Prólogo
El satén del vestido me apretaba el pecho, pero no tanto como el nudo que sentía en la garganta mientras observaba el reflejo de mi madre en el espejo. Sofía estaba radiante, casi etérea a sus treinta y cuatro años, convencida de que finalmente había encontrado su final de cuento de hadas. Yo, a mis veinte, solo podía pensar en lo ridículo que era todo.
—¿Me ayudas con el cierre, Emma? —preguntó ella, con una sonrisa que no le cabía en el rostro.
Mis dedos temblaron ligeramente mientras subía la cremallera por su espalda. Ella no lo notaba, estaba demasiado ocupada siendo feliz. No sabía que cada centímetro de piel que yo cubría con ese vestido blanco era un centímetro que yo le envidiaba. Pero no envidiaba el vestido, ni la fiesta fastuosa que nos esperaba abajo.
Envidiaba a Raúl.
Bajamos las escaleras y el murmullo de los invitados se detuvo. Al final del pasillo, junto al altar improvisado en el jardín, estaba él. Tenía treinta años y la mandíbula tan tensa que parecía tallada en piedra. Su traje oscuro lo hacía ver imponente, demasiado joven para ser el hombre que iba a ocupar el lugar de mi padre, pero lo suficientemente hombre como para hacerme olvidar que debía odiarlo.
Cuando nuestras miradas se cruzaron por un breve segundo antes de que él se concentrara en mi madre, supe que no era el único que estaba fingiendo. Raúl no me miró con la ternura de un futuro padrastro. Me miró con la advertencia de alguien que sabe que está caminando directo hacia un precipicio.
—Hermanas y hermanos, estamos aquí reunidos... —empezó el juez.
Yo me quedé un paso atrás, cumpliendo mi papel de dama de honor perfecta. Observé cómo él tomaba la mano de mi madre, cómo sus dedos largos y fuertes se entrelazaban con los de ella. Cerré los puños hasta que las uñas se me clavaron en las palmas.
La ceremonia era una farsa. Un contrato firmado sobre un terreno minado. Porque mientras el juez hablaba de fidelidad y respeto, yo solo podía pensar en la noche anterior, cuando lo encontré solo en la cocina y el silencio entre nosotros fue tan violento que casi pudimos escucharnos el pensamiento.
—Acepto —dijo Raúl.
Su voz fue profunda, segura. Mintió frente a cien personas. Y yo, desde la sombra, sonreí para mis adentros. A partir de hoy, Raúl dormiría en la habitación de al lado, separado de mí solo por una pared y un título legal que ambos estábamos destinados a destruir.