Ahora lo entiendo. Con cada vaso de cerveza que vacío, logro comprender el motivo por el que las personas beben. No lo hacen por el sabor, sino por sus efectos.
Dicen que la ebriedad tiene sus etapas.
¿En cuál de ellas estaré?
Siento el alcohol escaparse por mi nariz y mi boca sabe amarga. Toda la imagen de mi alrededor la veo distorsionada. Borrosa. Los ojos me pesan pero no tengo sueño, al contrario. Repentinamente, siento ganas de bailar.
Intento levantarme de la silla, sin embargo, no tengo la fuerza para sostenerme. Aún así, me obligo a caminar, sujetándome de cualquier elemento que encuentre a mis costados; incluso, tomo el brazo de alguna persona que está por delante de mí y, de esta forma, consigo avanzar.
Mi audición está perturbada, por lo que la música ya no se oye tan intensa.
Alcanzo a llegar a la pista de baile que se ha formado en la sala, en lo que comienzo a mover el cuerpo. Hace un buen rato que he perdido la coordinación, ni siquiera sé qué es lo que estoy procurando hacer; pero, sea lo que sea, no es un baile.
Percibo que las personas de mi entorno me miran por un momento, para luego ignorarme. Es evidente que están acostumbrados a cruzarse con alguien como yo, probablemente porque tienen el hábito de ir a fiestas con frecuencia, en donde conocen a todo tipo de gente.
Yo, sin embargo, jamás me había sentido así. En un intento por bailar, choco contra los cuerpos de los que están cerca, pero eso no me intimida para nada. No tengo poder sobre mí misma, y tampoco la sensibilidad para notar el golpe.
Empiezo a brincar y a reír. El techo y las paredes toman un aspecto curioso, lo cual me resulta gracioso.
Una extraña sensación de felicidad recorre en mi interior. Bruscamente, me convierto en una persona extrovertida. Deseo hablar con todos y hacer amigos. Me río sin razón y trato de llamar la atención de los demás, y lo consigo. Forman un círculo a mi alrededor y me incitan a seguir bailando.
Muevo el cuerpo sin parar y, en ocasiones, lanzo un grito.
—¡Wohoooo! —brinco y doy vueltas en el mismo sitio. Varias veces casi caigo, pero me sostienen los que me observan.
Siento el corazón más ligero, como si las emociones negativas que oscurecían mi alma se desvanecieran. Hasta creo que soy capaz de perdonar.
He escuchado que alguien que está ebrio, revela su verdadera personalidad o carácter. ¿Esta es quien soy en realidad?
Probablemente, soy una adolescente que, en el fondo, quiere perdonar a todos los que la han herido, e incluso, dar segundas oportunidades; sin embargo, el miedo de que la vuelvan a lastimar no la permite derrumbar la barrera que impuso para protegerse.
Si deja de odiar, si perdona, estará expuesta al peligro de nuevo.
Irónicamente, sus resentimientos son lo que la hace más fuerte, mientras que el amor la debilita.
Sin embargo, si en este instante Diego me pidiera perdón, lo haría. Si Soraya me lo pidiera, la perdonaría. Porque estoy ebria. Y estoy feliz.
En medio de mi apogeo, alguien se aproxima y me sujeta del brazo.
—Oye, ¿estás bien? —pregunta preocupada. Es una voz femenina, pero no la reconozco.
—Claaaaaaaaro que sí —mis labios están dormidos por lo que tiendo a arrastrar las palabras.
—¿Porqué no te sientas? —sugiere.
—¡Nooo! Q-Quiero bai... Bailar —indico—. Baila c-conmigo...
Coloco mis manos sobre sus hombros y salto frente a ella. No tengo idea de quien sea, pero no me importa.
—Vamos, te ayudaré a caminar —señala.
—Nooooo, no q-quiero irme...
De un momento a otro, mi estómago se caotiza. Un malestar tremendo me baja de las nubes, en lo que pierdo el equilibrio.
—¡Wow! —reacciona la chica que procura sostenerme para no caer al suelo.
