Fragmentos de vida.

3997 Palabras
Los encuentros con Jordan se hicieron más frecuentes. En cada momento compartido, relataba un fragmento de su vida. Era su "estrategia" para que nuestras salidas no cesaran. Por supuesto, cuanto más tiempo pasábamos juntos, más se intensificaba el apego. Me gustaba escuchar su historia. Conocer su pasado me ayudaba a entender que el que se hallaba frente a mí no era Ray, sino una persona completamente distinta. Poco a poco, me quedaba claro que en lo único que se asemejaban, era en la apariencia física. No quería seguir relacionándolos. Además, estaba pensando en dejar de llamarlo "Ray". Sin embargo, él lucía realmente contento cuando pronunciaba ese nombre, lo cual me llenaba de cierto temor. Decirle a Jordan: "¡Hola, Ray!", me remontaba al pasado. Era como si estuviese invocando al verdadero, para que se asentara en el corazón de Jordan y poseyera su cuerpo. Sacudía la cabeza cada vez que aquella absurda idea aterrizaba en mi mente. No debería pensar en traer de regreso a los muertos. En diversas ocasiones, llegué a preguntarme. «¿Qué pasaría si Jordan descubriera el origen de ese nombre? ¿Se molestará o hará como si no le importara?» Es difícil deducirlo. Miércoles, 12 de Enero. Jordan me había enviado un mensaje en la noche anterior, invitándome de nuevo a algún paseo, a lo que accedí. Por esa razón, nos encontramos sentados en el banco de un parque, saboreando un par de helados que adquirimos una cuadra antes de llegar aquí. —Mis padres no me llevaron a Dinamarca porque no quise ir —suelta—. Cuando estaba en la secundaria, mi sueño era ingresar en la Gran Academia Pianoforte. Mis padres no estuvieron de acuerdo al principio, pues tienen el concepto erróneo de que un músico de orquesta no gana suficiente dinero para sobrevivir, lo cual es mentira. Si tienes talento y lo perfeccionas, hay un mundo de posibilidades allá afuera —explica, con los ojos resplandecientes. —¿Tanto amas el piano? —pregunto, escuchando atentamente cada palabra. —Como no te puedes imaginar —expresa. —Pensé que lo tuyo era el campo, ya sabes... —asumo, refiriéndome a su gusto por el rancho y las costumbres de vaqueros. —Es solo una afición. Mi padre tenía una granja hace años, pero lo vendió para poder migrar —esclarece—. Sin embargo, antes de hacerlo, íbamos muy a menudo para examinar las ventas de los animales. Fue allí donde aprendí a andar sobre un caballo, mi padre me enseñó. —¿Cómo los convenciste de que te dejaran estudiar en la Academia? —Les rogué —confiesa, a lo que suelto una risita—. No fue sencillo, pero valió la pena. Les prometí que, pasara lo que pasara, me convertiría en un pianista reconocido mundialmente. Les demostraré que un músico puede ganar mucho dinero, no se arrepentirán —manifiesta con convicción. —Entonces, ¿te compraron un departamento y se marcharon? —Así es. También me envían dinero mensualmente, por esa razón no me he muerto de hambre —ríe. —Pues, si no quieres decepcionarlos, deberías deshacerte de esa identificación falsa —regaño. —Ya no la necesitaré de todos modos. A partir del treinta de marzo de este año, seré un adulto. Sábado, 15 de enero. Acordamos ir a un parque de diversiones por la noche. Me preguntó si ya había ido alguna vez, a lo que comenté que fui a uno fuera del distrito. Omití que fue Diego quien me llevó. Compramos turnos en diversos juegos y probamos varias comidas. Por último, subimos a la rueda de la fortuna y observamos el panorama desde arriba. Era tan alto que se podía apreciar las luces de las viviendas ubicadas en los alrededores. Al bajar, empezamos a caminar