Capitulo 7.
Ese destello de comprensión en los ojos de Raúl fue como un golpe de realidad que no vi venir. Durante semanas, lo había visto como un trofeo, como el muro que debía derribar para demostrar que podía tenerlo todo. Pero al verlo mirarme con esa ternura, al ver cómo entendía mi soledad mejor que mi propia madre, la culpa me atravesó como una cuchilla fría.
Por primera vez, no vi a un oponente. Vi al hombre que hacía feliz a Sofía, el hombre que le daba la estabilidad que ella siempre buscó. Y me vi a mí misma: la niña mimada que estaba dispuesta a incendiar el hogar de su madre solo por un capricho de medianoche.
El trayecto de regreso a casa fue un suplicio. Sofía venía apoyada en el hombro de Raúl, hablando en voz baja sobre lo bien que había salido todo. Yo miraba por la ventana, viendo las luces de la ciudad pasar como borrones. Cada vez que mis ojos se cruzaban con el espejo retrovisor y encontraba la mirada de Raúl, sentía un nudo en la garganta. Ya no había triunfo en mi pecho, solo un vacío amargo.
Al llegar, mamá se despidió con un bostezo, dándome un beso en la frente.
—Buenas noches, mi niña. Gracias por acompañarnos hoy, significó mucho para mí.
Se fue escaleras arriba. Raúl se quedó en la cocina, sirviéndose un último vaso de agua, de espaldas a mí. El silencio era asfixiante.
—Raúl —dije, mi voz apenas un susurro.
Él no se giró, pero sus hombros se tensaron.
—Ve a dormir, Emma. Es tarde.
—Tienes razón —di un paso hacia atrás, alejándome de él en lugar de acercarme—. En todo. Soy una niña caprichosa que no sabe cuándo detenerse. Pero hoy... hoy me di cuenta de que no quiero ser la razón por la que mamá deje de sonreír como lo hizo esta noche.
Raúl se giró lentamente. La sorpresa en su rostro era evidente. Estaba esperando una provocación, un roce, otra red de mentiras. No esperaba una rendición.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó, dejando el vaso sobre la encimera.
—Que me voy a alejar —las palabras me quemaban, pero sabía que eran necesarias—. Mañana empezaré a buscar un departamento. Le diré a mamá que necesito mi espacio, que quiero ser independiente. Voy a dejar de jugar, Raúl. Por ella. Y por ti.
Él dio un paso hacia mí, con una expresión indescifrable. El aire volvió a cargarse, pero esta vez era diferente. Había una tristeza profunda en la forma en que me miraba.
—Emma... —pronunció mi nombre como si fuera una oración prohibida.
—No digas nada —lo interrumpí, sintiendo las lágrimas agolparse en mis ojos—. Si dices algo, no tendré la fuerza para hacerlo. Solo... cuídala. Sé el hombre que ella cree que eres.
Me di la vuelta y subí las escaleras corriendo, encerrándome en mi habitación. Me apoyé contra la puerta, escuchando el silencio absoluto de la casa. Por primera vez en mi vida, no pedí la luna. Por primera vez, estaba dejando ir lo que más deseaba.
La decisión de alejarme parecía sólida en la oscuridad de mi habitación, pero el destino —o mi propia subconsciente— tenía otros planes. A la mañana siguiente, mientras revisaba aplicaciones de apartamentos con un nudo en la garganta, mi teléfono vibró.
Era un número que reconocí de inmediato: el corporativo de la empresa de mi madre.
—¿Emma? Habla la directora de Recursos Humanos. Recibimos tu postulación para la vacante de analista de proyectos. Tu perfil es impresionante y nos encantaría entrevistarte mañana a las diez.
Me quedé helada. Había enviado esa solicitud semanas atrás, en un arranque de ambición, olvidando que aceptar ese empleo significaba ver a Raúl todos los días en un entorno donde él no era mi "padrastro", sino un directivo de alto rango.
El edificio de cristal y acero se alzaba en el centro financiero como un monumento al éxito de mi madre y al esfuerzo de Raúl. Me puse un traje sastre azul marino, profesional pero impecable, buscando esa imagen de mujer independiente que le había prometido a Raúl ser.
Caminaba por el vestíbulo cuando lo vi. Raúl estaba junto a los ascensores, hablando con un grupo de ejecutivos. Lucía imponente, el dueño absoluto de su entorno. Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, el mundo pareció detenerse. Vi la confusión, el pánico y, finalmente, esa chispa de reconocimiento que ambos intentábamos sofocar.
—¿Emma? —se acercó a mí después de despachar a sus colegas. Su voz era baja, cargada de una tensión que no encajaba con el entorno corporativo—. ¿Qué haces aquí? Pensé que... bueno, hablamos de que te irías.
—Tengo una entrevista —respondí, manteniendo la barbilla en alto—. No puedo detener mi carrera profesional solo porque nos equivocamos una noche en un balcón, Raúl.
Él miró a su alrededor, asegurándose de que nadie estuviera escuchando. Me tomó del brazo y me condujo hacia un rincón apartado del pasillo, cerca de las escaleras de emergencia.
—Es la empresa de tu madre, Emma. Es mi lugar de trabajo. Si consigues este puesto, estaremos juntos ocho horas al día, compartiendo pasillos, reuniones, almuerzos... ¿Tienes idea de lo que eso significa después de lo que nos dijimos anoche?
—Significa que vamos a ser profesionales —mentí, aunque mi corazón latía con fuerza al tenerlo tan cerca, oliendo a café y a éxito—. Tú dijiste que me veía como una niña caprichosa. Bueno, una mujer adulta no huye de una oportunidad laboral solo porque un hombre la pone nerviosa.
Raúl soltó un suspiro pesado, apoyando una mano en la pared, justo por encima de mi hombro. Estábamos en una zona gris: demasiado cerca para ser familia, demasiado distantes para ser amantes.
—No me pones nerviosa, Raúl. Me pones a prueba —continué en un susurro—. Y si crees que no puedo manejarlo, es que todavía no me conoces.
En ese momento, las puertas del ascensor se abrieron y Sofía salió caminando con paso firme, revisando unos documentos en su tableta.
—¡Emma! —exclamó al vernos, con una sonrisa radiante—. Raúl, qué bueno que la encontraste. Me acaban de avisar que ya están listos para su entrevista. ¿No es emocionante que pueda trabajar con nosotros?
Sofía nos miraba con orgullo, sin sospechar que el "profesionalismo" que tanto admiraba era la cuerda floja sobre la que Raúl y yo estábamos a punto de caminar.