Recuerdo haber vivido esta misma escena hace un tiempo atrás. Cuando subí al balcón en la casa de Marina y descubrí que aquel chico con el que sostenía una relación no formal era Ray, salí corriendo de la misma manera, bajando por las escaleras. Es casi como un dejavú.
Camino entre la gente que se halla arrimada, haciendo el paso aún más difícil.
Quizás fue mi intuición lo que me advirtió que no debía estar aquí, sabía que algo ocurriría y que no me agradaría para nada.
Creí que Diego ya no me importaba. Entonces, ¿porqué me molesta tanto verlo con ella?
De repente, siento una mano posarse sobre mi brazo y me detiene de golpe.
—¡Dalila! ¡Por fin te encuentro! —exclama Marina, estirándome hacia un lugar espacioso.
—Se acabó, me iré a casa —zafo de ella y sigo caminado, pero vuelve a sostenerme.
—¡Espera! ¿Qué sucede?
—¡Quiero irme! —vocifero, con los nervios de punta.
—¿Pero porqué? —insiste.
—¡No quiero estar aquí, déjame ir! —agito mi brazo para lograr que me suelte, sin embargo, no lo consigo.
—Dalila, cálmate —me toma del otro brazo—. Tranquila, respira profundo —realiza unos ejercicios de respiración, instándome a imitarla—. Relájate, no permitas que la furia te domine. Hay muchas personas aquí y te están observando —establece.
—Deberías escuchar a Marina —asevera una voz por detrás de mí.
Esa voz es la misma que alguna vez me brindó tantos consejos, que dijo que me apreciaba y que confiaba en mí, y que lo que más deseaba era que también confiara en ella.
Como resultado, recibí traición y deslealtad.
Aquella voz sale de la boca de la mismísima Soraya, que a pesar de haber transcurrido un tiempo de no oírla, la reconozco al instante.
Giro lentamente hacia su dirección y la miro con reconcomio. Los que se encuentran a nuestro alrededor también se quedan mirando.
—No dejas de impresionarme —agrega, aproximándose a mí— la Dila que conocí apenas hablaba, pero ahora soy testigo de semejante berrinche. Nunca se sabe con lo que saldrá la callada del salón, ¿cierto? —sonríe de lado—. Pero Marina tiene razón, deberías aprender a controlar tu temperamento...
¿Qué está diciendo? ¿Está intentando enseñarme cómo debo comportarme? ¿Quién se cree que es?
Además, ¿porqué sigue llamándome de ese modo?
Mis pensamientos son tan fuertes que nublan mis oídos, por lo que dejo de escucharla. Sin embargo, para quitarle aquel aire de grandeza, robo un vaso rebosante de bebida de la mano de una chica que observa atenta a mi lado y lo derramo en la cara de Soraya.
Tiro el recipiente de plástico al suelo y salgo de la casa echando humos por la nariz.
¿Qué le pasa a esa tipa? En cuanto me vio en el balcón, ¿decidió seguirme solo para atormentarme?
Está loca de remate.
—¡Dalila, espera! —exclama Marina que corre detrás de mí.
¿Esperar qué? No tiene caso, iré a casa.
—¡Dalila! —se coloca en frente e impide que siga caminando.
—¿Qué pasa, Marina?
—No te vayas —suelta.
—No me quedaré después de lo que acaba de ocurrir —establezco—. La oíste, ¿cierto? Es el colmo. Lo último que me faltaba era recibir clases de conducta de una desalmada como ella.
—Dalila, tranquilízate —ubica las manos sobre mis hombros— estás muy alterada —señala.
—Haber venido fue un error, así que me voy —intento esquivarla, pero no me lo permite.
—Primero, quítame una duda. ¿Fue por ella que quisiste marcharte antes? —cuestiona.
—No exactamente —suspiro— la vi con Diego.
—¿Qué? ¿En serio?
—Así como lo oyes...
—¿Se estaban besando? —sus ojos se abren como platos, denotando curiosidad.
—N-No, creo que estaban... Conversando.
—¿Y perdiste la cordura solo por verlos hablando?
—Ay, por favor, Marina. Tú sabes perfectamente lo que hubo entre ellos aparte de lo que me han hecho, ¿cómo crees que debí reaccionar luego de haberlos visto juntos? —refunfuño.
—Pensé que Diego ya no te importaba —levanta ambas cejas.
