Transcurrieron los días sin recibir ningún mensaje suyo. No negaré que me sentí bastante ansiosa, sin embargo, bajo ninguna circunstancia sería yo quien le enviara el primer mensaje.
Estaba siendo caprichosa, pero no quería convertirme en un fastidio o que sacara conclusiones erróneas.
Mi objetivo no era que me viera como la chica inalcanzable, sino que simplemente, quería que siguiera siendo él el de la iniciativa.
Cierta mañana, me entretengo leyendo un cómic que había comprado en una tienda, cuando de pronto, el timbre de la casa resuena.
Como me encuentro tendida en el sofá de la sala, me levanto y me acerco a la puerta para abrirla.
Una vez que lo hago, un resplandor atraviesa el umbral, uno más fuerte que el sol, el cual era imposible de mirar.
Era Jordan, con su característica sonrisa.
Esto es peligroso. No estoy segura de si su apariencia es una bendición, o una maldición. Si lo miro directamente a los ojos, ¿floreceré o me convertiré en piedra?
—Hola, Dalila —saluda, extendiendo la mano que sostiene una bolsa—. Me parece que esto es tuyo.
—¿Qué?
Tomo la bolsa y observo su interior.
Es mi vestido. Y mis llaves.
—G-Gracias...
—A cambio de ellos, tienes que devolverme la ropa de vaquera para llevárselo a Noah —expone.
—S-Sí, la he lavado y planchado, está impecable...
En cuanto intento voltear, me detiene agarrando mi muñeca.
—Dámela después —suelta—. Ahora, sal conmigo.
Mi corazón se acelera con tan solo su toque.
—¿S-Salir contigo?
—A dar una vuelta —esclarece.
Había estado esperando a que me escribiera un texto, a tener alguna noticia de él. Mi premio, es que se halla justo delante de mí, indicando que no me ha olvidado.
Quiero negarme para no hacérselo tan sencillo, pero mi alma y el fuerte deseo de volver a pasar un tiempo de calidad a su lado, no me lo permite.
—D-De acuerdo.
Las comisuras de sus labios se extienden, denotando satisfacción. Otra vez, se ha salido con la suya.
—Ponte algo cómodo. Te sugiero que sea... No lo sé, unos shorts.
—¿A dónde piensas llevarme? —entorno los ojos.
—Si te lo digo, se arruinará la sorpresa.
Suelto una risita y me dirijo a mi habitación, para cambiarme de ropa y guardar el vestido. Luego, regreso al pórtico, en donde me espera Jordan. Nos acercamos al coche y subimos.
Nuevamente, conduce durante largos minutos, alejándose de la zona central. De pronto, estaciona el vehículo en un aparcamiento y me invita a bajar.
Al salir de la cabina, el viento que trae consigo el olor del mar golpea mis narices.
Avanzamos un poco más y nos detenemos para observar el paisaje... De la playa.
—Es muy bello... —expreso, embelesada por la imagen que tenía frente a mí.
—No vinimos solo para observarla —aclara.
—¿Cuál es el plan?
Lleva la vista hacia una tienda que tiene diversos elementos que pueden ser empleados en la playa: Chaleco salvavidas, pelota infable, trajes de baño, entre otras cosas. Sin embargo, él se mantiene observando unas canoas individuales, que se hallan exhibidas y apiladas frente al local, así como también unas tablas de remo.
Entonces, al deducir lo que planea que hagamos, cierto temor se asienta en mi pecho.
No creo que sea eso. Definitivamente, no se atreverá a plantearlo...
—¿Ya has tenido la oportunidad de subir a un kayak? —pregunta.
Agh, en momentos como este, no quisiera tener la razón.
—No, nunca lo hice, y no lo haré —asevero, negándome rotundamente antes de escuchar cualquier propuesta.
—¿Porqué no? Eres muy valiente. Subiste a un caballo y a un toro...
—Ese toro era de hule y el caballo era manso. ¡Estas olas no son mansas! —señalo al agua que golpea la orilla, llevándose todo lo que encuentra a su paso.
—Luces asustada, ¿no sabes nadar?
—Claro que lo sé, pero esto no es una piscina ni una laguna... Es el mar...
—Es lo que lo hace magnífico. ¿No quieres intentarlo?
De nuevo, está demostrando la misma emoción que tenía cuando fuimos a la fiesta del vaquero. De esa forma, me resulta difícil negarme.
—Tú... ¿De verdad quieres que me suba a un kayak y me adentre en el mar? —refunfuño, en lo que mi respiración se torna pesada.
