El revés
La bocina suena y yo acelero la motocicleta al máximo, Marcos sonríe a mi lado sacándome unos metros de distancia, pero no voy a dejarle ganar esta vez. Y es que así son los viernes en la noche con Marcos, buscando la adrenalina que dispara tu corazón a mil por horas y te hace sentir vivo, la vida es demasiado corta para quedarte sentado esperando que ocurra algo interesante, tienes que salir a buscarlo.
La máquina de metal debajo de mi ruge mientras tomo la curva y ambos nos vamos de lado, casi tocando el pavimento. Es como estar en una carrera de Motogp, una completa locura. Acelero al salir de la curva pero Marcos pierde el control de la motocicleta, no lo vi venir, es demasiado tarde para frenar y salir ileso.
Despierto cuando estamos aterrizando, entre tantas escalas por volar sin reservar ningún boleto, van casi veinte horas. Finalmente regreso a casa, ha pasado mucho tiempo, quizás demasiado tiempo. Mantuve en mi mente estos años el sabor de la paella de mi madre y el asado de mi padre, del pan recién hecho de la madre de Marcos en los fines de semana en su casa. Pero sobre todo, el sabor dulce que siento en mi boca cuando se dispara la adrenalina con la velocidad de mi motocicleta o el rugir de un auto. Mientras derrapo por una montaña o salto en paracaídas, mientras vivo la vida al cien y no malgasto un minuto.
No echo de menos el caos de la ciudad y el estrés que sigue a las personas mientras corren de un lado al otro para cumplir un horario. No extraño la oficina ni ponerme esos trajes que a otros les parece profesional y a mi una camisa de fuerza. Pero prometí que regresaría en menos de dos meses y aquí estoy tomando todo lo aprendido, esforzándome para que cupiera en una mochila. Espero no haber dejado nada por fuera.
Camino, siguiendo a la manada que va en busca de su equipaje. Arrastro mis pies de forma automática uno tras otro para ahorrar la mayor cantidad posible de energía. No he conseguido dormir como se debe y sólo quiero una cerveza y un lugar para dormir. Además, el vuelo se ha retrasado así que he llegado dos horas tarde, son las diez de la noche y lucho por coger un taxi. Pienso en ir directo a casa pero me parece buena idea visitar a Marcos, no pude verlo de pie antes de irme.
Los primeros días que salió del hospital después de dos meses en cama, hablamos casi todos los días, yo quería infundir ánimos para que se esforzara en la rehabilitación y él se sentía profundamente culpable por arrastrarme con él en el accidente, se distrajo unos segundos y el resto fue historia. Me tomó un tiempo convencerlo de que no era su culpa y que aquel accidente fue lo mejor que pudo sucederme porque de no ser así no habría podido ganar la batalla, esa es la forma en la que lo recuerdo y mis sueños no dudan en recordármelo.
Hace más de dos años
—¿Estás preparado para comprarme cerveza durante todo el mes? —Marcos hace rugir su motocicleta a mi lado.
—Después de esta noche vas a terminar regresando a casa en el metro, porque tu moto y yo, volveremos a casa juntos —presumo respondiendo al rugido de su máquina de metal.
—Venga, hombre. No quería dejarte en la calle, pero ya que así estamos. Me llevaré tu moto y las cervezas de todo un mes. Tienes suerte que no te pida que me hagas la lavandería.
La bocina suena y yo acelero la motocicleta al máximo, Marcos sonríe a mi lado sacándome unos metros de distancia, pero no voy a dejarle ganar esta vez. Y es que así son los viernes en la noche con Marcos, buscando la adrenalina que dispara tu corazón a mil por horas y te hace sentir vivo, la vida es demasiado corta para quedarte sentado esperando que ocurra algo interesante, tienes que salir a buscarlo.
La máquina de metal debajo de mi ruge mientras tomo la curva y ambos nos vamos de lado, casi tocando el pavimento. Es como estar en una carrera de Motogp, una completa locura. Acelero al salir de la curva pero Marcos pierde el control de la motocicleta, no lo vi venir, es demasiado tarde para frenar y salir ileso.
Aprieto el freno maniobrando para no impactar contra Marcos que yace inconsciente sobre el pavimento inconsciente. Lo siguiente que ocurre, es que vuelo, mi cuerpo se despega de la motocicleta, me encuentro flotando en cámara lenta, eso es lo último que recuerdo antes de que todo se tornara n***o.
