El amor y el odio.

1947 Palabras
Durante la mañana, después de clases, voy saliendo del instituto desenredando los cables de mis auriculares, en lo que una voz pronuncia mi nombre repetidas veces. —¡Dalila, Dalila! —exclama. Giro hacia su dirección, viendo a Ámbar acercándose apresuradamente. —¿Qué sucede? —pregunto. —Vayamos a casa juntas —establece. —¿No tienes entrenamiento? —cuestiono. —Mañana es el último examen del año, por lo que hoy tenemos la tarde libre —expone. —Oh, cierto. Finalmente, el año se termina. Con ese examen, las clases también cesarán. Ya no veré a nadie de aquí, a menos que nos pongamos de acuerdo para reunirnos. —El campeonato de balonmano se realizará mañana por la tarde. Me gustaría que fueras —manifiesta, jugando con los dedos—. Si aceptas, te facilitaré la dirección de la cancha en donde se llevará a cabo. —Ah, sería genial verte jugar —sonrío—. Entonces, envíame la ubicación a través de... Espera un segundo. Si asisto al campeonato, significa que, probablemente, me encontraré con Soraya. No, no hay ninguna duda. Definitivamente, nos cruzaremos, pues forma parte del equipo titular. He evitado toparme con ella por tanto tiempo que no estoy segura de estar lista para enfrentarla. Sin embargo, Ámbar es más importante. Cuando la conocí y creí erróneamente que era un chico, la había visto jugar. Sus movimientos son ágiles y sus técnicas asombrosas. No me lo perdería por nada del mundo. —¿Acaso tienes otro compromiso? —pregunta, arrugando la frente. —No, no. Para nada. Por supuesto que iré —afirmo. Caminamos hasta mi casa, conversando durante el trayecto. Una vez frente a la puerta, se despide y se dirige a la suya. Lo único que hago en lo que resta de la tarde es estudiar, pues mañana no puedo fallar. No quisiera terminar en recuperatorios. El ateneo también fue suspendido. De este modo, priorizo el examen final, olvidando todo aquello que me mortifica. Al siguiente día, durante el horario de prueba, nos ubicamos cada una a cierta distancia, para evitar cualquier fraude entre compañeras. Todas lucen verdaderame nerviosas, incluyéndome. La maestra camina entre los pasillos formados por nuestros asientos, entregándonos las hojas en blanco. Entonces, empieza el examen. Solo tenemos una hora para terminarlo. Ninguna sale antes del tiempo establecido, pues quieren estar seguras de que lo que hayan escrito sea la respuesta correcta, por lo que miran a los costados en busca de ayuda, pero no lo consiguen debido a que la maestra observa atentamente a cada una. Una vez concluido el horario, salimos del aula como ganado abandonando el corral. Nos dispersamos por el edificio, conversando sobre los enunciados. Marina, Micaela, Paloma y yo, nos reunimos en el patio del recinto para platicar, en lo que siento vibrar el celular en mi bolsillo. Se trata de un mensaje de Ámbar, en la cual me envía la ubicación de la cancha en donde se realizará el campeonato, y también el horario, que será a las cinco de la tarde. Guardo el móvil y me incluyo en la charla de las demás. Es viernes y nos han tomado el último examen, por lo tanto, también es el último día de clases. Entre compañeras y maestros nos despedimos, aunque no del todo, pues todavía nos queda una fiesta de clausura que el instituto organiza en cada año. Aunque las aulas ya no estarán abiertas, los ateneos aún estarán en funcionamiento, debido a que los torneos y presentaciones se extenderán hasta diciembre; lo cual significa que continuaremos con el entrenamiento de vóleibol. Salimos del edificio y cada quien se encamina hacia su casa. Es un tanto melancólico, pero no es el fin. Aún me quedan varios