—¡No se trata de que me importe! —vocifero.
—Está bien, está bien. Cálmate y escucha. No puedes pasarte lo que resta de los meses evadiéndolos y huyendo de cualquier sitio en que te los encuentres. Si es verdad que Diego ya no significa nada para ti, ¡demuéstralo ahora! Haciendo estas rabietas dejas en evidencia que guardas un profundo resentimiento hacia ambos...
—Pues lo hago, y no es ningún secreto —manifiesto.
—Entonces, nunca lo superarás realmente —advierte—. Lo que sucedió con ellos ya fue hace tiempo, olvídate de los dos y sigue adelante con tu vida.
—¿Seguir adelante se relaciona con quedarme forzosamente? —cuestiono.
—Quiero que disfrutes del lugar en el que estés sea cual sea, sin importar si están presentes o no. Solo ignóralos —establece.
Es más fácil decirlo que llevarlo a cabo.
—Está bien, me quedaré; sin embargo, me quejaré durante el tiempo en que esté aquí —sostengo.
—No seas necia. Los sentimientos negativos envejecen y tú ni siquiera has terminado la preparatoria aún. ¿Quieres verte como una señora de treinta años cuando vayas a la universidad? —parlotea.
—Estás exagerando...
—Así como lo estás haciendo tú. Así que deja el berrinche y volvamos dentro —determina.
Ingresamos de nuevo a la casa, en lo que me cruzo con Ámbar en la entrada.
—Oh, Dalila —menciona.
Marina se asoma a mi oído para susurrar.
—Oye, te esperaré frente a la escalera —suelta, a lo que asiento con la cabeza.
Comienza a caminar y se aleja, perdiéndose entre la multitud; por otro lado, me aproximo a Ámbar.
—Hola, precisamente te estaba buscando hace un rato —confieso.
—No te vi en la cancha —gimotea.
—Pero yo sí, te vi jugar —expreso, con una sonrisa—. Felicitaciones por haber ganado —coloco mi mano sobre su hombro.
—Muchas gracias. Por cierto, oí rumores de que tuviste una discusión con Soraya —añade.
—No fue una discusión para nada —alego, negando con la cabeza.
—¿Estás segura? Porque todos hablan de eso allí dentro —señala.
Agh, nadie tiene nada más importante que hacer que difundir chismes falsos.
—No discutimos, Soraya empezó a parlotear y la dejé hablando sola. No perdería mi tiempo con alguien como ella —alego—. En fin, ¿entramos? —sugiero.
—Ah, en realidad yo ya me iba —aclara.
—¿Porqué?
—Sabes que no puedo estar en una fiesta hasta muy tarde, así que será mejor que me vaya ahora —establece.
—Ah, claro. Casi lo olvido. Me gustaría acompañarte pero prometí a Marina que me quedaría —dejo escapar un suspiro de resignación.
—No te preocupes, diviértete —expresa, cruza el umbral y se marcha de la casa.
Pensé que me sentiría más cómoda si tenía a Ámbar a mi lado, pero acaba de irse, lo cual me somete a una sensación de melancolía.
Tal vez debí inventar un pretexto para Marina y marcharme con Ámbar, pero ya di mi palabra de que me quedaría.
Camino entre las personas, alcanzando las escaleras. Una vez allí, me reúno con Marina, quien me lleva hacia una mesa larga, en donde se halla un bartender. Ordena un par de refrescos para nosotras, luego nos sentamos en unas sillas ubicadas en frente.
—Dentro de unos minutos, pondrán algo de música para ambientar. Hay demasiado silencio —expone.
Después de un momento, el equipo de sonido empieza a retumbar entre las paredes. Las jugadoras se alborotan y bailan en medio de la sala, en tanto que los demás estudiantes e invitados le siguen el ritmo. Se ha formado una pista de baile en cierta zona de la casa.
—¿Y tu amigovio? ¿No debería estar contigo? —vocifero para que logre escucharme.
—Probablemente, estará bailando entre la multitud —deduce.
—¿Porqué no vas con él? —sugiero.
—No, cómo crees. Quedamos en que no te dejaría sola y lo voy a cumplir —establece.
—Marina, no desearía que te aburrieras —manifiesto—. No tengo ganas de bailar, pero sé que tú sí. No es necesario que te conviertas en una mártir por mí.
—¿Porqué dices eso? Aquí estoy bien... —intenta aliviarme, a lo que giro los ojos hacia atrás.