El sonido constante de un monitor cardíaco, el olor a antiséptico y los fluorescentes de esas luces, matadoras luces, hacen que despierte. Me duele la cabeza, me duelen las costillas, me duele cada hueso de mi cuerpo, pero la punzada en la cabeza le gana a todo.
—¡Despertaste! —mi madre acaricia mi rostro con extrema delicadeza como si pudiera hacerme daño.
—¿Dónde estoy? —Intento sentarme pero el dolor en el cuerpo me lo impide.
—No hagas eso —me reprende ella levantándose de la silla para evitar que me enderece—. El doctor dijo que tienes que descansar.
—¿Qué sucedió? Lo último que recuerdo es… —Todo regresa a mi mente en forma de flashes a una velocidad abrumadora— ¡Marcos! ¿Dónde está Marcos? —exijo saber, tuve que maniobrar para no hacerle daño. ¿Estará bien?
—Está en terapia intensiva. Su estado es delicado, pero los médicos creen que saldrá de esta. —Mi madre sujeta mi mano ofreciéndome una sonrisa alentadora. Nunca me ha mentido sin importar lo terrible que sea la noticia, así que sé que puedo creer en sus palabras.
—¿Qué tan malo es? —pregunto llevando una mano a mi cabeza tocando las vendas que la cubren.
—Una costilla fracturada, contusión en la cabeza y fractura de la tibia. —Ella retira la sábana de mi pierna y veo mi pierna derecha inmovilizada cubierta de blanco—. Esperan que baje la hinchazón para ponerte el yeso. El médico regresará más tarde con el resto de los resultados, quieren descartar cualquier otro daño.
—¿Y papá? —me resulta muy extraño no verlo aquí.
—Viene en camino, le avisé tan pronto llegué pero se encontraba camino a una reunión.
—No debiste preocuparlo. Mañana estaré en casa. Ya lo verás y todo esto se convertirá en una divertida anécdota que contar a los amigos —sonrío infundiéndole calma tomando su mano entre la mía.
—Veo que ya despertamos. Soy el doctor Martín García. —Entra a la habitación un hombre con bata blanca, tiene el cabello n***o corto y la parte inferior ya comienza a poblarse de cabellos blancos. Se acerca con una tableta en las manos y esa sonrisa en sus labios me dice que algo no va del todo bien—. Déjame comprobar tus signos vitales. —Pasa una pequeña linterna por mis ojos y me pide que siga su dedo. Revisa el monitor de mis signos y anota en su tableta.
—¿Qué arrojaron los exámenes restantes? —pregunta mi madre—. ¿Cuándo podremos llevarlo a casa?
—Me temo que eso no va a ser posible. —Frunce los labios y coloca la tableta sobre mi cama, a un lado de mi pie bueno.
—¿Qué ocurre doctor? —Él Toma una respiración y ahí está de nuevo esa mirada—. Sin rodeos, no necesito preámbulos.
—Cuando revisamos tu costilla fracturada vimos la presencia de una masa. Te llevamos a hacer una resonancia y confirmamos que se trata de un tumor alojado en tu costilla.
Un tumor. Ha dicho un tumor en mi costilla, eso en definitiva no es algo bueno. Me pregunto ¿cuánto tiempo habrá estado ahí esperando silencioso hasta que fuese demasiado tarde? Pero no tiene sentido perder el tiempo buscando explicaciones, todo problema tiene una solución y este no es la excepción.
—¿Cuándo van a extraerlo? —pregunto finalmente, porque eso es realmente lo importante. Deshacernos del bastardo.
—¡Alexander! —mi madre quien ha permanecido en silencio hasta ahora sale del sopor en el que estaba—. Tenemos que discutirlo antes, considerar las opciones.
—¿Cuándo van a extraerlo? —repito al ver al doctor Martín desviar la atención a mi madre.
—La mejor alternativa es hacerlo en el menor tiempo posible. Una vez lo extirpemos, tomaremos una muestra para hacer una biopsia.
—Entendido. Entonces aparte ese quirófano.
Quirófanos, salas de emergencias, entradas y salidas a la clínica que durante mucho tiempo no cesan. Es lo que sucede cuando descubren que hay un inquilino indeseado en tu cuerpo que se niega a marcharse, así que es necesario sacar la artillería pesada para deshacerse de él.
Condrosarcoma, un tipo de cáncer en los huesos que se alojó en mis costillas. Así que los médicos pusieron en marcha su mejor operativo antiterroristas, porque la medicina al igual que Norteamérica no negocia con terroristas o eso es lo que dicen en las películas, al menos.