meses aquí. Llego a mi domicilio, me cambio de ropa y tomo el almuerzo. Luego, simplemente espero a que las horas transcurran hasta el momento en que deba ir al campeonato. En cuanto son las cuatro y media, me preparo rápidamente para dirigirme a la cancha. Una vez allí, ingreso al lugar con mucha dificultad, pues está repleta de personas. A decir verdad, no pensé que habría tanta. Subo a las gradas, pasando por los huecos que se forman entre los cuerpos de la gente. Recibo alguno que otro empujón no intencional, pues todos se hallan totalmente alborotados. Tenía planeado colocarme en el sitio más alto; sin embargo, noto a Marina a lo lejos. Camino un poco más y pronuncio fuertemente su nombre. —¡Marina! —vocifero, agitando la mano. —¡Oh, Dalila! —dice sorprendida. Me aproximo hasta donde se encuentra y me acomodo a su lado. —No sabía que vendrías —expone—. Si me lo hubieras dicho, habríamos venido juntas. —Tampoco tenía idea de que estarías aquí —revelo. —Micaela me invitó, pero aún no ha llegado. Probablemente, Paloma también vendrá en un rato. —¿Y eso? ¿Porqué están tan interesados en este campeonato? Yo solo vine por Ámbar. —Cabe la posibilidad de que, si el ateneo de balonmano gana, se llevará a cabo una fiesta de celebración en la casa de alguna de las titulares, lo cual me interesa —guiña un ojo. —Oh, no lo sabía —me rasco la cabeza. —Aprovechando que estaremos todas, deberías venir con nosotras a la fiesta —propone. —Tal vez... —vacilo. —¡Vamos, no lo dudes! —exclama— Has pasado por muchos momentos tristes, y sumando a eso, te esforzaste bastante para obtener buenas calificaciones. ¡Te mereces una noche de descontrol! —asegura. —No lo sé. De todas maneras, si voy, quizás esté sentada en alguna silla en un rincón —gimoteo. —¡Por supuesto que no! ¡Reirás, bailarás y disfrutarás del festejo como si fuera tuyo! Además, no te dejaré sola —establece. —¿Ah, sí? ¿No viniste con el tonto de tu "novio no formal"? —formo unas comillas con los dedos. —¿Acaso estás hablando de mí? —pregunta una voz masculina por detrás de mi espalda. Giro rápidamente sin poder ocultar mi asombro, notando a Ray parado frente a mí. Lo observo con los ojos bien abiertos, para luego cambiar mi expresión a una de sarcasmo. —Al menos sabes que eres un tonto —suelto, dejando escapar una risa. —Veo que ya te recuperaste de tu ruptura —señala, lo que desvanece la sonrisa de mi rostro. —Jordan, no molestes a Dalila —interviene Marina. —¿Qué? ¿No escuchaste el modo en cómo se refirió a mí? ¿Porqué la defiendes? —juega a sentirse indignado. —Ven a sentarte a mi costado, Jordan. Es peligroso que estén cerca ustedes dos, no tengo ganas de detener una pelea —asevera ella. Ray camina de lado, chocando ligeramente contra mi hombro. Ignoro su llamada de atención, colocándome de nuevo en mi lugar. A decir verdad, no dije que era un tonto con la intención de que lo oyera, simplemente llegó en el momento menos oportuno. La capitana del ateneo y la del equipo contrario se ubican frente a frente, para decidir quien comenzará el juego, dejando caer una moneda. La capitana del ateneo de balonmano femenino es Tatiana, la chica que había visto besando a Ámbar en el vestuario. Tiene aproximadamente la misma estatura que Ámbar, es delgada, de piel trigueña y de pelo castaño largo, el cual lo lleva sujetado con una goma. ¿Aún habrá algo entre ellas? Um, no lo creo. Ámbar me había dado a entender que todavía me quiere; por lo tanto, lo dudo mucho. La moneda cae al suelo con el lado de la cruz hacia arriba, lo que significa que el equipo contrario empieza el juego. En cuanto las jugadoras se alinean, mis ojos se inscrustan