Capitulo 5.
El silencio de la noche se hizo añicos. Raúl no esperó una respuesta, ni una invitación más. Fue un movimiento brusco, casi violento, como el de una presa que se rompe después de años de contener un río salvaje.
Me tomó del rostro con ambas manos, sus dedos enterrándose en mi cabello con una urgencia que me hizo soltar un jadeo ahogado. Sus labios chocaron contra los míos con una fuerza que no tenía nada de dulce; era un beso cargado de todo el resentimiento, el hambre y la culpa que habíamos acumulado durante dos años. Sabía a whisky, a desesperación y a esa oscuridad que ambos compartíamos.
Yo le devolví el beso con la misma intensidad, rodeando su cuello con mis brazos, pegando mi cuerpo al suyo hasta que no quedó ni un milímetro de aire entre nosotros. Sentí el latido de su corazón contra mi pecho, una marcha frenética que iba al ritmo de la mía. Raúl soltó un gruñido bajo, un sonido que venía desde lo más profundo de su garganta, mientras sus manos bajaban por mi espalda, presionándome contra él como si quisiera fundirme con su propia piel.
Era el sabor del pecado puro. Cada caricia era una traición a la mujer que dormía a solo unos metros de distancia, pero en ese momento, bajo la luz fría de la luna, Sofía no existía. Solo existíamos nosotros dos y este incendio que finalmente nos estaba consumiendo.
Raúl se separó apenas unos milímetros, sus labios rozando los míos mientras recuperaba el aliento, con los ojos nublados por una pasión que lo había desfigurado por completo.
—Te odio por esto —susurró contra mi boca, su aliento cálido quemándome—. Me odio a mí mismo por no poder parar.
—No mientas, Raúl —le respondí, mi voz apenas un susurro quebrado—. Esto es lo único que te hace sentir vivo.
Él no respondió con palabras. Me volvió a besar, esta vez con una lentitud más tortuosa, explorando cada rincón de mi boca como si estuviera reclamando un territorio que siempre supo que le pertenecía. Sus manos temblaban, pero su agarre era de acero. El hombre perfecto, el esposo devoto, había muerto en ese balcón.
De repente, un sonido proveniente del interior de la casa nos congeló.
El pánico en los ojos de Raúl era absoluto. Miró hacia la puerta de cristal, hacia la penumbra de la habitación matrimonial donde Sofía dormía, ajena a que el hombre con el que compartía las sábanas estaba en el balcón entregándose a su mayor pecado.
Si ella se despertaba y estiraba la mano, encontraría el lado de Raúl frío y vacío.
—Vete —repitió él, con la voz rota por la adrenalina. Se apartó de mí como si mi contacto fuera ácido, refugiándose en la esquina del balcón—. Vuelve a tu cuarto. Ahora.
Yo me quedé allí, con los labios hinchados y el corazón martilleando contra mis costillas. Lo miré una última vez; se veía destruido, apoyado contra la pared, tratando de recuperar el aliento y la compostura antes de tener que volver a entrar y acostarse al lado de mi madre.
Me acerqué a él, ignorando su gesto de retroceder. Me pegué a su oído, dejando que mi aliento rozara su piel una última vez.
—Ve con ella, Raúl —le susurré, con una frialdad que me sorprendió a mí misma—. Ve y acuéstate a su lado. Trata de no temblar cuando ella te abrace en sueños, y recuerda que el sabor que tienes en la boca no es el de su labial. Es el mío.
No esperé a ver su reacción. Me di la vuelta y caminé hacia mi habitación con una elegancia felina. Cerré la puerta corrediza con un clic casi imperceptible y me deslicé entre mis cobijas, sintiendo el frío de la seda contra mi piel todavía caliente.
A través de la pared, escuché el sonido casi inaudible de su puerta cerrándose. Imaginé el momento exacto en que él se deslizaba bajo las mantas, tratando de no despertar a Sofía, sintiendo el peso de la traición como una losa sobre el pecho.
Esa noche, yo dormí con una sonrisa en los labios. Él, estoy segura, no cerró los ojos ni un segundo.
A la mañana siguiente, el aire en la cocina se podía cortar con un cuchillo. Sofía estaba de un humor excelente, sirviendo jugo de naranja y hablando sobre una cena de negocios que tendrían esa noche.
—Raúl, querido, estás muy pálido —dijo ella, poniendo una mano preocupada sobre la frente de él—. ¿Dormiste bien? Te sentí dar vueltas toda la noche.
Raúl ni siquiera levantó la vista de su café. Sus ojeras eran profundas y su mano, la que sostenía la cuchara, tenía un ligero temblor que solo yo podía notar.
—Solo un poco de insomnio, Sofía —respondió él con la voz pastosa—. Nada de qué preocuparse.
—Emma también parece haber descansado —añadió mamá, mirándome con una sonrisa—. Tienes un brillo diferente hoy, hija. Me alegra que por fin te estés sintiendo cómoda en casa.
Miré a Raúl por encima del borde de mi taza. Él finalmente levantó la vista, y el choque de nuestras miradas fue eléctrico. Había una súplica silenciosa en sus ojos, pero también una chispa de ese fuego que habíamos encendido en el balcón.
—Me siento muy cómoda, mamá —dije, saboreando cada palabra—. De hecho, creo que este es exactamente el lugar donde debo estar.
Viendo a Raul, un recuerdo me golpeó sin verlo venir.
Tenía dieciocho años. Estaba en esa edad en la que crees que lo has visto todo, pero en realidad no has visto nada. Mamá nos había citado en un restaurante elegante para presentarnos a su "nuevo proyecto", como ella llamaba a sus conquistas. Yo esperaba a otro empresario aburrido de cuarenta años con crisis de mediana edad.
Entonces entró él.
Raúl tenía veintiocho años en ese entonces. Llevaba una chaqueta de cuero que desentonaba con el lujo del lugar y una mirada que decía que preferiría estar en cualquier otro sitio. Cuando Sofía lo tomó del brazo para presentármelo, sentí un vacío súbito en el estómago, como si el suelo hubiera desaparecido bajo mis pies.
—Emma, cariño, él es Raúl —dijo mamá, con los ojos brillando de una forma que nunca le había visto—. Raúl, ella es mi tesoro, mi hija.
Él me extendió la mano. Tenía los dedos largos y fuertes. Cuando su piel rozó la mía, un escalofrío me recorrió la columna, uno que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del restaurante.
—Es un placer, Emma —dijo él. Su voz de veintiocho años aún conservaba una aspereza juvenil que me fascinó de inmediato.
Recuerdo que pasé toda la cena observándolos. Sofía, a sus treinta y dos, estaba en el esplendor de su belleza, pero al lado de Raúl, ella parecía... estable. Él, en cambio, parecía un incendio contenido. Mis dieciocho años captaron algo que mi madre, cegada por el romance, pasó por alto: la forma en que Raúl me miraba cuando ella se distraía hablando con el camarero. No era la mirada de un futuro padre. Era la mirada de un hombre que acaba de encontrar algo prohibido y no puede dejar de desearlo.
Esa noche, al llegar a casa, me miré al espejo y supe que nada volvería a ser igual. Odiaba a mi madre por haberlo encontrado primero, y odiaba a Raúl por ser exactamente el tipo de pecado que yo quería cometer.