Una granada.

1888 Palabras
Estoy que me lleva el diablo. Una vez más, soy yo quien sale perdiendo en todo esto. ¿Porqué la vida se empeña en colocarme en situaciones difíciles? “Me mantendré al margen hasta que me marche”. Sí, cómo no. Jamás pensé que aquello fuera tan complicado. Estuve toda la mañana sumergida en mis pensamientos, reprochándome a mí misma y odiando a todo el mundo. No había podido conciliar el sueño y mis párpados se sentían pesados, pero no había manera de que me durmiera ni por error, pues el asunto de Jordan rondaba en mi cabeza y aumentaba mi ansiedad. Jamás pensé que acabaríamos así. Cuando lo conocí, creí que podría conseguir que se fijara en mí y tener un bonito romance que me ayudara a sanar las heridas que dejó la partida de Ray. Sin embargo, todo se complicó luego de saber que Marina estaba de por medio. El costo por tener a Jordan era lastimarla a ella. ¿Qué diría si descubriera que el amor de su vida está enamorado de otra, pero no de cualquier chica, sino de una de sus amigas cercanas? Siendo que él jamás la miró de esa manera, pero termina prendado por quien menos se lo imaginó. Para ser honesta, no me gustaría ver a Marina rompiendo en llanto justo frente a mí. Incluso, en el peor de los casos, ella podría culparme, alegando que lo seduje a posta. ¡Argh! ¡Todo este enredo me consume! Suena el timbre que indica que las clases concluyeron, a lo que salgo disparada del edificio. No quiero ver a nadie, solo deseo hundirme en mi miseria y ocultar lo lamentable que soy. De pronto, escucho una voz pronunciando mi nombre a mi espalda. Tch, ¿y ahora qué? Doy vuelta hacia esa dirección, fijándome que se trata de Ámbar. Respiro profundamente e intento calmarme. —¿Qué sucede? —pregunto, forzándome a sonreír. —Perdón, no quiero molestarte. Yo... Yo solo... —se restriega las manos— Lo siento, Dalila. —No entiendo —suelto, confundida. Estoy tan inmersa en lo de Jordan que ni siquiera recordaba lo que había pasado entre nosotras. —Quiero disculparme por lo de la otra noche —se rasca la cabeza—. No debí haber reaccionado de esa manera... Oh, a eso se refería. —No te preocupes, Ámbar. De todos modos, ya lo olvidé. Además, tal vez fue una falta de respeto que no te haya tenido en cuenta cuando dejé que Diego se sentara con nosotras, así que en parte es mi culpa —expongo. —No, no. Para nada —niega con la cabeza—. Solo intentabas ser amable... —Bien. Me alegra que todo se haya aclarado —levanto el dedo pulgar. —Oye, ¿estás bien? —cuestiona, frunciendo el ceño y acercándose a mi rostro. Siempre trato de decir que me encuentro perfectamente aunque mi semblante diga lo contrario; sin embargo, en este instante no tengo ganas de ocultar que estoy fatal. —Me siento como la mierda —escupo. —¿Y eso? ¿Qué te pasó? —coloca la mano sobre mi hombro. —No tiene caso hablarlo, de todas formas no lo puedo remediar. Y de una vez te digo que no tiene nada que ver con Diego —garantizo de antemano. —No he dicho nada... —Pues para que ni se te ocurra pensarlo —establezco. —Está bien, está bien —lo acepta—. Dime, ¿quieres que te acompañe a casa? Podría quedarme contigo toda la tarde, y de paso me invitas de ese vino —me brinda una cálida sonrisa. —Para ser honesta, no tengo ánimos para hablar de mis problemas —manifiesto. —No tienes que hacerlo. Solo beberemos juntas y charlaremos de asuntos triviales. ¿Te parece bien? Es una propuesta interesante. La compañía de Ámbar siempre me hace sentir muy cómoda y mejora mi actitud. Creo que podría acceder a un poco de consuelo. —De acuerdo —mi expresión rígida se aligera y logro sonreírle genuinamente. Empezamos a caminar y atravesamos la entrada principal, en lo que alguien llama a Ámbar desde la distancia. Ambas volteamos hacia esa persona y me percato de que es nada menos que esa chica, Tatiana. La poca esperanza que había nacido en mí de lograr que este día tuviera aunque sea una pizca de color, se derrumbó al ver que Ámbar iba corriendo a su encuentro, dejándome atrás. No puedo evitar quedarme anonadada, pues ni siquiera le tembló las piernas, sino que se acercó a ella sin al menos pedirme que la aguarde un segundo. O tal vez solo estoy exagerando, pero en el estado tan irritante al que estoy sumida, no se puede esperar otra cosa. Conversan durante unos segundos, en lo que noto que la joven incrusta su mirada en mí, una poco amigable para variar. Entorno los ojos y aprieto los labios, pues su expresión me parecía más un desafío, y aunque no pude deducir sus razones, no estaba dispuesta a dejarme intimidar, así que le devuelvo la mirada. Ámbar se aproxima de nuevo a mí, pero aquella chica no se marcha, sino que se queda en el mismo sitio, observándonos. —Dalila, ¿crees que podrías ir sola para tu casa? —pregunta, rascando su mejilla con el dedo índice. Mi cabeza comienza a echar chispas y me salen humos de la nariz, en lo que suelto una risa