directamente en Soraya. El corazón me aprieta al verla y mi mirada la sigue mientras corre. El amor y el odio son sentimientos realmente poderosos, con tan solo una delgada línea separándolos. Cuando ves que se acerca la persona que amas, sientes una presión en el pecho, te sudan las manos y la respiración se vuelve pesada; asimismo, cuando notas que alguien que odias se aproxima, el pecho se contrae, las manos se vuelven sudorosas y los pulmones no ponen de su parte para respirar adecuadamente. Las emociones son bastante similares, pero van en sentido contrario. Hace tiempo que no veía a Soraya. Ahora que lo hago, puedo darme cuenta de mis verdaderos sentimientos. Jamás pensé que podría llegar a odiar tanto a una persona, y menos, a la que alguna vez consideré una amiga. Procuro ignorar su presencia y me concentro en Ámbar, quien es la que me importa en realidad. Por momentos, mis acciones resultan un tanto graciosas. En cuanto el equipo de Ámbar anota un gol, grito con todas mis fuerzas y me siento orgullosa; sin embargo, cuando el punto es anotado por Soraya, no muevo un solo dedo. Marina se da cuenta de ello, por lo que no puede evitar desatar una carcajada. El juego concluye con las jugadoras del ateneo brincando en círculos en medio de la cancha, pues han obtenido la victoria. Al salir del lugar junto con la multitud, veo a Micaela y a Paloma en la calle. —¡Dalila! ¿También viniste? —vocifera, acercándose a mí con una sonrisa. —Ah, sí. Marina está conmigo... —volteo para señalarla, pero noto que no está detrás de mí. —Quizás se perdió entre las personas de adentro —supone Paloma. —Tranquilas, saldrá en cualquier momento —suelta Micaela, despreocupada. Varios minutos después, Marina finalmente sale de la cancha junto con Ray. Una vez reunidos, nos dirigimos a la casa de la jugadora que realizará la fiesta del triunfo. Micaela conoce la dirección y se ofrece a ser la guía, así que subimos al coche en el que habían llegado Marina y Ray para marcharnos en grupo. Tras llegar, ingresamos a la casa que ya está colmada de personas. Aún así, alguno que otro sigue llegando. No hay nada de música, pues lo que priorizan son las bebidas. La dueña del lugar se encarga de traer alcohol de todo tipo. Me siento un tanto incómoda, ya que la fiesta es en honor al equipo de balonmano. ¿Qué estoy haciendo? Vine porque Marina me lo propuso, pero ya me estoy arrepintiendo. Quizás no fue buena idea haber venido. Quiero ir a casa. De todos modos, ya estoy aquí. Debería darme una oportunidad y disfrutar, tal como me lo dijo Marina. Comienzo a caminar entre la multitud para buscar a Ámbar y felicitarla, mientras observo ciertos detalles de la casa. De un momento a otro, noto que perdí de vista a las demás. Agh, soy como una niña pequeña a la que deben sostener de la mano para que no se extravíe. Aún así, continúo hacia adelante. Entonces, veo unas escaleras, por las cuales subo. Al llegar al último escalón, noto un pasillo derecho y otro izquierdo. A lo lejos del final del pasillo izquierdo, consigo notar un par de puertas que da a un balcón. Haciendo caso a mi curiosidad, elijo seguir ese pasillo. En cuanto alcanzo pisar el balcón, me detengo al ver a un par de personas apoyadas sobre la barandilla. Doy un sobresalto en el instante en que los reconozco. Es Diego, acompañado por Soraya. Me quedo estupefacta, sin poder moverme. Quiero retroceder, pero no logro tomar el control de mis piernas. De pronto, Soraya percibe mi presencia y fija sus ojos en mí. En ese momento, obligo a mi cuerpo a obedecerme, por lo que me alejo corriendo.
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