con la intención de ir al estacionamiento en donde se encuentra el coche, en lo que suelta uno de sus fragmentos. —Ese coche era de mi padre. Gracias a él, aprendí a conducir —expone—. A decir verdad, me enseñó muchas cosas. Siempre advertía que debía tener los ojos bien abiertos e insistía en que no debía permitir que nadie me pisoteara. Mi padre tenía madera de líder y deseaba que fuera como él, que no dejara llevarme por mi ingenuidad. —Por lo que me cuentas, se nota que te quiere y se preocupa por ti, busca protegerte —comento. —Por alguna razón, también me advirtió acerca de las mujeres —coloca la mano en los bolsillos y baja la mirada, sonriendo como si le resultara gracioso—. Alertaba que si quería divertirme, que lo hiciera con alguien que quisiera divertirse también, no con alguna que... Estuviera enamorada de mí —establece. Bueno, es lo más lógico. ¿Porqué jugar con el corazón de una mujer que te ama genuinamente? —Me agrada tu padre —digo entre risitas. Llegamos al coche y subimos en él, en lo que Jordan enciende el motor para marcharnos del sitio. —¿Pero, sabes? —continúa, mientras conduce—. He tenido muchos problemas con las chicas, pues aunque dejábamos las reglas claras al principio, siempre terminaban pidiendo algo más. Algo que no podía darles. —¿Qué es lo que pedían? —pregunto intrigada. —Una relación formal. Un noviazgo —explica—. O, por decirlo de otro modo, querían que les entregara mi corazón. Me quedo observándolo en silencio durante algunos segundos. —¿Nunca... Te has enamorado? —cuestiono. Su expresión se torna pensativa y tarda unos minutos en responder. —No lo sé. Tal vez —vacila—. Hace un tiempo atrás, conocí a una chica que me había cautivado desde el primer momento en que la vi. Logré acercarme a ella y tuvimos una especie de... Romance. Sin embargo, empecé a darme cuenta de ciertos cambios en mí que me desconcertaban. —¿Por ejemplo...? —Pues... Se me contraía el pecho al verla, mi corazón se aceleraba cuando la tenía cerca y tenía una profunda necesidad de poseerla cada vez —declara. —¡Estabas enamorado! —exclamo, apuntándole con el dedo. —No lo sé, Dalila. Me alejé de ella, así que no hay manera de comprobarlo. —Pero... ¿Porqué? ¿Acaso te lastimó? —pregunto inquieta. —No, para nada. Simplemente... Estaba asustado —manifiesta—. No me sentía preparado para soportar ese tipo de cambios, no quería volverme un chico que se rindiera a los pies de una mujer y que hiciera lo que fuese por ella. Tenía miedo de... Perderme a mí mismo por entregarle todo. No me resulta difícil comprender su punto, pues todo lo que él rechaza, yo lo viví al estar enamorada de Ray. Me dolía su sufrimiento y era feliz con sus alegrías. Lo quería tanto que si hubiera existido alguna manera de retroceder el tiempo e invertir los roles, que aquella bala que le arrebató la vida hubiese atravesado mi cabeza, sin duda tomaría esa opción. Sin embargo, volver al pasado es imposible y no se pueden cambiar los hechos. Es eso a lo que Jordan le teme. El amor pasional, capaz de dar su propia vida como sacrificio, a cambio de que su amada alcance la felicidad. Martes, 18 de enero. Jordan me lleva a un puerto cercano en donde atracan pequeñas embarcaciones. Actualmente, el área está despejada, por lo tanto, somos los únicos caminando por el muelle. Comenta que unos hombres amarran sus mini-yates en este puerto muy seguido y que pensó que los encontraría hoy. Yo, por el contrario, sostengo para mis adentros que fue mejor no hallarlos, pues de ese modo estamos a solas. En cuanto me percato de mi vergonzoso pensamiento, coloco las manos sobre mis