Capítulo 13

1076 Palabras
Los días siguientes mi ánimo ha estado relativamente bien. Después de haberle devuelto el paraguas a Sebastián y que pasaran tantas cosas en aquella noche en tan poco tiempo, además de estar confundida, también he estado un poco más... alegre. No sé a qué se deba —o quizás sí sé pero lo ignoro— pero la agradable sensación que me ha acompañado durante toda la semana es algo que no quiero que desaparezca, porque ese buen humor me ha hecho sobrellevar un poco más mis días oscuros y no suelen abrumarme tanto como lo hacía antes. Muy en el fondo de mí, la razón de mi alegría tiene nombre y apellido. Sonrío al recordarlo, aunque rápidamente la vergüenza me invade de pies a cabeza, al saber que estoy siendo ridícula. Sin embargo, dejo que mi soñadora imaginación vuele un poco más, que escape de la realidad y le permito estar en un lugar —aunque sea ficticio— más ameno y menos tormentoso. Me seco las manos en el mandil cuando he terminado de lavar unos trastes que me indicaron. —Beca. —Me llama una de mis compañeras. Giro sobre mis talones para encararla y no puedo evitar sentirme avergonzada por no recordar su nombre—. Necesito que tomes la orden de la mesa ocho. Asiento, me quito el delantal, tomo mi libreta pequeña y un lapicero y salgo para hacer lo que se me pidió. Así se han ido mis días por las noches; tomando órdenes, llevando hamburguesas de lado a lado. No es que gane mucho con este trabajo, pero al menos me sirve para seguir sobreviviendo hasta que se agoten los ahorros que tenía del dinero que me daban, antes de pelearme con Catherine. Aliso con mis manos las arrugas invisibles de mi uniforme, y salgo de la cocina para ir donde se me ha indicado. Apenas doy un paso fuera, cuando lo veo... Me detengo de golpe casi por inercia. Sebastián está sentado ahí en esa mesa junto a otros chicos y es casi inevitable no sentirme avergonzada por su presencia; tomando en cuenta de que llevo el feo uniforme del trabajo, que he estado sudando por estar cerca de las parrillas y que tengo el cabello hecho desastre. Soy un desastre andante. El pánico absurdo se riega por todo mi sistema y en un arranque de cobardía empiezo a retroceder hasta que mi espalda choca contra algo. Para este punto, el sofoco que siento es tanto, que quiero cavar un hoyo en el suelo para arrastrarme hasta allí y no salir jamás. —Auch. —Escucho detrás de mí. Me giro a toda velocidad para encarar a quien sea con quien he chocado, y el alivio que me embarga cuando es Allison quien aparece en mi campo de visión, es tan ridículo que quiero echarme a reír. —Lo siento, Alli —digo—. Es que... Ella frunce el ceño, confundida. —¿Qué pasa? —Apenas termina de formular su pregunta cuando, al ver mi expresión de súplica impresa sobre mi rostro, una sonrisa pícara y cómplice se desliza sobre sus labios—. Déjame adivinar —dice—. Tienes que atender una mesa, pero hay un chico que te gusta ahí, ¿no es cierto? Quiero replicar que no es así. Que va más allá de eso. Pero no me da tiempo de nada, ya que ella vuelve a hablar: —No te preocupes, lo mismo le pasó a Mandy hace unos días. Yo tomo la orden por ti —ofrece, y las ganas que tengo de abalanzarse sobre ella y envolverla en un abrazo, son enormes—. ¿Qué mesa es? —La ocho. Allison me guiña un ojo, antes de caminar hacia la mesa donde se encuentra Sebastián junto a sus amigos. En ese momento, es que decido que huiré a la parte trasera del establecimiento, solo para tomar un poco de aire en lo que me re compongo del momento vergonzoso. También debo admitir que me avergüenzo de mí misma; de mi aspecto y, que si por mí fuera, no saldría jamás. Pero necesito esto para sobrevivir y no depender más de la familia Sohapi. Por suerte, cuando hago mi camino a la parte trasera del lugar, nadie me ve. Me digo que sólo estaré aquí por unos cuantos minutos, que no puedo seguir haciendo esto —esconderme— porque van a regañarme. También, me digo que no puedo seguir siendo una cobarde, debo afrontar la vida como la adulta que soy. El aire nocturno y fresco pego de lleno en mi cara cuando salgo al exterior. Todo acá fuera está sumido en una hermosa calma. El callejón —ese que da por detrás del edificio— está completamente solitario, y sólo la luz de una farola ilumina débilmente el lugar. Salgo de mi estupor cuando escucho el sonido seco de la puerta siendo cerrada. Y es en ese momento, que recuerdo que esta solo puede abrirse por dentro. La desesperación me embarga y me doy un golpe en la frente, con la palma de mi mano, porque eso significa que ahora tendré que darme una vuelta completa y entrar por la parte de enfrente. «Estúpida». Me recrimina el subconsciente. «¿Cómo fuiste a olvidar que la puerta no puede abrirse por fuera?». Un bufido escapa de mis labios y con todo el desgano del mundo, hago mi camino rápidamente hacia la entrada del local. Estaba huyendo de Sebastián para que no fuera capaz de verme así —toda desarreglada y con el semblante cansado que seguramente debo tener— y ahora tengo que entrar por enfrente, donde obviamente va a notar mi presencia. Qué irónico. No me toma mucho cruzar el callejón. Estoy a punto de llegar a mi destino, al mismo tiempo que me voy cubriendo el lunar con mi cabello, cuando ocurre... —Beca. —La voz que suena a mis espaldas es tan familiar, que incluso me aterra. No me giro ni miro por encima de mi hombro. Me limito a quedarme inmóvil sobre mi sitio, hasta que lo vuelvo a escuchar hablar—. Alanis me dijo que estabas trabajando aquí. En ese momento es que tomo valor y giro sobre mi eje para encararlo. La mirada que me regresa mi padre adoptivo está llena de aflicción y disculpa. Y me encuentro preguntándome qué hace aquí y cómo es que Alanis sabe dónde trabajo.
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