El horrible lunar que mancha casi toda la mitad del lado derecho de mi rostro está ahí, expuesto, frente a sus ojos, y quiero echarme a llorar. Me siento tan avergonzada, tan humillada, que no soporto estar en mi propia piel.
Rápidamente, en un intento desesperado, le pongo las manos sobre el pecho, bajo la mirada y trato de alejarme de él. Pero Sebastián no me lo permite, se mantiene firme sujetándome a pesar de que ya no haya peligro de que vaya a caerme, y eso solo acentúa más las ganas de llorar y la sofocante sensación de asfixia. Al bajar la mirada para evitar que siga mirando eso que tanto me avergüenza —eso que tanto me gustaría desaparecer porque ha sido el foco de burlas desde que tengo uso de razón. Eso que me ha hecho odiar mi físico— mechones rojizos de mi cabello me caen sobre el rostro, y antes de que sienta las lágrimas escapar de mis ojos, Sebastián coloca un dedo sobre mi barbilla y, con delicadeza, me hace alzar de nuevo la mirada hacia él.
Lo observo, miedosa y aterrada. Avergonzada hasta la médula.
Y él... Inexpresivo como siempre. Pero no es un gesto duro, es suave. Simplemente está mirándome y es difícil descifrar qué debe estar sintiendo de verme así de frágil y expuesta a él.
Soy mega consciente de su brazo sosteniéndome. Soy consciente de su pecho pegado al mío y de que no hay distancia que nos separe ahora. Soy hiper consciente de la manera en que nuestras respiraciones se mezclan entre sí y la forma en que sus ojos azules se posan sobre mis labios durante una fracción de tiempo; apenas es un vistazo rápido, que no puedo estar segura si lo hizo en realidad.
Involuntariamente cierro los ojos cuando siento la yema áspera de sus dedos acariciando las pecas sobre mis pómulos y nariz. Pero mis ojos se abren de golpe cuando siento sus dedos retirar los mechones rojizos lejos de mi rostro, descubriendo mi lunar.
Nadie se mueve. Nadie dice nada.
Simplemente nos miramos fijamente; perdidos en la mirada del otro.
Por su cercanía creería que va a besarme...
Por la forma profunda e intensa en que está mirándome y la manera en que su rostro se inclina hacia el mío, podría creer que tiene ese deseo; que de verdad no siente ningún rechazo hacia a mí, que no se avergüenza de que nos vean juntos y quizás —solo quizás— él sí quiere besarme...
Y entonces se aparta.
El desconcierto y la confusión me embarga al ver su acción, y la extraña burbuja reconfortante que me había envuelto se revienta en el instante que su calor corporal se siente cada vez más lejos de mí, causando una frialdad pegando de golpe en mi piel donde antes él estaba.
—¿Estás bien? —pregunta, examinandome.
Trago saliva sintiendo un nudo en la garganta.
Asiento muy despacio, alejándome de Sebastián con movimientos torpes.
Sin dedicarle otra mirada me alejo de su cercanía. No sé cómo es que llego hasta Libby quien tiene una expresión de asombro total en el rostro —porque seguramente vio todo— y me pregunta algo que no logro comprender por estar tan aturdida y conmocionada por lo que pasó.
«¿Qué fue eso?». Me pregunto, internamente.
Soy vagamente consciente de Libby diciendo algo a lo que no le pongo atención, cuando otra voz se abre paso interrumpiéndola.
—Beca —me llama esa voz tan familiar, y todo mi mundo se paraliza en ese instante.
Girarme a ver a Sebastián, provoca un escalofrío por toda mi espina dorsal. Está detrás de mí y sostiene una chaqueta entre sus manos que rápidamente deduzco como suya. Lo observo, sin decirle nada, y se acerca dos pasos más.
—Está haciendo frío —es lo primero que dice, para seguidamente colocarme la chaqueta encima de los hombros, desconcertandome aún más con esta acción—. Úsala —agrega.
Mis ojos se abren en grandes y mis cejas se alzan por la impresión.
—P-Pero... —trato de decir, pero las palabras se atoran en mi garganta apenas tratan de salir.
—No te preocupes por devolvermela —inquiere, haciendo un gesto con la mano restándole importancia—. Puedes hacerlo cuando nos volvamos a ver.
"Cuando nos volvamos a ver...".
La resolución de este hecho me sorprende más, y me es casi imposible ocultar el asombro de mi rostro.
¿Sebastián quiere volver a verme?
Estoy a punto de replicar. Estoy a punto de decirle que no es necesario, que esto que hace me confunde en demasía y no entiendo qué quiere lograr con esto, pero cuando me doy cuanta Libby ya me ha sacado del apartamento y ha guiado mis pasos fuera del lugar, porque al parecer yo estoy tan aturdida y confundida que ni siquiera puedo caminar por mi cuenta.
Me giro con rapidez para buscar aquel chico de ojos azules y cabello n***o que acaba de poner mi mundo al revés; ese que acaba de convertir mi cabeza en una maraña confusa y me ha dejado impregnada en mi ropa el perfume de su chaqueta.
Sebastián aparece en el umbral de la puerta en ese momento —cuando me giro para buscarlo con desespero— y sonríe.
Me sonríe. Pero un gesto tan fugaz que no estoy tan segura de haberlo visto en realidad.
—Te veré luego, Beca —susurra y, dicho eso, la puerta se cierra.
No puedo evitar que la parte soñadora e ilusionada de mi cabeza, se ponga a fantasear con escenarios ficticios que solo son eso... Una fantasía. Nada real.
No quiere verme porque le agrado de forma romántica. No lo dice porque tenga otro interés en mí. Sebastián solo está siendo amable y nada más. Tal vez siente lastima por lo que me ocurre día a día en el instituto y quiere ayudarme, hacerme sentir mejor o lo que sea. Pero es solo eso.
Soy una persona que suele hacerse falsas ilusiones muy rápidamente. Suelo ilusionarme con tanta facilidad, que incluso me aterra.
Así que empujo al rincón más oscuro de mi cabeza aquellas tonterías que me he creado yo. Trato de alejar, lo más que puedo, aquella película que me he creado. Porque Sebastián solo me ve como una amiga.
Me tiene lastima...
Por eso es tan bueno conmigo.