—Si lo haces... Responderé a todas tus preguntas —apuesta.
—¿Realmente crees que arriesgaré mi vida por unas preguntas? —arqueo una ceja—. Se lo preguntaré todo a Marina, será más simple —me cruzo de brazos.
—¿Estás segura? ¿Se lo vas a preguntar? —desafía.
En ese momento, puedo imaginar la reacción de Marina si trato de indagar demasiado en los asuntos de Jordan: "¿Para qué quieres saberlo?”.
En efecto, no es una buena idea. Como tampoco lo es subir a un kayak.
—Tch. Tú ganas...
La sonrisa se extiende a los lados de su rostro y me toma de la muñeca para llevarme a la tienda, donde alquilamos un kayak. Es uno de doble pieza, lo cual me hace sentir más tranquila, ya que Jordan subirá conmigo.
Nos colocamos los chalecos, en lo que agarra el kayak mientras que sostengo los remos. Bajamos unos escalones que nos lleva a la arena blanca de la playa y avanzamos hacia la orilla.
—Súbete aquí —indica, apuntando con la mano al asiento del frente—. Empujaré el kayak y luego subiré detrás de ti.
Reúno todo el valor que puedo y subo al asiento que señaló. Entonces, impulsa el kayak hacia adelante y sube en el asiento trasero. Me balanceo de un lado al otro, como si fuera a volcarse en cualquier segundo; sin embargo, una vez que Jordan se acomoda, el kayak recupera la estabilidad. Toma el remo y lo introduce en el agua en un costado, después al otro, y empezamos.
A medida que avanzamos, una ola se dirige a nosotros, en lo que Jordan rema con fuerza y pasamos por encima de ella.
—Es tu turno, Dalila —suelta.
Levanto el remo de mis piernas y lo sumerjo en el agua para empujarla, propulsando el kayak. Aunque nos toma tiempo, Jordan y yo logramos sincronizar.
Poco a poco, pierdo el ritmo debido al cansancio. Por esa razón, no consigo sumergir el remo, sino que simplemente rozo la superficie, ralentizando nuestro movimiento.
—No te rindas, Dalila. No falta mucho —alienta—. No curves demasiado la espalda y controla la respiración. Mantén el equilibrio.
¿Porqué siento como si fuese un castigo? Me duelen los brazos y los hombros me arden.
Aunque entrené bastante en el ateneo, ya pasó tiempo desde la última vez que las jugadoras nos reunimos. Mi cuerpo está muy descansado y hasta oxidado.
—¿Aún falta? —grito para que mi voz lo alcance.
—Introduce el lado derecho de tu remo al agua y haznos girar —indica.
Una vez que nos colocamos en posición horizontal a la playa, me pide que me detenga. El mar está calmado en este punto, mientras que cerca de la orilla, de la cual nos hemos alejado lo suficiente, las olas rompen antes de llegar al borde.
—El miedo —dice repentinamente— es uno de los mayores enemigos del ser humano. Si no eres fuerte para superarlo, se apodera de tu mente, haciéndote creer que no podrás hacerlo, que no lo conseguirás. Sin embargo, cuando lo enfrentas, notas que tu miedo fue el que distorsionó el panorama, viéndolo difícil y peligroso. Comprendes que, al final, no era para tanto. Y entonces, comienzas a disfrutar —expresa—. Olvídate de la playa por unos segundos, de las olas y de la posibilidad de caer del kayak, pues es tu miedo quien se aprovecha de ello y no te permite apreciar el paisaje que tienes justo delante de ti.
Incrusto la mirada hacia el horizonte y me embeleso con el paisaje.
Definitivamente, es fascinante.
El internado, era un mundo pequeño. Cuadrado. Rodeado por cercas que delimitaban el perímetro. Sabía que en el exterior existía mucho más que un templo, que unos salones y unos dormitorios. Mi padre se esforzó por mostrarme lo que conocía y yo pensaba que era deslumbrante. También, otras personas que conocí aquí y que me llevaron a todas partes, invadidos por el entusiasmo, ansiando enseñarme la ciudad que tanto aman.
Pero esto... En este momento, el agua se mueve tan delicadamente que siento que floto. Mis ojos perciben un azul impoluto, con una fina línea a lo lejos, separando al mar del cielo.
Libertad. Nada se compara con eso.
Una vez que la conoces, no quieres soltarla, no quieres olvidarla.
No deseo volver nunca a aquel mundo cuadrado al que pertenecía.
