—¿Estás asustada? —preguntó Sofía a la menor de sus tres hijos y esta ni siquiera pudo negarlo, como quería, porque, para ser franca, no solo estaba asustada, estaba completamente aterrada. —Aunque no tanto como Caleb —respondió Diana. Ambas miraron al joven a punto de desmayarse y fue Sofía quien rio mientras la azabache, tan pálida como el papel, volvía a resoplar luego de tragar saliva. Caleb hizo una mueca algo lastimera, pues él tampoco podía sonreír. Eran las seis de la mañana, y unas cuantas horas atrás Diana había despertado adolorida, jadeando y vomitando por el fuerte dolor que le aquejaba; parecían dolores de parto, pero, según sus cuentas, y la fecha de la cesárea que se había programado antes del termino del embarazo, aún restaba tiempo para que sus hijos llegaran al mund