—No... No me siento nada bien... —expreso.
Ubica mi brazo por detrás de su nuca y me sujeta de la cintura, ayudándome a dar unos pasos entre la multitud. Con mucha dificultad, llegamos a la mesa larga. Entonces, escucho una voz masculina que sí reconozco muy bien.
—¿Dalila? —es Diego, sorprendido de verme en el estado en el que me encuentro.
—Me temo que está sumamente borracha —señala la chica.
—¿En serio? —se inclina levemente hacia mí y me mira con atención.
—¿Q-Qué me ves? —cuestiono, con los ojos entrecerrados, llevando mis brazos a ocultar mi pecho.
—¿Cuánto bebiste? —pregunta.
—N-No lo sé... Hic... —niego con la cabeza.
—¿Quién estaba contigo? —añade la chica.
—M-Ma... Ma... Marina... —hablo con dificultad.
—¿Marina Centurión? —quiere cerciorarse de que sea la persona correcta, y le confirmo asintiendo de arriba a abajo— Está bien. Voy a buscarla. ¿Puedes cuidarla por un rato? —dice a Diego.
—Oh, claro —afirma. Luego, se aleja entre la muchedumbre.
Dejo caer mi cabeza hacia atrás y la traigo de regreso hacia el frente. No puedo mantenerla fija, así que la tengo dando vueltas.
—No debiste abusar de esta manera... —expresa Diego.
—Sholo fue un vasho... —respondo, haciendo ademanes.
—Menos mal que no fue en algún lugar desconocido. ¿Qué habría pasado de ti? —regaña.
—M-Marina me cuida...
—Sí, claro —refunfuña.
Después de unos minutos, Marina se aproxima junto con Ray.
—No lo puedo creer... —es su reacción al verme— Dijiste que podías quedarte sola y mira nada más como te encuentro —coloca las manos sobre la cintura.
—Ya no debería seguir aquí. Si quieres, puedo llevarla a casa —se ofrece Diego.
—Ahm... No me parece que sea una buena idea —Marina rechaza su ayuda—. Quizás ahora no será un problema, pero mañana, en cuanto lo sepa, estoy segura de que no le agradará —sostiene.
—Entonces, ¿ustedes la llevarán?
—Nos haremos cargo de ella a partir de ahora. Además, Dalila vino con Jordan y conmigo —establece.
Diego se fija en Ray y lo observa atentamente.
—¿Está lo suficientemente estable como para conducir? —pregunta a Marina, refiriéndose a Ray.
—¡Claro! No hemos bebido casi nada. Tú estás bien, ¿verdad, Jordan? —responde ella.
—Ah, sí. Absolutamente —afirma sin titubear.
—De acuerdo. Confiaré en ambos —expresa Diego—. Si necesitan que los auxilie o algo llegase a ocurrir, no duden en llamar a Paloma para que me lo notifique —agrega.
—Por supuesto, lo tendremos en cuenta —acota.
Diego se aleja y me deja en manos de Marina y Ray.
—Dalila, dime. ¿Qué fue lo que bebiste? —cuestiona ella.
—Bebí... Bebí alcohol...
—¿Pero cuál? —insiste.
—Rrrrrron... Ron and roll —realizo el símbolo de la mano cornuta.
—¡¿Bebiste ron?! —me toma de los hombros y me sacude.
Ray se acerca al bartender para descubrir qué fue lo que había estado bebiendo.
—Oiga, muchacho. ¿Qué le dio de beber a esta niña? —pregunta.
—Un poco de cerveza —expone.
—¿Cómo cuánta?
—Ah... No lo sé. ¿Unos... Cinco vasos? —vacila.
—¿Solo cinco? Pero si está echa polvo... —Ray me observa con una expresión de incredulidad.
—Dalila no bebe alcohol, así que no me sorprende que se haya embriagado con tan poco —manifiesta Marina—. En fin, debemos llevarla a casa. Ayúdame.