—Ve a buscar a tu chico —insisto.
—Eres tú la que quiere estar sola, ¿cierto? —reclama.
—No seré una buena compañía para ti, así que déjame aquí y dirígete a la pista —indico.
—Está bien, está bien. ¿Sabes qué? Me convenciste —coloca el vaso medio vacío sobre la mesa y se levanta de la silla—. ¿Estás segura de que estarás bien por tu cuenta? —pregunta.
—Sí, lo prometo. Ahora vete —la espanto sacudiendo la mano. Desata una pequeña risa, luego voltea y da zancadas hacia las personas que están bailando en la sala.
Permanezco sentada, observando a mi alrededor con el mentón apoyado sobre la mano. Bebo un sorbo de mi refresco, en lo que alguien me toca el hombro. Doy un sobresalto y volteo rápidamente, viendo a Paloma a un lado.
—¡Oye! ¿Qué estás haciendo aquí sola? —cuestiona.
—Estoy... Mirando —respondo sin mucha energía.
—¿No quieres bailar con Santiago y conmigo? —sugiere.
Oh, vamos. Es una pésima idea.
—G-Gracias, pero prefiero mantenerme alejada del tumulto —señalo.
—Está bien —se encoge de hombros—. A propósito, escuché que le aventaste una bebida a Soraya en la cara —agrega bruscamente—. No conocía esa parte tuya —se traza una sonrisa de satisfacción en sus labios.
—Solo lo hice porque estaba diciendo disparates y no lo soporté —expreso.
—Demonios, yo debí estar ahí, me lo perdí por completo —gimotea.
—No hables de ello como si fuera un espectáculo —refunfuño.
—Para muchos, lo fue —levanta ambos pulgares en señal de aprobación—. De todos modos, Soraya se marchó hace un rato, así que puedes estar tranquila —asevera.
—¿De verdad? —siento que mi pecho se libera de la inquietud; sin embargo, dura apenas unos segundos, pues inmediatamente se me cruza un pensamiento desagradable— ¿S-Sabes si se fue con Diego? —pregunto ansiosa.
—¿Eh? No. Lo vi arriba hace un momento. ¿Porqué? —me mira con recelo.
—Mera curiosidad.
—¿Acaso... Mi hermano te sigue importando? —entrecierra los ojos y acomoda sus manos sobre su cintura.
—Que no —niego, girando los ojos.
Levanta una ceja, denotando incredulidad.
—Dalila... Diego todavía te quiere —expresa repentinamente.
—¿A qué viene eso? —me exaspero.
—Si aún sientes algo por él y tienes la intención de perdonarlo, hazlo —sugiere—. Quien sabe, quizás puedan darse una segunda oportunidad y su relación podría funcionar esta vez...
—Por favor, Paloma. Detente —la interrumpo—. Eso no será posible, así que ni siquiera lo pienses —establezco.
—De acuerdo, yo nada más decía —sostiene, con las manos al aire—. Entonces, ¿vas a quedarte aquí?
—Sí, es lo mejor —garantizo.
—Si quieres irte en algún momento, házmelo saber. Te llevaremos a casa —ofrece.
—Está bien, gracias —expreso, con una sonrisa forzada. Finalmente, regresa hacia la multitud.
Solo me quedaré unos minutos más, luego me marcharé. Pediré un taxi para evitar cualquier escena incómoda. Marina estará muy contenta divirtiéndose, prefiero no molestarla.
Giro hacia el bartender para ordenar otro refresco; sin embargo, una idea fugaz me atraviesa la mente.
Nunca he bebido alcohol. Bueno, sí. Una vez. Ahora, es una buena ocasión para probar... Un poco de cerveza.
Llamo al bartender y le pido un vaso con aquel líquido espumoso. Lo carga y lo extiende hacia mí. Lo agarro y, antes de dar el primer sorbo, tengo un flashback.
“Cuando cumplas los dieciocho años, iré a tu país y beberemos cerveza hasta embriagarnos. No puedes beber con nadie hasta entonces”.
Ajá. Como si eso fuera a suceder.
Elevo el vaso en el aire y doy mis últimas palabras antes de someterme al alcohol.
—Brindo por la promesa que estoy a punto de romper —musito.
El primer trago es realmente amargo. ¿Cómo es que las personas beben esto y sienten placer al hacerlo? No lo entiendo.