sarcástica. —Perfecto —respondo y me dispongo a caminar, en lo que se coloca frente a mí. —No estás enfadada, ¿cierto? Claramente lo estoy. —No, para nada —le lanzo una hipócrita sonrisa. —¿Hablas en serio? Porque evidentemente me estás asesinando con esos ojos —asume—. Solo iré con ella un momento para... —No me importa, Ámbar. Haz lo que quieras. —¿Pero porqué estás actuando así? Deberías al menos dejar que te lo explique —se exaspera. —Ah, ahora soy yo la que tiene que escuchar y ser comprensiva, cuando tú ni siquiera lo intentaste con lo de Diego cuando lo único que hizo fue sentarse en nuestra mesa —reclamo. —No tiene nada que ver una cosa con la otra, Dalila —declara. —Oh, claro. Tienes razón, no es una situación similar, ya que hay una gran diferencia entre que Diego se haya sentado con nosotras y el hecho de que tú estés ignorando tus propias palabras por irte con ella —la apunto sin miramiento. —¿De qué estás hablando? No he ignorado nada —se defiende. —¿No fuiste tú quien me propuso pasar juntas toda la tarde? —rememoro. —No dije que no lo haría, solo la acompañaré y luego me iré a tu casa, por supuesto que cumpliré contigo —alega. —¿Pero por quién demonios me tomas? No soy tu plato de segunda mesa. Si te vas con ella, no vayas a mi casa, ¡olvídate de mí! —alzo la voz, llamando la atención de los que están a nuestro alrededor. —¡¿Cuándo te he prohibido estar con tus amigos?! —Ámbar también reacciona. —¿Me saldrás con el cuento de que esa chica es tu amiga, sabiendo lo que sucedió entre ustedes? —lo digo en tono bajo para que sea Ámbar la única que me escuche—. ¿Porqué no me dices la verdad? Te irás a su casa a recordar los viejos tiempos y luego tendrás el descaro de irte a la mía, oliendo a su perfume barato... ¡Estás loca! —¡Basta ya! —me toma de los brazos con firmeza—. Si no estás dispuesta a estar conmigo, no tienes derecho a reprocharme nada. —¡Entonces vete con ella! —la empujo, logrando que me libere—. ¡Lárgate con quién se te dé la gana! Me mira desconcertada por mi reacción, confundida ante la situación. ¿Cómo fue a terminar todo de este modo? —¿Pero qué es este escándalo? —Paloma aparece en escena. Tatiana se aproxima a Ámbar y la sostiene del brazo. —Vámonos —dice casi en un susurro. La estira hacia ella y la aleja de mí, mientras que Ámbar no aparta la mirada de la mía. Al cabo de unos segundos, se marchan. —Oye, ¿estás bien? —pregunta Paloma—. Digo, claramente no lo estás pero, ¿qué fue todo eso? Chasqueo la lengua y camino hacia el sendero que me lleva a casa, en lo que Paloma sigue mis pasos. —¿Simplemente me ignorarás? —cuestiona. —¿Qué es lo que quieres saber? —Pues, un par de cosas —responde—. ¿Porqué luces como una granada a punto de explotar? ¿Porqué gritaste a Ámbar de esa forma? Nunca las había visto discutir, debo admitir que me sorprendió —señala. —No es un asunto que te incumba... —suelto, acelerando mis pasos. —¡Wow! En un descuido, también terminarás gritándome a mí —desata una risita. Ubica su mano en mi hombro, deteniendo mis movimientos e instándome a voltear hacia ella—. ¿Y bien? ¿Vas a quedarte callada para siempre o me dirás qué es lo que te tiene así? Respiro profundo y aparto la mirada, masajeando mi nunca. ¿Qué fue lo que hice? Simplemente descargué mi ira en Ámbar, quien no tenía la culpa de nada. ¿Desde cuándo me importa tanto con quién está? Ese en definitiva no es algo que me conscierna, además, como bien dijo, ella nunca me prohibió estar con mis amigos o con alguien en particular, claramente la puse en una posición complicada. De pronto, toda mi rabia se transforma en lágrimas, las cuáles se desplazan por mis mejillas como grandes e interminables cataratas. —Y-Yo... Yo nunca quise hablarle así... —me lamento mientras rompo en sollozos. —Ya, ya, cariño. Está bien —se aproxima y me envuelve con los brazos, en lo que me da unas palmaditas en la espalda—. Todos tenemos nuestros días malos... —Soy una insensible, no merezco tener amigas tan buenas... —me recuesto en su hombro. —Si fueras una insensible no estarías llorando —asume—. Sin embargo, me consume la curiosidad. ¿Porqué estás tan enojada? Me refiero a que, toda la mañana te veías como si lo estuvieras, pero no entiendo porqué o con quién —señala. Me enderezo de nuevo y seco mis lágrimas. —Es... Es un asunto personal —manifiesto. —¿En serio? —arquea una ceja—. Supongo que, siendo ese el caso, no me lo dirás ni aunque anduviese detrás de ti todo el día —comprende. —No me lo tomes a mal. No se trata de que no confíe en ti, sino que preferiría no hablarlo con nadie —expreso. —Está bien, tranquila. No te preocupes —me insta a seguir caminando—. ¿Qué te parece si te acompaño a casa? También puedo ser buena compañía —propone, a lo que asiento con la cabeza. Y la verdad es que todo este caos solo se resume en un nombre. Jordan.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR