Sentía ese pasillo muy largo, por más que corría este no acababa y lo peor de todo es que las fuerza se me estaban agotando antes de llegar a Abel, antes de ver al hombre que amo en una cama recostado en medio de aquel lugar frío que es el quirófano y lo que más me quitaba el aliento es sentirme impotente al no poder hacer nada para salvarle la vida. —Chloé, será mejor que no entres—sugiere uno de mis compañeros. —Es mi esposo, necesita de mí—digo entre lágrimas. —Ahora lo mejor que puedes hacer es tranquilizarte, y confiar en nosotros, haremos nuestro trabajo lo mejor que podamos. —NO, NO PUEDO DEJARLO SOLO—repito otra vez. —Entonces Víctor me saca de ese lugar dejándome sola en aquel maldito pasillo. Una de las normas es, cuando un médico está afectado porque el paciente es un fami

