—Sí —susurró, conteniendo las lágrimas que de repente amenazaban con abrumarla. Que su padre aceptara su valía significaba muchísimo para ella. Sabía lo difícil que era para él y, aun así, se había dejado convencer por su padre, en contra de su buen juicio.
Puede que sea la única persona que pueda salvarlo, papá. Necesito ayudar a Kothi, y no tiene nada que ver con su creencia errónea de que somos compañeros. Ser una manada se trata de ser familia, pero ser Vârcolac... no sé cómo describir mejor cómo siento ese vínculo. Lo más cercano que puedo llegar a decir es que es como si todos tuviéramos el mismo vínculo que tú tienes con el tío Andrei. No sé si tiene mucho sentido, pero es lo que siento.
Su padre permaneció en silencio un largo rato y luego asintió. —Tiene todo el sentido del mundo, pero no voy a mentir diciendo que me alegra esto, porque no es así. Lo que sí diré es que respeto tu decisión y creo en ti tanto como cualquier otra persona en esta sala. Si Rafe está de acuerdo en que vayas a Europa, no me opondré más—. El tono áspero de su voz era el único indicio de las intensas emociones que estaba reprimiendo.
Al mencionar su nombre, Rafe resopló y rodeó su escritorio para acercarse a Dara. —Me alegra saber que alguien notó que seguía en la habitación—. Había un dejo de diversión en su tono, aunque su expresión era seria. —Al contrario de lo que cree tu padre, no quiero que vayas a Europa más que él, Dara.
—Pero, Rafe...
El Alfa le dedicó una leve sonrisa cuando su expresión se tornó de asombro, y fue a decir algo más: —No, escúchame, Dara. Dije que no quiero que vayas a Europa, no que te lo impediría. A diferencia de tu padre, tengo que pensar en las necesidades de la manada en su conjunto, y ahora mismo tres de mis miembros más valiosos están desaparecidos y no sabemos con certeza qué les ha pasado. Con el reciente ataque contra nosotros, necesito que los tres regresen sanos y salvos.
Con un profundo suspiro, le puso las manos en los hombros. —No podemos pedirles a los vampiros que se vayan porque estamos lejos de preparar suficiente antídoto para el veneno de Amort. No podemos arriesgar a que nuestros aliados sufran lo que sufrió Pietro. No puedo enviar lobos porque Kothi no solo se esconderá de ellos, sino que los vampiros europeos ejecutarían a cualquiera que yo enviara. Y si a eso le sumamos que eres la única que parece poder rastrear a Kothari, eso significa que tienes la mejor oportunidad de encontrarlo. No me queda otra opción que enviarte a ti.
Kallum frunció el ceño mientras escuchaba, sopesando las palabras del Alfa y sintiéndose incapaz de discrepar de nada. Sin embargo, tenía una idea: —Podrían ir más de un Vârcolac. Podría acompañar a Dara, ¿y quizás también a Elina?
Rafe ya negaba con la cabeza antes de que el joven terminara de hablar. —Kothi se ha escondido de todos ustedes, excepto de Dara. Aunque no entiendo del todo qué le pasa por la cabeza ahora mismo, mi instinto me dice que se escondería de todos si Dara se lleva a alguien más. Es como si casi la invitara... como si le estuviera diciendo que la necesita con él. Su necesidad de encontrar a Gard y Rayne es primordial, y probablemente solo confía en sí mismo para hacerlo, y posiblemente en Dara.
—¿Pero qué hay de la desaparición de Gard y Rayne? —intervino Cedar—. Alguien o algo logró llegar hasta ellos, y son los seres más antiguos que pisan este planeta. ¿Cómo estarán más seguros Dara o Kothi allí solos?
Dara se acercó a su madre, tomándole las manos y ofreciéndole una sonrisa tranquilizadora. —Nadie dice que esta misión no sea peligrosa, mamá. Prometo que no me pondré en peligro imprudentemente si es posible, pero tenemos que hacerlo. Tenemos una ventaja: saber que hay alguien ahí fuera tan poderoso que podría vencer a Gard y Rayne. Gard no tiene el poder de ocultarse a sí mismo y sabes que Rayne nunca lo abandonaría protegiéndose cuando él era vulnerable. Es diferente para Kothi y para mí, ya que ambos tenemos ese poder y lo usaremos para protegernos.