mejillas, las cuales las siento caliente por el rubor. ¡Estás siendo muy ambiciosa, Dalila! —Este sitio es muy tranquilo cuando no hay personas alrededor —esclarece—. Solo se oye el viento y la corriente del agua. —Es un puerto muy bonito —expreso, caminando en la orilla del muelle, con los ojos impregnados en el mar—. No me obligarás a volver a subir a un kayak, ¿cierto? —dirijo la mirada a él y arqueo una ceja. —Hubiese sido una buena idea, pero no hay tiendas de kayaks por aquí —continúa recorriendo el entorno con la vista. —¿Remar en kayak también te lo enseñó tu padre? —cuestiono. —No, en realidad lo aprendí con unos amigos de la Academia —aclara. —Aún no comprendo el motivo por el que vives solo —expongo—. ¿Porqué no te mudas con algún familiar? —Al vivir en la casa de alguien más, debes adecuarte a sus reglas. Cuando vives solo, esas reglas no existen —manifiesta—. Sin embargo, no soy un tipo loco que hace fiestas en su departamento cada noche y mucho menos un vago sin futuro. Tengo cuidado en cada paso que doy y tomo riesgos solo si es conveniente. De pronto, encuentra una pequeña piedra en el muelle y la toma. Lleva la mano hacia atrás y luego arroja la piedra al mar, la cual golpea un par de veces en la superficie para después adentrarse. —Estoy cansado de hablar de mí —suelta repentinamente, mirándome con atención—. ¿Qué tienes para contarme tú? —Bueno, eso dependería de lo que quieres saber... —comienzo a caminar. —Todo lo que sé es que llegaste como estudiante de intercambio, que tienes dieciséis años y que estás en primero de preparatoria —dice, con los dedos en la barbilla y la expresión pensativa—. Ah, sé que eres el as de tu equipo de vóleibol y que tuviste un novio. —Ni lo menciones —refunfuño. —¿Porqué? ¿Acaso terminaste odiándolo? —pregunta mientras sigue mis pasos. —Al principio, sí. Lo odiaba con todas mis fuerzas —expreso, empuñando la mano—. Sin embargo, ya lo superé. —¿De verdad? ¿Estás segura? —Si no fuese así, estaría llorando y pataleando en mi habitación —asumo. —Eso no es del todo cierto —refuta—. Hay personas que son capaces de sonreír aún con una herida abierta, fingiendo que nada ha pasado. —No es mi caso —declaro. —Me parece bien —se acerca a mí y reposa el brazo sobre mi nuca—. No merece la pena seguir sufriendo por quien no supo apreciarte. Seguimos caminando en esta postura, hasta que decido detenerme. —¿No será que... Simplemente... No exista algo que apreciar en mí? —pienso, pero mis labios terminaron articulándolo casi en un murmullo. Aunque lo dije en un tono muy bajo, Jordan alcanza a oírlo. —¿A qué te refieres? —pregunta, sin quitar su brazo que me rodea el cuello. —Tú sabes que... Diego y Soraya... —suspiro—. No importa cuánto la desprecie después de su traición, no puedo negar que es una chica muy hermosa y seductora, completamente diferente a mí —argumento—. Ni siquiera puedo afirmar con certeza que Diego me amó, porque alguna vez estuvo enamorado de Soraya, y al parecer, no la había olvidado totalmente. A pesar de que era mi novio y decía quererme, no fui suficiente para borrar cada rastro de ella... Apenas termino de decirlo, Jordan desciende el brazo de mi cuello para tomar los míos con firmeza. Incrusta sus ojos en mí y su semblante se torna serio. —No voy a permitir que te desvalorices en mi presencia, Rivas —impone, soltando mis brazos—. No puedo creer que tú estés diciendo ese tipo de cosas. Debido a ese carácter con el que me enfrentabas, pensé que tenías el autoestima por los cielos —indica, sin poder ocultar su decepción. —Es lo único que puedo obtener de esa situación —me encojo de hombros. —Estás mirando hacia la dirección equivocada, Dalila —establece—. Él te engañó y traicionó tu confianza porque carece de principios, no porque tú no hayas sido suficiente. La responsabilidad de una infidelidad no recae sobre la persona lastimada, sino por el que lastima. ¿Cómo puedes asumir que no tienes nada que se pueda apreciar? ¡Por Dios! ¡Si tienes muchas cualidades que te convierten en una chica maravillosa! Para ser honesta, nunca me importó el hecho de que me consideren valiosa o lo contrario. Jamás me senté a analizar mis propias virtudes, pues siempre fui más consciente de mis defectos. No me había martirizado con la idea de que Diego me engañó porque Soraya dispone de una belleza casi inalcanzable, superándome en apariencia. Es la primera vez que me cuestiono, si en parte fue mi culpa que esa traición tuviera lugar. Sin embargo, escuchar a Jordan enalteciéndome con convicción, expresando a viva voz la manera en que percibe mi persona, me lleva a creer que aquellos pensamientos fugaces fueron estúpidos. —Nunca vuelvas a mencionar una tontería como esa, es absurdo —ubica las manos en sus caderas y mueve la cabeza de un costado a otro, rechazando mi teoría. De pronto, comienzo a reír. —¿Porqué te enfadas tanto? —pregunto, aún carcajeando. —Me tomaste realmente desprevenido, nunca imaginé que esas palabras saldrían de tu boca —apunta—. Cada vez que recuerdes ese incidente, repite en tu mente: “¡Diego es un idiota y yo soy la mejor!” —¡Jaja! Cómo crees... —lo tomo en broma. Jordan coloca las manos en mis hombros y pega su frente a la mía. —Dalila, dilo —impone. —N-No voy a hacer eso... —Si sigues negándote, te empujaré al mar para que te lleve la corriente —amenaza. —No serías capaz de... —¿Me desafías? Sostengo su mirada durante unos segundos, luego giro los ojos hacia atrás, soltando aires de resignación. —D-Diego es un idiota y yo soy... —me detengo. —Anda, termina la frase —insiste. —S-Soy la mejor... —digo con un tono de voz casi imperceptible. Tch... Esto es tan vergonzoso... —Dilo de nuevo, con más seguridad —exige. —No quiero... —¡Hazlo! —me zarandea. —¡Ya, ya! Diego es un idiota y yo soy la mejor. —¡Más fuerte! —¡Diego es un idiota y yo soy la mejor! —¡Una vez más! —¡DIEGO ES UN IDIOTA Y YO SOY LA MEJOR! —vocifero. Las comisuras de sus labios se extienden, manifestando orgullo. —Espero que nunca, jamás, vuelvas a dudar de ti. Viernes, 21 de enero. Sentados en los escalones del pórtico de mi casa, le hablé sobre mi madre, confesándole que nunca la conocí. No había hablado de ello con nadie, a excepción de Diego, que era el único que lo sabía. Le expliqué el supuesto trato que hizo con mi padre, que volvería por mí en cuanto tuviera éxito. Ya cumplí los deciséis años y jamás se dignó en aparecer. De todas maneras, da lo mismo. No es como si algo cambiaría con ella presente en mi vida. Nunca la necesité, así que puedo vivir con ello. —¿Alguna vez te has imaginado... Encontrándote con tu madre? —cuestiona Jordan luego de escuchar mi historia—. Quiero decir, ¿qué harás si de verdad regresa por ti? En ese preciso momento, me congelo. Jamás me había detenido a pensar en un escenario como ese. ¿Cuál sería mi reacción si llegara a verla? —Esa... Es una pregunta retórica —indico al no poder darle una respuesta—. A decir verdad, no creo que vaya a suceder. Si nunca me buscó, ¿significa que aún no ha tenido éxito? Lo que quiere decir que, si nunca lo tiene, nunca la conoceré. Jueves, 27 de enero. —Mis padres emprendieron su viaje cuando estaba cursando mi primer año en la Academia —expone, mientras nos encontramos de pie sobre un puente liso y poco extenso. Dicho puente une dos prados, donde hay personas que caminan con sus mascotas, sosteniéndolos con una correa. Tenemos los brazos apoyados en la baranda, con la cabeza gacha, observando a los pequeños peces de la laguna que se halla por debajo de nosotros. —¿No los extrañas? —pregunto. —En ocasiones. Sin embargo, visito a mis abuelos a menudo, quienes se encargan de apaciguar cualquier tipo de tristeza que intente producirse. —Dijiste que tienes muchos amigos —rememoro. —Así es. Amigos de la Academia, los que he hecho en la secundaria y además algunos que han conocido a mi padre —relata. —Ya veo. Eso es bueno, de ese modo no te sientes solo —insinúo. —La soledad no es tan mala cuando te acostumbras a ella —asevera—. Me gusta la compañía de alguien más, pero también me agrada estar solo. —¿Mantienes el contacto con tus padres? —Es mi madre quien me llama constantemente. Sé que les va muy bien en Dinamarca y siempre trata de convencerme para ir, pero no estoy listo para cambiar de aires. Abandonar todo lo que tengo aquí y empezar de nuevo en un país diferente, es una decisión extrema y no puedo tomarla a la ligera. —Tienes razón. Es como salir de tu zona de confort —afirmo. —¿Fue lo que sentiste tú? —Uf... Fue un cambio realmente radical —suelto una risita—. Viví toda mi niñez y parte de mi pubertad en un internado, un mundo cuadrado y limitado. Salir de allí para venir aquí, un universo completamente diferente, fue un gran golpe de realidad. Experimenté muchas cosas buenas, como también las malas. Tal vez, mi error fue haberme involucrado tanto con las personas que conocí, en lugar de mantenerme al margen. —No fue un error, Dalila —refuta—. Cualquier aprendizaje, sea bueno o malo, nunca es un error. Probablemente has pasado por situaciones que fueron difíciles de sobrellevar, sin embargo, tuviste la fortaleza para enfrentarlos —dirige la mirada hacia mí—. Todos tenemos el poder para transformar una experiencia negativa en algo positivo y tú deberías hacer lo mismo. Lamentarse por unos platos rotos no tiene ninguna finalidad. No respondo a sus palabras, solo asiento con la cabeza, aceptando cada consejo. Asumo que cada reflexión suya, es su propia manera de ver la vida, su perspectiva en particular. De todas las personas que he conocido hasta ahora, he aprendido mucho, pero al que considero el mejor maestro, es a Jordan. Martes, 1 de febrero. Nos dirigimos a un pequeño instituto de música, el cual enseña piano a los niños. Los padres de Jordan lo habían inscripto en ese lugar para que practicara el piano, pero fue solo para mantenerlo ocupado por un par de horas, debido a que era muy travieso. Lo que jamás imaginaron, es que de ese modo nacería su amor y pasión por dicho instrumento. El instituto se encuentra abierto, pues ciertos niños toman clases durante las vacaciones. Jordan y yo entramos al sitio, en lo que nos saluda un hombre, quien es el profesor de música y está encargado de recibir a sus alumnos. Platican por un rato, en lo que Jordan consigue que el profesor le permita tomar prestado algún piano. Toma mi mano y me lleva al salón, el cual todavía se halla vacío. Escoge un piano y se sienta en el alargado taburete ubicado en frente. Acaricia las teclas mientras que me acomodo a su lado. —Lo primero que te enseñan en un instituto de música, es a leer partituras. Un montón de ellas, interminables por cierto —comenta con una sonrisa—. Pero, cuando me fui enamorando de este instrumento tan sublime, aprendí a tocar una música por mí mismo. La escuchaba todo el tiempo, tratando de deducir sus notas. Entonces, un día, me armé de valor para intentarlo. “Bad day” de Daniel Powter. Con una increíble delicadeza, coloca los dedos en cada fina barra blanca y comienza a reproducir el sonido. Jordan luce majestuoso, absorto en la melodía que brotan del piano. Para mi sorpresa, su voz entonan las letras de la canción. —“Where is the moment we needed the most? You kick up the leaves, and the magic is lost...” Muevo levemente el cuerpo, siguiendo su suave ritmo. Modula cada nota con una magnífica entrega que me lo transmite. Puedo percibir su entusiasmo, su predilección por el piano. Finalmente, entendí que su afición por las historias del viejo Oeste es parte de su mundo; sin embargo, su corazón no se halla en un rancho, sino sobre un escenario. Ese es el lugar al que pertenece. [...] Al terminar de cantar, lo ovaciono con aplausos. —¡Bravo! —exclamo, con una sonrisa plasmada en mis labios. —¿Qué te pareció? —¡Fue un verdadero deleite! —expreso emocionada. —También he compuesto algunas músicas por mi cuenta, sin embargo, aún no están listas. En cuanto las termine, las tocaré para ti —establece con suavidad. —De acuerdo. Estaré esperando con ansias —manifiesto. Pasea los dedos por los mechones de su pelo y se torna pensativo. —Cuando nos conocimos, estaba tocando el piano en el instituto en el que estudias. ¿Recuerdas? Claro que lo recuerdo. Aunque ya lo había visto en la entrada antes de encontrármelo en la sala de música, la primera vez que entablamos conversación fue cuando la melodía de su piano me atrajo hasta allí. —Sí, así es —afirmo. —Escuché sobre ti al caminar en los pasillos y Marina también me lo comentó. Por la forma en que te describían, imaginé a una Dalila bastante... Normalucha —confiesa—. Sin embargo, cuando te vi en la sala de música, quedé impresionado. En ese instante, un flasback repentino atraviesa mi memoria. “Increíble. Cuando escuché sobre ti, imaginé a una persona más... simple” Nunca le pregunté qué quiso decir con eso, pero ahora que lo menciona, tal vez pueda explicarlo. —¿Impresionado? ¿Porqué? No te equivocaste sobre mí, soy bastante normal, o como tú dijiste en ese entonces, bastante "simple". —Eso no es verdad —fija su vista en mí—. Ese par de canicas verdes —apunta a mis ojos— penetraron mi alma en tan solo un segundo. La manera en cómo me miraste, nunca pude olvidarla. Por esa razón, insistí tanto en acercarme. Quería que siguieras mirándome de esa forma, pero solo conseguí que me alejaras —suelta una risita al recordarlo. —Lamento haber sido tan dura contigo... —Valió la pena cada insulto —se encoge de hombros—. El único modo de alcanzar una meta, es perseverando. Eso fue lo que hice. —¿Ah, sí? —le dedico una sonrisa cómplice—. ¿Y lograste lo que buscabas? Permanece observándome, con los labios semi-extendidos y una expresión que no llego a descifrar. —Sí. De nuevo, estás mirándome como al principio. Me mantengo callada, sin poder refutar lo que acaba de decir. De pronto, noto que empieza a acercarse a mi rostro con lentitud. Quizás esperando a que retrocediera, pero no lo hago, lo cual me sorprende incluso a mí misma. Solo se encontraba a un dedo de distancia, cuando el griterío de unos niños que entraron corriendo al salón, lo hizo alejarse rápidamente. —¡Chicos! —suelta el profesor, llamando la atención de los niños—. Les he dicho muchas veces que no corran aquí —les reprende. —Deberíamos irnos —susurra Jordan, a lo que afirmo con la cabeza. Nos levantamos del taburete y nos despedimos del profesor para abandonar el instituto.
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