Lágrimas corrieron durante los primeros días por las mejillas de mi madre, pero al ver mi actitud positiva, no hubo más lágrimas ni llantos en casa. Este era un problema que tenía solución y no tiene caso preocuparse.
Eso nos lleva a este día, mientras esperamos que nos den la noticia. Fueron unos largos seis meses dando la batalla. Estoy sentado en la cama de la clínica después del chequeo de rutina, espero que regrese el doctor con los exámenes de sangre y el resultado de la resonancia magnética. Cuento los puntos en la cerámica del piso, estoy por llegar al número cien cuando la puerta se abre.
—¡Lo logramos! —el doctor Martín entra con una sonrisa y estrecha mi mano con energía—. Desde este momento te encuentras en remisión.
—¿Remisión? —La palabra mágica que estuve esperando durante estos seis meses. Es la mejor noticia que pueden darte si tuviste cáncer. Significa que por el momento lograron expulsar al inquilino indeseado, sin embargo, eso no significa que no volverá.
—Así es. Ganaste la batalla. No más camas de hospital. Pero, no olvides tus chequeos y continúa cuidándote.
Fue la última vez que vi al doctor Martín. Un mes después de esa visita, estaba en un avión con destino a j***n. Mi madre enloqueció ante mi noticia, pero mi padre ayudó a calmarla entendiendo mis motivos para hacerlo. Siempre pensé que la vida era demasiado corta para desperdiciarla y esos meses jugándome la vida, me lo confirmaron. Es impresionante cómo un accidente puede cambiarte la vida y hacerte capaz de apreciarla, como algo que puede acabar con tu vida, puede salvarte de algo que sin lugar a dudas iba a terminarla.
Hay tanto que tengo que ver y tanto qué aprender. Ese fue mi mantra durante dos años viajando alrededor del mundo, conociendo cómo se vivía en los distintos países y cómo persiguen la felicidad y la paz. Y eso es lo que me lleva a este momento en el que vuelvo a pisar suelo español. Nadie espera mi regreso, decidí manejarlo así porque me encantan las sorpresas y ansiaba arrancarle una sonrisa a mi madre que se que estos dos años la tuve de los nervios aunque nunca dijera nada para coartar mi alegría.
Me encuentro a un par de calles de la casa de Marcos cuando veo a una chica caminar a paso rápido, cada minuto mira a los lados como si alguien la estuviera siguiendo. Gira a la izquierda al llegar a la esquina y entonces los veo, dos hombres que siguen el mismo camino, no apuran el paso pero estoy convencido de que son a quienes ella teme.
—Me bajo aquí —entrego un billete al conductor del taxi—. Conserve el cambio —le digo y me bajo colgando mi mochila en la espalda.
Cruzo la calle con rapidez y giro en la esquina como ellos lo acaban de hacer. No veo rastros de la chica, pero los sujetos siguen avanzando, deben saber dónde se encuentra. Yo estoy unos metros atrás, no me han visto. Los veo detenerse a mitad de la calle en la entrada de un callejón.
—¿Por qué te has metido ahí? —bufo por lo bajo. La pobre debió estar tan nerviosa que no se dio cuenta que era un callejón sin salida hasta que fue demasiado tarde.
Medito mis opciones porque esos sujetos parece que han salido de un bar y yo soy solo uno, no se si van armados o no. El tiempo se agota, así que hago lo primero que se me ocurre, marco el número de Marcos.
—¡Hola, hombre! —saludo a Marcos entre gritos apenas atiende.
—Alexander, hombre. ¿Estás borracho?
—No, no. Justo acabo de aterrizar —respondo de nuevo entre gritos y en ese momento los sujetos se giran en mi dirección. Yo continúo caminando como si no los hubiese visto.
—¿Estás en Barcelona? Pásate mañana por el piso y bebemos unas cervezas para que me cuentes qué tal la vida de trotamundos.
—¿Mañana? Hombre que estoy en tu puerta —Me detengo a unos metros del callejón donde los sujetos se detuvieron. Cruzo la calle y observo el edificio de cuatro plantas frente a mí, como si ahí viviera Marcos y no dos calles atrás, donde en lugar de cruzar a la izquierda tenía que hacerlo a la derecha. Como si fuese un tipo más esperando que su amigo baje a abrirle la puerta.
—¿Estás seguro? Estoy viendo por la ventana y nada que te veo. Estás tomándome el pelo de nuevo, cabrón —Marcos se ríe y me lo imagino en la ventana mirando a todos lados. Le explicaré más tarde de qué fue todo esto.