—También podemos usar algunos de los contactos de Caleb allí, Cedar —añadió Rafe—. Dara no estará completamente sola. Tenemos aliados en Europa a los que puede recurrir mientras rastrea a Kothari.
—¿Piensas preguntarles a Caleb y Annie qué piensan sobre este plan? —preguntó Andrei. Su tono dejaba claro que no veía la necesidad.
—Annie ya tiene bastante con lo que lidiar —suspiró Rafe—. Gard es su hermano tanto como yo, y su desaparición le va a doler mucho. Les informaré de lo que estamos haciendo y le pediré a Caleb que me contacte, pero esta misión es principalmente para la manada. No les pido permiso para enviar a Dara. Les diré lo que está sucediendo.
Cuando nadie hizo más preguntas, el gran Alfa le dio a Dara un fuerte abrazo; su orgullo y preocupación se reflejaban en su vínculo Alfa con ella. —Guarda el diario de Kothi. Quizás te ayude a descifrar su forma de pensar cuando estés en Europa. Por ahora, ve y prepara las maletas. Necesitamos prepararte los documentos de viaje y llamaré a Caleb para ver si podemos usar su jet privado.
—Si necesitas documentos de viaje para Dara, ¿cómo demonios llegará Kothari a Europa? —preguntó Pietro, atrayendo todas las miradas. Tenía razón. Ningún Vârcolac tenía documentos de viaje formales.
—No pudo acudir a ninguna de nuestras personas habituales —reflexionó Alexei, con expresión pensativa.
—No, no podría —asintió Andrei, con una expresión similar a la de su hermano—. Cualquiera de nuestros agentes autorizados presentaría la solicitud, como es habitual en el consejo de hombres lobo o de vampiros. Tendría que negociar en el mercado n***o y conozco a la persona ideal que probablemente aceptaría su solicitud.
—Dame esa información —dijo Rafe mientras sacaba su teléfono para llamar a Caleb—. Podría ser un buen punto de partida para Dara cuando esté lista para partir.
La reunión concluyó, todos salieron de la casa de los Alfas y Dara regresó con su familia para comenzar los preparativos. No podía negar que había cierta emoción por la misión, pero también estaba llena de inquietud. Todo dependía de su interpretación del diario de Kothi. Si se equivocaba y él no creía que ella fuera su ángel... las cosas podrían no salir tan bien como ella esperaba.
*****
Avanzó en silencio por el oscuro callejón, evitando la basura desbordante de los contenedores a ambos lados. Le había llevado un tiempo descubrir quién sería la persona más indicada para acudir, tiempo que no podía permitirse perder. Ya era de día y no tardaría en que alguien fuera a verlo y descubriera que había desaparecido. Necesitaba estar lejos cuando eso ocurriera, y nada se lo impediría.
Vestido completamente de n***o, se habría fundido con las sombras turbias del callejón, si alguien hubiera podido verlo. En cambio, era una brisa pasajera para los indigentes medio dormidos que temblaban bajo las pilas de basura y periódicos viejos con los que habían intentado calentarse durante la noche.
No los vio, no como otros lo habrían hecho. Eran un destello vago en su visión periférica, marginados de la sociedad que no representaban ninguna amenaza para él. Con la mirada fija en su objetivo, avanzó con paso seguro hacia la descolorida puerta metálica roja que era su destino. La cruel curva de su labio inferior fue su única reacción visible ante la puerta cerrada. No era un obstáculo para él, y ni siquiera le importaba que, si alguien miraba, la puerta se abriera milagrosamente sola.
La puerta cedió ante su fuerza sobrenatural con apenas un chirrido, y el vampiro que estaba dentro giró los ojos sobresaltado al abrirse. No vería nada, y eso lo sorprendería lo suficiente como para que Agonía se deslizara sin obstáculos junto al desprevenido hombre.
El seguimiento era una de sus facetas favoritas de ser Vârcolac. Esa habilidad única de manipular la luz para ocultar su apariencia física, así como para enmascarar por completo su olor, le había traído mucha satisfacción a lo largo de los años. Así fue como se liberó de las riendas de su manada. Así descubrió por primera vez a los pretorianos que los protegían. Le permitía ocultar su existencia a los seres inferiores que lo rodeaban, con la excepción de aquellos a quienes Rhianna les había permitido verlo.
