la pulsera y justo pienso que debe pertenecer a Sebastián, tomando en cuenta de que es el nombre de su exnovia fallecida.
Algo se remueve en mi interior, y no sabría si es incomodidad o lastima por el hecho de que ellos ya no pudieron estar juntos, debido a que ella no vive más.
Me guardo la pulsera, recordándome que voy a devolvérsela en cuanto lo vea en el instituto, y entonces termino de subir los escalones para adentrarme en el edificio.