—Si, si justo afuera. No te preocupes, yo espero. No es que tenga algo que hacer —Me siento en la calzada con la mirada en el edificio. Observo por el rabillo de mi ojo que los sujetos murmuran algo entre ellos, centran su atención unos minutos en el callejón y después abandonan su jugada y siguen caminando.
—¿De qué carajos hablas? ¿Qué te metiste?
—Nada, nada —Disminuyo mi tono de voz—. Necesitaba tu ayuda con algo. Dame unos minutos y estoy en tu puerta.
—Vale, hombre. Que me diste un susto de muerte. Estaré al tanto.
Cuelgo la llamada y cuando ya no hay rastro de los sujetos de hace unos minutos, camino hasta el callejón. Me detengo en la entrada, hay un par de contenedores de basura y no distingo nada más allá de ellos, todo está a oscuras.
—Ya puedes salir —digo a la nada sin obtener respuesta—. Los sujetos se han ido, los he ahuyentado. —Sigue sin haber respuesta—. De querer hacerte daño ya estaría frente a ti.
Escucho unos pasos y una figura emerge detrás de uno de los contenedores. Lleva un mono quirúrgico color azul, de esos que usan los médicos en los hospitales. Su piel brilla con la luz de la luna. Se acerca sujetando su bolso con las manos como si hubiese algo allí que pudiera protegerla. Al tenerla a unos metros, observo esos ojos ámbar que con su tez canela es la mejor combinación que he visto. Lleva el cabello recogido en una coleta que contiene sus rizos castaños.
—Gracias —dice al acercarse solo lo suficiente para poder verme. Asegurándose de mantener la distancia mientras me evalúa con la mirada.
—Supuse que algo iba mal al verte caminar tan deprisa. Parecías nerviosa.
—No debí insistir en regresar caminando a casa.
—Tal vez no fue la mejor idea —Ella asiente mirando hacia los lados, como si comprobara que todo está bien, acercándose hacia la calle donde hay mayor iluminación.
—Debo ir a casa. Muchas gracias.
—¿Quieres que te acompañe? —le ofrezco mi compañía. La idea de que esos hombres la están esperando me preocupa.
—Tranquilo. Es justo ahí. —Señala un edificio de tres pisos antes de finalizar la calle—. No quería que supieran donde vivo.
—Fue lo más inteligente. En ese caso, esperaré a que entres. —Me hago a un lado para que se marche y ella solo asiente alejándose de mí. Mientras lo hace pienso en lo que hubiese sucedido de no retrasarse el vuelo o si en lugar de venir a ver a Marcos, tomara un taxi directo a casa. ¿La vida de esta chica estaría a salvo? ¿Sería este uno de esos momentos que suceden por una razón?
No pensaba regresar hasta dentro de un mes, pero ayer me levanté con la sensación de que era tiempo de pisar de nuevo España. Los amigos con los que viajé el último mes por el norte de África, insistieron en que me quedara un poco más, aún teníamos tantos lugares qué conocer. Respiré profundo inhalando el aire del desierto, con el sol escociéndome la piel y sentí que el viento me hablaba, mi tiempo ahí llegaba a su fin. Tal vez eso era lo que se referían las personas que hablan del destino, que en distintos lugares le llaman un poder superior, pero al sentirlo me convencí que era momento de regresar a casa.
Desde aquel accidente comencé a prestar atención a las pequeñas cosas, en especial a esas que creemos que “nos va mal” cuando tenemos mala suerte, después de eso suele suceder acontecimientos que de no haber tenido mala suerte no tendría lugar, justo como este instante. ¿Volvería a toparme de nuevo con esos ojos? o el destino solo me puso en su vida para que esta pudiera seguir existiendo.
No tenía la menor idea si volvería a ver a esa chica o es algo de una vez, nuestros caminos se cruzaron para volver a separarse, era una posibilidad. Sin embargo, no era casualidad que viviera a un par de calles de mi amigo Marcos, podría esa ser también una señal que estaba en mi poder cómo decidiría interpretarla.
Regresé mis pasos para girar en la esquina correcta camino a la casa de Marcos, pregúntandome ¿cuál sería el nombre de la chica del callejón? ¿Pensaría ella también que el destino me puso en su vida? o ¿Creería que se trataba de uno de esos hechos fortuitos que no es más que la causalidad del universo?
No tenía la menor idea, pero esperaba que muy pronto pudiera averiguarlo.