Seguía enfadado por ello, incluso después de todos estos años. Los Vârcolac eran visibles entre sí, y también para el Triunvirato. Lo que Rhianna había hecho era hacerlos visibles también para sus padres. No importaba que ambos padres hubieran podido detectar su presencia, ya que su madre era Vârcolac y su padre, m*****o del Triunvirato. Los demás podrían haber estado cerca de sus padres, pero los hechizos de Rhianna habían cambiado eso una vez que descubrieron que los niños tenían esta habilidad. Si bien lo había hecho para que solo los padres de cada niño y los Alfas de la manada pudieran ver a través de sus habilidades, aún lo irritaba muchísimo. Si sus padres no hubieran sido quienes eran, la magia de Rhianna les habría dado la capacidad de verlo, y esa ira bullía en su interior y siempre lo había hecho.
Conteniendo el profundo suspiro que amenazaba con delatar su presencia, dejó a un lado las reflexiones infantiles de un tiempo lejano y continuó por el sucio pasillo hacia el hombre al que había venido a ver. No valía la pena pensar en ello, no valía la pena dejarse llevar por la rabia que constantemente habitaba en su alma.
Al entrar en la habitación al final del pasillo, observó la expresión confusa que cruzó el rostro del hombre con otra cruel mueca. La agonía se desvaneció a un lado mientras el hombre se levantaba y caminaba hacia la puerta abierta, mirando al pasillo hacia su guardia, quien se encogía de hombros. Faraday era un hombre alto, hermoso como todos los vampiros, pero con una frialdad en sus ojos azules que denotaba una crueldad manifiesta. Era viejo, posiblemente de unos mil ochocientos años, lo cual era sorprendente para alguien en su posición.
Agonía se movió para pararse bajo la ventana oscurecida, mientras observaba a Faraday cerrar la puerta y regresar a su asiento detrás del escritorio. La gracia desenfadada de los movimientos del vampiro denotaba poder y gran velocidad, así que quizá no le sorprendía que hubiera envejecido tanto. Algo en el otro hombre llamaba a Agonía, y tardó un instante en comprender qué era. Este hombre, aunque inferior, había logrado alcanzar un estatus casi Antiguo a pesar de sus inclinaciones criminales. Eso significaba que sobresalía en lo que hacía y que no debía subestimarse.
Podía identificarse con eso, comprenderlo e incluso respetarlo. Había una alta probabilidad de que Faraday sobreviviera a este encuentro, a menos que cometiera una completa estupidez. Cansado de su pequeño juego, liberó sus habilidades de sombra, haciéndose visible para el otro hombre. La velocidad con la que Faraday se movía lo impresionó, incluso mientras bloqueaba fácilmente las garras dirigidas a su garganta y le rompía ambos brazos a su atacante.
Faraday era fuerte, pero no rival para las habilidades mejoradas de Vârcolac de Agony. No le costó mucho levantar al vampiro que forcejeaba y obligar al otro hombre a tumbarse boca abajo sobre su escritorio. Sujetándolo allí, Agony se acercó a su oído, absorbiendo el acre aroma a miedo que de repente inundó la habitación. Era un aroma embriagador, uno que le encantaba, y sabía que Faraday era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que el intruso lo había superado en su guarida.
—No quiero matarte; sin embargo, no tengo el mismo reparo con respecto a cualquier otra persona que entre en esta habitación. Te sugiero que te calmes y escuches lo que tengo que decir, a menos que estés dispuesto a perder a todo tu equipo cuidadosamente seleccionado, disperso por este edificio.
—Déjame subir —siseó Faraday, con la furia entrelazada con el miedo. El hecho de que mantuviera un tono tan bajo como el de Agonía era un claro indicador de que era consciente de la gravedad de su situación.
Agony lo soltó, retrocedió un paso y observó en silencio cómo Faraday probaba la curación de sus brazos levantándose del escritorio. Cuando se giró para ver al intruso, había furia manifiesta en sus ojos, así como una buena dosis de respeto.
—¿Quién eres y qué quieres?