—¿Pero se puede saber qué demonios fue eso? —le solté en cuanto tuve oportunidad, cuando nos apartamos un poco de la multitud para servirnos una copa.
Rick levantó una ceja, imperturbable, como si no entendiera el motivo de mi enojo.
—¿A qué te refieres?
—¡No te hagas el inocente! —apreté la copa con fuerza para no empujársela en la cara—. Ese beso, esa presentación absurda de “mi novia”. ¿En qué cabeza cabe inventar algo así sin siquiera consultarme?
Rick dejó escapar una leve risa, como si mi furia le resultara divertida.
—Relájate, Sam. Era necesario.
—¿Necesario? ¿Para quién? Porque para mí, desde luego, no.
Entonces su expresión cambió, se volvió seria. Me miró directamente a los ojos, y su tono fue más bajo, más grave.
—Claire fue mi amante.
Las palabras me golpearon de lleno. Me quedé en silencio, esperando que continuara.
—Eso fue antes de que se casara con Gregory, un hombre poderoso. Es mayor que ella, pero es un buen tipo. Honesto, trabajador, de esos que creen todavía en la palabra dada. Y también es mi socio en algunos negocios. No quiero hacerle daño.
—Y ella… —murmuré.
—Ella no me deja en paz —admitió con una mueca de fastidio—. Coquetea cada vez que tiene oportunidad, y si hubiera sospechado que estoy solo, lo habría intentado otra vez. Necesitaba que entendiera que no hay nada entre nosotros, y tú… bueno, fuiste mi mejor opción.
Tragué saliva. Tenía sentido, lo entendía, pero eso no quitaba que la rabia me recorriera el cuerpo.
—Lo entiendo —dije con la voz controlada—, pero me sigue molestando. Ni siquiera te tomaste la molestia de preguntarme. ¿Qué te hace pensar que tienes derecho a besarme como si yo fuera un objeto de utilería para tus problemas?
Él se inclinó apenas hacia mí, con esa sonrisa arrogante que me sacaba de quicio.
—Te aseguro que fue por necesidad, no por diversión. Aunque… debo admitir que no estuvo tan mal.
Lo fulminé con la mirada. Si no fuera porque Abi podía verse perjudicada, lo habría dejado plantado en ese mismo instante.
La velada siguió su curso. Rick se movía con soltura entre los invitados, y yo me mantenía a su lado, fingiendo una calma que no sentía. Entonces, Claire apareció de nuevo, esta vez del brazo de su esposo.
Gregory era un hombre mucho mayor que ella, rondaba fácilmente los sesenta. Alto, con el cabello completamente canoso y un porte distinguido. No tardó en mostrar una sonrisa amable al verme.
—Y usted debe de ser la famosa novia de Rick. Encantado, soy Gregory Dawson —dijo, estrechándome la mano con cortesía.
—Sam Miller —respondí, devolviendo el gesto.
El hombre se desvivió en halagos hacia mí: que si mi belleza natural, que si mi elegancia discreta, que si Rick había tenido suerte. Sus palabras eran tan cordiales que por un momento me hicieron sonrojar.
Pero no pasé por alto cómo Claire, a su lado, me miraba con un veneno contenido en sus ojos, mientras al mismo tiempo no dejaba de devorar a Rick con la mirada.
Era evidente que aquella mujer no estaba dispuesta a aceptar un “no”.
La tensión se volvió más evidente cuando Gregory, con entusiasmo, lanzó una propuesta:
—Rick, querida Sam… justo estábamos pensando en invitar a un grupo de amigos a nuestra casa de campo el próximo fin de semana. Sería maravilloso que ustedes también vinieran. ¿Qué dicen?
Yo abrí la boca para rechazar cortésmente, pero Rick me tomó de la cintura y contestó con naturalidad:
—Por supuesto. Nos encantará.
—¡Perfecto! —dijo Gregory, encantado.
—Será divertido —añadió Claire, con una sonrisa que más bien parecía un desafío.
Yo, en cambio, me quedé helada. Shock total. ¿Fin de semana entero en la casa de campo de esa mujer? ¡Era la peor idea del mundo!
Pero no podía decir nada. Tenía que seguir el juego, aunque en mi interior quería matarlo por haberme comprometido sin siquiera mirarme a la cara.
Rick apretó suavemente mi cintura, como si quisiera tranquilizarme. Pero en mi mente lo único que repetía era: me las vas a pagar, Tanner.
El silencio dentro del coche era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Rick conducía con calma, como si nada hubiera pasado, mientras yo apretaba los puños sobre mi regazo intentando contener la furia.
—Ni lo sueñes —dije de pronto, sin mirarlo.
—¿Ni lo sueñe qué? —preguntó con tono burlón, aunque sabía perfectamente a qué me refería.
—No voy a esa casa de campo, Rick. No pienso pasar un fin de semana entero fingiendo ser tu novia solo para tapar tus problemas.
Sonrió de medio lado, esa sonrisa que siempre me daba ganas de golpear.
—Ya acepté. Y no hay vuelta atrás.
—¡Claro que hay vuelta atrás! Yo no tengo nada que ver contigo, y mucho menos con tus amantes frustradas.
Él soltó una breve carcajada y sacudió la cabeza.
—Sam… siempre tan dramática. Te recuerdo que no estás en posición de negarte.
Lo miré incrédula.
—¿Y eso qué significa?
—Que si me complicas la vida, Abi paga las consecuencias. —Su tono fue frío, calculado—. Ella me ocultó que estabas viviendo en su departamento, ¿lo olvidas? Con una sola llamada puedo despedirla.
Se me heló la sangre.
—No te atreverías…
—Créeme, puedo hacerlo. Y no me temblaría la mano.
Me quedé muda, sintiendo cómo el coraje me quemaba por dentro. Lo odiaba. Lo odiaba por tener siempre la última palabra, por usar a Abi como escudo, por arrinconarme de esa manera.
—Eres un miserable —susurré con rabia contenida.
—Llámalo como quieras —respondió con calma—. Pero este fin de semana vienes conmigo.
Volví el rostro hacia la ventana, negándome a seguir discutiendo. No tenía salida.
Cuando por fin llegamos a la casa, antes de que siquiera pudiera detener el coche por completo, abrí la puerta y bajé apresurada. No iba a esperar ninguna de sus atenciones. Caminé directo hacia la entrada, decidida a encerrarme en la habitación antes de que intentara abrir la boca.
Pero él me siguió.
Justo cuando estiré la mano para abrir la puerta, sentí cómo me tomaba por la cintura y me arrastraba hacia él.
—Suéltame —protesté, forcejeando.
Su mirada se clavó en la mía, intensa, arrogante.
—No te hagas la difícil, Sam… bien que disfrutaste el beso.
Abrí los labios para negarlo, pero no me dio tiempo.
—Y si me dejas, podemos pasarla muy bien juntos en esa casa de campo —susurró con descaro, antes de besarme con una pasión arrolladora.
Fue un beso firme, exigente, lleno de esa seguridad irritante que lo caracterizaba. Sentí cómo me rodeaba por completo, acorralándome contra la puerta, sin darme respiro.
Mi corazón latía con violencia, entre furia y desconcierto, y lo único que pude pensar fue que, a pesar de odiarlo, Rick Tanner sabía perfectamente cómo desarmarme.