Abi regresó el domingo por la noche al departamento. Se notaba cansada, pero feliz de haber pasado unos días con su prometido, Yo, en cambio, llevaba toda la tarde dando vueltas por la sala, esperando ese momento.
—¿Qué cara es esa? —preguntó apenas me vio, dejando su bolso sobre el sofá.
—Tenemos que hablar —dije con un suspiro, y me senté frente a ella.
Le conté todo: la fiesta, la forma en que Rick me presentó como su novia, y la invitación para el fin de semana en la casa de campo del señor Dawson. Claro, omití la parte del chantaje, no quería que Abi se sintiera culpable ni mucho menos que terminara enfrentándose a Rick por mí.
Abi se quedó callada unos segundos, como si procesara lo que acababa de oír. Entonces suspiró, resignada.
—Sabía que algo así iba a pasar… —murmuró.
—¿A qué te refieres? —fruncí el ceño.
—A Claire. Esa mujer es… obsesiva, Sam. Tóxica como pocas. Usó todo lo que tenía para atrapar a Rick, pero como él siempre ha odiado la idea del matrimonio, terminó buscándose un hombre mayor que le resolviera la vida. Gregory Dawson tiene poder y dinero, pero Claire nunca superó a Rick.
La miré con atención.
—¿Después de casarse… siguió viéndose con él?
Abi negó con la cabeza.
—No. Él se cansó de rechazarla, pero ella nunca soportó el no. Siempre aparece en donde no la llaman, lo persigue, lo acosa. Incluso lo ha amenazado con convencer a Gregory para que rompa la sociedad que tienen en los negocios.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Todo cobraba sentido: la desesperación de Rick, su juego conmigo en la fiesta, la urgencia de no dejar que Claire avanzara más. Claire no solo era caprichosa, era peligrosa.
Aun así, no podía olvidar lo que había sentido en ese beso robado. Esa atracción que me quemaba por dentro, aunque no quería admitirlo. Y menos delante de Abi.
—Entonces entiendes por qué me preocupa —concluyó mi hermana.
Yo asentí en silencio.
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El lunes por la mañana, Abi entró decidida a la oficina de Rick. Él estaba revisando unos documentos cuando ella se plantó frente a su escritorio con el ceño fruncido.
—Rick, tenemos que hablar.
Él levantó la vista con calma.
—Buenos días para ti también, Abi.
—No te hagas el simpático. ¿Cómo se te ocurre llevar a Sam a todo esto? Sabes perfectamente cómo es Claire. No quiero que mi hermana termine lastimada por tus caprichos.
Rick se recargó en la silla y entrelazó las manos sobre el escritorio, impasible.
—Tu hermana tiene carácter, sabrá defenderse.
Abi negó con firmeza.
—No me subestimes, Rick. Ella parece fuerte, pero en el fondo es muy sensible. No quiero que juegues con eso.
Rick la observó con esa media sonrisa arrogante que parecía no borrársele nunca.
—Tranquila, no voy a permitir que nadie le falte al respeto. Y ya que tanto te preocupas… —abrió un cajón y sacó una tarjeta de crédito negra, colocándola frente a ella—. Que se compre todo lo que necesite para el fin de semana. La gente que asistirá a la casa de campo pertenece a la alta sociedad, y créeme, no van a tener piedad con alguien que no esté a la altura.
Abi arqueó las cejas.
—¿Una tarjeta ilimitada?
—Gástala en lo que quieras —dijo él sin inmutarse—. Joyas, vestidos, lo que sea. Sam tiene que lucir impecable.
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Cuando Abi me llamó para contarme la “gran noticia”, casi me atraganto con el café.
—¿Que Rick quiere qué?
—Que compres ropa, accesorios, todo. Y yo voy contigo, no te preocupes.
—¿Pero se puede ser más controlador? —bufé, caminando por la sala de un lado a otro—. Hasta lo que me pongo tiene que decidir ese hombre.
—Sam, entiéndelo. No es solo apariencia, es sobrevivir en ese ambiente. Créeme, si no luces como ellos esperan, te van a devorar viva.
La odiaba, odiaba que tuviera razón.
Al final, accedí a regañadientes. Esa misma tarde nos encontramos en el centro comercial más exclusivo de la ciudad. Entre boutiques de diseñador, vitrinas deslumbrantes y vendedores sonrientes, me sentí como un pez fuera del agua.
Abi, en cambio, parecía pez en el mar.
—Este vestido es perfecto para una de las cenas —me mostró uno de seda color esmeralda que brillaba bajo las luces—. Y este traje de baño… Sam, tienes que llevarlo.
