Intenté ocultar las ganas que tengo de soltar una enorme carcajada cuando esta se come el suelo con ese cuerpo de mosquita muerta, pero dejo que mi seriedad fluya. — ¿Eres idiota o que?— se levanta con ayuda de Abel que le ofrece la mano. — ¿Idiota?, no amiga te aconsejo que vayas con un oftalmólogo, al parecer tienes pérdida de visión. — Tú la viste, Abel. — Yo no vi nada, Kassandra. — Puedes irte tranquila, no tienes ni un hueso roto— vuelvo hablar. — Esto no se va a quedar así— dijo y se fue hecha una furia. La puerta es azotada por ella mientras dirijo mi mirada a la de Abel que me observa con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón. — No debiste, pequeña. — La que no debió de amenazarme fue ella, quien me busque me acaba encontrando. Este se vuelve a su escritorio

