El nexo que me une con la criatura que llevo dentro de mí hace que mis planes de salvar a Abel se conviertan en una misión imposible porque ante todo va la vida de nuestro bebé. —Este es el milagro que he estado esperando—dice José después de salir en estado de shock. —¿Estuviste rezando?—pregunté sorprendida. —¡Exacto!, todo lo que no he rezado en mi vida lo he hecho en estos últimos días. ¡Gracias Dios!, cumpliré mi promesa—añade mirando hacía arriba. Alcé las cejas. —¿Qué prometiste? —Es entre Dios y yo, ¡No te metas, Chloé! —Como quieras—agregué molesta, pero luego acaricié mi vientre y pienso en la posibilidad de que mi bebé puede que nunca conozca a su padre. Dos días después... —Compañera, vamos rápido, acaba de aparecer un donante para Abel—entra Víctor al consultorio. Sa