En cuestión de horas teníamos bolsas repletas: vestidos de alta costura, zapatos de tacón, bolsos de diseñador, joyas delicadas y hasta un par de trajes de baño que jamás habría tenido el valor de usar por mi cuenta.
Me miré al espejo del probador, con un vestido ceñido que resaltaba mis curvas, y apenas me reconocí. Esa no era yo. O al menos, no la que solía ser.
Pero para sobrevivir al mundo de Rick Tanner y Claire Dawson, tal vez tendría que convertirme en alguien distinta.
La semana transcurrió entre mi búsqueda exhaustiva de empleo y las lecciones interminables de Abi, que insistía en hacer que yo memorizara.
—No entiendo por qué hacemos esto —refunfuñé.
—Porque si no lo hacemos, Sam, esa gente te va a comer viva —me respondió con firmeza—. Te lo digo yo, que los conozco desde que trabajo con Rick. La mayoría son arrogantes y no les importa aplastar a los demás.
—Vaya, qué panorama más alentador —dije con ironía.
—Ahora entiendes por qué tengo que ayudarte para que encajes perfectamente. Tú eres muy inteligente, Sam, te aseguro que los vas a dejar con la boca abierta.
—Pues trataré, hermanita… —respondí, aunque por dentro no estaba nada segura de poder cumplirlo.
El sábado por la mañana me vestí con un atuendo elegante pero discreto: pantalones claros, una blusa de seda y una chaqueta. Cuando bajé las escaleras, los ojos de Abi se abrieron como platos.
—¡Cielo santo, hermanita! —exclamó—. Sabía que tenías esa belleza escondida. Siempre te dije que debías vestir más femenina, y no estaba equivocada. Te ves preciosa, los vas a dejar impresionados a todos.
—No exageres, Abi. Siento que estoy intentando encajar en un lugar que no me pertenece y no me siento nada cómoda con eso.
—Todavía puedes arrepentirte. Si no quieres ir, le decimos a Rick que te sientes mal o cualquier cosa.
—Hice un compromiso, y aunque ese tipo no me simpatiza para nada, soy una mujer de palabra y pienso cumplirlo.
—Te deseo mucha suerte, cariño —me dijo con la calidez que la caracterizaba.
Minutos después, Rick apareció en la puerta. Estaba guapísimo vestido de manera informal. Ese hombre era fascinante con lo que se pusiera, aunque nunca lo admitiría. Bastante elevado tenía ya el ego como para darle más razones.
—Wow… pero si estás impresionante. Veo que las lecciones de Abi dieron muy buenos resultados —dijo con esa sonrisa de suficiencia.
—No empieces, Tanner. Todavía puedo arrepentirme.
—No lo harías si fueras tú —me susurró demasiado cerca del oído al saludarme.
Nos despedimos de Abi y, al subir al coche, el silencio se instaló entre nosotros. Él intentó varias veces iniciar conversación, pero yo no se lo permití. Miré por la ventana, mucho más interesada en el paisaje. El camino era majestuoso, pero no tanto como la casa de campo a la que llegamos.
La residencia era impresionante: una construcción de piedra clara, con ventanales enormes y columnas blancas que enmarcaban la entrada. Los jardines estaban perfectamente cuidados y una fuente central adornaba el lugar. Todo olía a dinero, a poder y a ostentación.
Rick me abrió la puerta y, como si de verdad fuéramos pareja, me tomó de la mano. Avanzamos hasta la entrada donde Claire y su esposo nos recibieron con sonrisas. Gregory fue cordial:
—Nos da mucho gusto tenerlos en nuestra casa.
—Basta, cariño, los chicos deben estar cansados. Será mejor que les muestre su habitación —intervino Claire.
Cuando dijo su habitación, supe que las cosas estaban a punto de ponerse feas.
—Esta es su habitación, chicos. Me imagino que estarán encantados de compartir. Será como una luna de miel anticipada —añadió con ese veneno tan característico en su voz.
Me quedé helada. Apenas Claire salió, cerré la puerta de golpe y me giré hacia Rick.
—¿Qué rayos significa esto? —espeté furiosa—. No pienso dormir contigo.
—Pues tendrás que aguantarte —respondió con descaro—. Solo hay una cama y es para los dos. Ni modo que pidamos otra, si se supone que somos novios, ¿verdad?
—Deja de hacerte el chistoso. Escucha bien: tendrás que dormir en el piso o en el sofá, o donde quieras, porque yo no pienso compartir la cama contigo. Y si no lo aceptas, entonces lo suelto todo, y no me importa lo que pase. ¿Me entendiste?