Ambos me sostienen de los brazos y comenzamos a caminar. Salimos de la casa y me guían hasta el coche de Ray. Me suben en la parte trasera y Marina me coloca el cinturón de seguridad, luego se acomoda al frente junto con él.
Enciende el motor y nos ponemos en marcha.
Se mantienen en silencio hasta la mitad del trayecto. Después, Marina empieza a lamentarse.
—Rayos. Sabía que no debía dejarla sola —se martiriza, mordiéndose las uñas.
—Tranquila, no eres su niñera —establece Ray.
—Pero aún está muy vulnerable por la ruptura con su ex-novio —gimotea.
—Ese chico que estaba con ella... ¿Era su novio? —pregunta de repente, tamborileando los dedos por el volante.
—Ah, sí. Su nombre es Diego —responde ella.
—Vaya. Ahora entiendo porqué se puso tan mal... —deduce—. Oye, ¿estás segura de que es su primera vez bebiendo? —cuestiona él.
—Me temo que sí. Quiero decir, nunca ha bebido frente a mí.
—Una vez b-bebí con Soraya... Hic —me entrometo en la plática—. Bebimos vino en mi casa. L-Lo hice porque éramos amigas y confiaba en ella. ¿P-Pero qué fue lo que recibí a... A cambio? ¡TRAICIÓN! —la última palabra lo pronuncio a viva voz.
—Ah, escuché que discutió con Soraya. ¿Qué no eran amigas? —pregunta Ray, dubitativo.
—Bueno... Tuvieron algunos problemas... —Marina da una respuesta vaga.
—¿Qué fue lo que ocurrió? —insiste él, muy intrigado.
—No creo que a Dalila le agrade que te lo cuente...
—¡Diego me engañó con ella! ¡Eso fue lo que pasó! ¡Hic! —en este momento, no conozco la vergüenza.
Todos permanecemos callados durante unos minutos. Luego, Ray se encarga de romper el incómodo silencio.
—Uf... No imaginé que lo que le sucedió haya sido tan... Tan desgarrador —expresa él.
—No tienes idea del lío que se había armado. Dalila estuvo en un estado de reconcomio por bastante tiempo. No sonreía, no se alimentaba apropiadamente y llegaba al instituto con tremendas ojeras. En fin, fue recuperándose poco a poco con nuestro apoyo —explica.
—Se ve que es una chica fuerte —señala Ray, mirándome a través del retrovisor.
Finalmente, llegamos a mi casa. Marina quita el cinturón de seguridad y me ayuda a bajarme del auto. Volverían a llevarme hasta la puerta entre ambos; sin embargo, a Ray se le ocurre otra idea.
—Déjame cargarla, será más rápido —sugiere, a lo que Marina asiente.
En cuanto estamos en el pórtico, se encuentran con un problema.
—La puerta no está abierta... —suelta Marina.
—¿No tiene llaves? —cuestiona él.
—No lo sé...
—Dalila, ¿dónde están tus llaves? —pregunta Ray.
Ignoro sus palabras y finjo estar dormida. Me acomodo entre sus brazos y envuelvo su cuello con los míos.
—Es inútil... —expresa Marina, resignándose— No deseo tocar el timbre y despertar a todos. Además, apuesto a que su tutora se enfurecerá si la ve como está... —deduce.
—¿No hay otro lugar por donde podamos entrar? —pregunta él.
—Um... ¡Ah! Su habitación tiene una ventana que se desliza hacia un costado. Si tenemos suerte, estará abierta —expone Marina.
—Intentémoslo.
Rodean la casa hasta llegar a la ventana que da a mi cuarto. Marina procura abrirla; entonces, lo consigue.
—Escucha. Esto es lo que haremos —susurra Ray—. Deberás sostenerla por un momento, en lo que ingresaré a su habitación y me la pasas por la ventana —explica.
—¿Ese es tu plan? —Marina suelta una pequeña risita.
—¿Tienes otra mejor idea? —cuestiona Ray.
—En realidad, no. Está muy pesada, así que tú eres el único que podrá cargarla —establece ella.
De ese modo, ponen en marcha el plan espontáneo de Ray.
En cuanto él está dentro, Marina me encosta hacia el borde de la ventana. Ray me toma de la cintura y me lleva para la habitación. Me carga de nuevo y vuelvo a rodear su cuello con mis brazos.
—Marina, espérame en el auto. Dejé las llaves allí. Apenas la deje en la cama, iré hacia ti —establece.
—De acuerdo —levanta el pulgar—. Ah, no olvides cerrar la ventana cuando salgas —recalca, luego se aleja.
Ray me conduce hasta la cama y me tiende en ella. En el instante en que trata de marcharse, se encuentra con otro problema.
No lo suelto.
—Dalila, déjame ir —murmura, dando golpecitos a mis brazos.
Abro los ojos lentamente, en lo que veo su rostro de manera borrosa.
Con esta vista distorsionada, es como si estuviera observando a Ray, al auténtico Ray. Sé que no es él, pero quiero creerlo. Quiero imaginar tan solo por un minuto que el que está en mi habitación conmigo... Es mi Ray.
—No te vayas... —gimoteo.
Su cuerpo se congela y sus latidos se hacen más intensos bruscamente.
—Si no estuvieras tan ebria, quizás me habría quedado —sonríe de lado—. Ahora suéltame nena, ya debo irme.
—¡No! —lo aprieto a mí.
—Agh, ¿cómo es que tienes tanta fuerza? —refunfuña.
—No te dejaré ir, Ray. Nunca más —expreso.
—Eso da un poco de miedo... —se mofa.
—Quédate conmigo, quiero estar a tu lado —continúo hablando por impulso.
Ray suelta un suspiro, procurando zafarse de mis brazos sin hacerme daño; sin embargo, no lo consigue.
—Eres realmente impredecible, ¿lo sabías? —sostiene— Nunca puedo adivinar cuál será tu siguiente paso.
Aligero mis brazos, pero no lo dejo libre. Entonces, él se levanta levemente y me mira de frente.
—Primero me tratas como un ser maravilloso, luego simplemente me ignoras —reclama—. Cuando nos encontramos en el salón de música otra vez, pensé de manera errónea que podríamos empezar de nuevo y llevarnos bien, pero volviste a actuar como si no me soportaras. Ahora, estás rogando para que me quede a tu lado. ¿A qué juegas, Dalila? —denota intriga en su tono de voz.
—Y-Yo... yo solo... —no sé qué responder.
—Sé honesta conmigo... y contigo misma —establece.
Parpadeo varias veces y ladeo la cabeza, en lo que desciendo mis brazos y coloco mis manos en sus mejillas.
—Jamás podría odiarte, Ray. Desde la primera vez que te vi... sentí una fascinación por ti —expreso, acariciando su rostro.
No estoy segura si me estoy refiriendo a Ray... o a Jordan.
De una u otra forma, es lo mismo, dado que cuando conocí a Jordan, quedé asombrada por su belleza que asemejaba a la de Ray.
—¿Quieres decir que... te gusto? —asume.
—Claro que me gustas —afirmo sin titubear— siempre me has gustado.
Ubico mi mano en la parte posterior de su cabeza y lo empujo hacia mí para alcanzar su boca. Entonces, lo beso en los labios. Y él me corresponde.
Sube sobre mí y me abraza con fuerza. Nuestros labios se rozan no como cualquier primer beso inocente, sino como si ambos hubiéramos estado reprimiendo nuestras ganas de besarnos desde hace mucho tiempo.
De repente, parece pisar tierra.
Se aleja lentamente de mí y se mantiene de pie al costado de la cama por un segundo, con la respiración agitada.
—Espero que no olvides este beso mañana. Y si lo haces, te lo recordaré —asevera.
Camina hacia la ventana y sale hacia fuera. La cierra y se despide desde allí. De un momento a otro, ya no lo veo.
Apenas se marcha, mis ojos no pueden soportar el peso de mis párpados. Por lo tanto, me quedo dormida al instante.