La calma se asienta en nosotros y permanecemos en silencio, escuchando solo el sonido del agua.
Un buen rato después, Jordan se mueve en el kayak y levanta el remo.
—Es momento de regresar —indica.
Aunque me encanta la atmósfera tan ligera, estoy de acuerdo en que debemos volver, pues están empezando a tensarse mis piernas.
—Me parece bien.
Damos vuelta y retornamos a la orilla, realizando los mismos trucos que al inicio.
Jordan baja del kayak y me ayuda a salir de él, luego lo sostiene de la punta para estirarlo hacia atrás.
Se asegura de que el agua no se lo lleve, para después tenderse sobre la arena con los brazos y piernas extendidos.
—¿Qué te pareció la experiencia? No estuvo tan mal, ¿cierto? —comenta, cerrando los párpados.
Me siento a su lado y cruzo los tobillos, sin articular palabra.
Mi silencio le resulta extraño, así que se incorpora y me mira con atención.
—¿No te agradó? —cuestiona, a lo que no puedo evitar sonreír.
—No puedo creer todo lo que he visto hasta ahora —digo en tono suave—. No sé cómo describirlo. Es... Sencillamente... Mágico.
Una sonrisa se plasma en sus labios y no aparta los ojos de mí.
—Espero que estés preparada para conocer aún más... —advierte.
Nos quedamos callados durante unos minutos, en lo que le recuerdo nuestra apuesta.
—Por cierto... Me he subido a un kayak y he remado contigo. Ya cumplí lo que acordamos, ahora es tu turno —declaro.
—¿No quieres ir a buscar algún sitio donde podamos comprar algo de comida? —pregunta de repente.
—¿Estás tratando de evadirme? —alzo una ceja.
—No, no... Es solo que tengo mucha hambre —coloca la mano en su estómago y hace una mueca de dolor.
—Tch. Está bien —accedo, girando los ojos.
Devolvemos los chalecos y el kayak a la tienda que nos los proporcionaron y subimos al auto.
Vamos a un local de comida rápida y pedimos un par de hamburguesas con papas fritas. Nos sentamos en una de las mesas, uno frente al otro.
—No creas que olvidaré lo que me prometiste —advierto.
Le da un bocado a su hamburguesa y mastica con deleite.
—Esto está muy bueno —comenta, ignorando mis palabras.
—Ray... —refunfuño, a lo que desata una risita.
—Contestaré cinco preguntas —propone.
—¿Qué? Eso no era parte del trato.
—¿No leíste las letras pequeñas? —se mofa.
—¿Estás hablando en serio? Me hiciste subir a un kayak, ¿y piensas que solo merezco respuesta a cinco preguntas?
—Elígelas sabiamente —establece.
Tch. Es un zorro traidor.
—De acuerdo —acepto a regañadientes—. La primera pregunta, tú ya la sabes.
—Me lo imaginé —asume.
Extrae su identificación de su billetera y lo ubica en la mesa, frente a mí. La tomo y la observo detenidamente.
Nombre: Jordan William Palermo.
Fecha de nacimiento: 30/03/19XX
Edad: 19 años.
Estado civil: Soltero.
Agrando los párpados y aproximo la identificación a mis ojos, enfocándome en su nombre y edad.
—¿Diecinueve años? —frunzo el ceño.
Jordan sonríe de nuevo, lo que me hace sentir que algo está mal con esta tarjeta.
—Tengo diecisiete.
Alzo ambas cejas debido a la impresión y lo miro paralizada. Luego, termino pensando que es un disparate. No puedo contener la risa, por lo tanto, desato una carcajada.
—Sí, como no... —digo, incrédula.
—¿Qué es tan gracioso? —cuestiona con seriedad.
—Tú no te ves como un chico de... Diecisiete —asumo—. Si solo eres un año mayor que yo, ¿porqué actúas tan "maduro"? —formo unas comillas con los dedos.
Además, tiene el cuerpo bastante... Desarrollado para su edad.
—Es una fachada —me arrebata la tarjeta y lo guarda en su billetera.
Mi sonrisa se esfuma al notar que Jordan se mantiene firme con su respuesta, lo que me lleva a pensar que, quizás, no está bromeando.
—Si lo que dices es verdad, entonces eso...
—Es una identificación falsa —se adelanta a completar la frase.
—¿Cómo la conseguiste? —cuestiono, intrigada.
—¿Es tu siguiente pregunta?
—No te pases de listo... —regaño.
Pasea la mano sobre su cabeza y recuesta la espalda en el respaldo de su asiento.
—No es difícil una vez que te haces amigo de los funcionarios corruptos —asevera.
—Sabes que tendrás problemas si te descubren, ¿cierto?
—Lo sé, pero decidí tomar el riesgo —manifiesta—. De todos modos, no hay muchos policías por aquí.
Aún no alcanza la mayoría de edad y tiene una identificación falsa. Aunque, al cumplir los dieciocho este año, no tendrá que seguir usándola.
—¿Realmente vives solo?
—Sí, en un pequeño departamento que me compraron mis padres.
—¿Ellos... Dónde están?
—No viven aquí, en esta ciudad, ni en este país.
—¿A dónde fueron?
—Migraron a Dinamarca para hacer negocios.
—¿Te dejaron aquí, completamente solo?
—No estoy solo como tal. Tengo familiares en los alrededores. Abuelos, tíos, primos... Ya sabes.
—¿Porqué no te mudas con alguno de ellos? ¿Y porqué tus padres no te llevaron a Dinamarca?
—Alto ahí, señorita —levanta la mano, mostrando la palma—. Lo siento, tu cupo de preguntas terminó.
—¡No puedes estar hablando en serio!
En mi mente, se generaron aún más preguntas de las que tenía.
—Ya te lo dije. Si quieres saber más acerca de mí, tienes que pasar más tiempo conmigo.
—Tch, solo acabarás hartándote —me cruzo de brazos.
—Para nada. Me gustan las expresiones que haces cuando te enseño algo nuevo, lo cual me lleva a querer mostrártelo todo.
Zorro astuto. No conseguirás emblandecer a mi corazón.
Aparto la mirada y frunzo el ceño, a lo que se inclina levemente y apoya los codos en la mesa.
—¿Estás enfadada? —suelta.
—Estoy molesta porque eres un tramposo —reclamo.
—Oh, vamos. Cambia esa cara. Ten, toma una papa frita.
Entiendo que sea reservado con sus asuntos pero, ¿no fue él quien dijo que debía conocerlo mejor? Y ahora, simplemente coloca un montón de trabas.
¿Marina sabrá todo sobre él?
Ahora que lo pienso...
No importa lo que pase, él nunca menciona a Marina. Si hablamos de ella, es porque soy yo quien la nombra.
¿Sabrá Marina que Jordan tiene interés en mí?
—Oye —suelto de repente—. ¿Marina sabe que estás aquí conmigo?
Toma una papa frita y lo lleva a su boca. Luego, se sacude las manos.
—No. Y no tiene porqué saberlo —asevera.
Su respuesta me sorprende. ¿No están casi todo el tiempo juntos? ¿No confían uno en el otro?
—¿Le ocultas cosas? —cuestiono.
Borra cualquier rastro de sonrisa en su rostro, tornándose incluso más serio que antes.
—Dalila, te lo explicaré con palabras... Más simples —establece—. Marina no es mi novia. Es mi amiga.
—¿Tu amiga? —levanto ambas cejas debido a la impresión—. Pero, ustedes...
—Somos amigos —repite—. Amigos que tienen derecho a hacer otras cosas.
¿Con "otras cosas" se refiere a la intimidad?
¿Porqué lo dice como si no fuera nada?
—Entonces, ¿no le debes fidelidad? ¿Puedes estar con otra chica... Y ella no podrá reprochártelo? —pregunto con desagrado.
—No tengo que dar explicaciones de con quién estoy o a dónde voy —manifiesta.
Cuando Marina mencionó que llevaba una "relación abierta" con Jordan, sabía a lo que se refería. Sin embargo... No estaba enterada de qué se trataba explícitamente. Por esa razón, me costaba entenderlo.
—¿Y... Crees que... Ella está cómoda con eso?
—Fue el acuerdo al que llegamos.
No parece gustarle hablar sobre el tema, pero era una duda que estaba rondando en mi mente desde hace meses.
—¿Tú... No la quieres?
Pasea los dedos entre sus rubios mechones de pelo y suelta un suspiro.
—Sí, lo hago. Pero como una amiga nada más —aclara—. Tenemos prohibido que se genere algún sentimiento romántico entre los dos. Si eso sucede, todo se terminará.
Hay tanta frialdad en sus palabras que me congela.
¿En verdad tener ese tipo de relación, les resulta satisfactoria?
Aunque... No debería juzgar a quienes viven su vida de esa manera.
Agh, tengo tantas preguntas acerca de tantas cosas, no creo que pueda dormir esta noche con toda la incertidumbre que Jordan clavó en mí.