Desperté y rápidamente tomé mi teléfono para saber si tenía alguna notificación de Nate, y así fue. Quería que comenzara hoy en una hora. Rápidamente quite todas las cobijas que tenía sobre mí y entre al baño, me di una ducha, me cambie y baje a desayunar. Mientras preparaba mi café vi una nota pegada en la heladera.
Querida Elena:
Tuve que volver a México, lo siento.
Te amo y cuídate bien de ti.
—Mamá.
Genial, otra vez sola en esta enorme casa. Me preparé un sándwich por si acaso y lo guardé en mi bolso. Guardé algunas hojas y lapiceras que creí necesarias y así salí ya lista para mi primer día.
Apenas comencé a conducir noté el transito que había, por suerte salí antes y conocía un atajo para llegar. Me metí en una angosta calle cuando de repente oí un ruido y al ver por el espejo retrovisor noté que había pinchado una rueda. Maldecí por dentro y fuera, tenía que ser una broma. Estacioné como pude y bajé, aunque la calle parecía bastante peligrosa. Busque en el baúl la rueda auxiliar y las herramientas que necesitaba, en mi cabeza esto era sencillo, aunque nunca había hecho esto antes. Por desgracia no era como creí, esto era complicado y al parecer no tenía la suficiente fuerza, me enojaba no ser capaz de cambiar una simple rueda por mí misma, así que tuve que recurrir al plan B, esperar que alguien pasara y me ayudara. A todo esto, solo faltaban treinta minutos para llegar al edificio y nadie cruzaba por esta maldita calle vacía, ya enojada patee la rueda golpeando mi pie, maldecí aún más cuando una camioneta estacionó detrás de la mía.
—Elena ¿Qué haces por aquí tu sola? —era Nate el que bajó de la camioneta y caminó hasta mí.
—Nate, iba a enviarte un mensaje justo ahora. Pinché una rueda y no pude arreglarlo—confesé un poco frustrada y sorprendida porque nos hayamos cruzado aquí.
—Tranquila ¿sí?, puedo hacerlo enseguida, no te preocupes. Esto puede sucederle a cualquiera—inmediatamente comenzó a hacer el trabajo que yo no pude. Se quitó la chaqueta y arremangó su camisa.
—Muchas gracias—dije y me agaché junto a él para pasarle lo que necesite.
—No hay de que, tuviste suerte. Vengo de una reunión en la escuela de Emma, queda cerca de aquí y también conocía este atajo—dijo suspirando pesado luego de eso.
—¿Todo está bien? —pregunté sin notar que me estaba entrometiendo de más.
—Sí, solo que Emma no está adaptándose muy bien, al igual que yo. Además, nos quedamos sin una nana y es aún más difícil hacerlo solo —lo escuché ya que se estaba abriendo conmigo mientras estaba concentrado con la rueda.
—Imagino lo difícil que es para ambos. Y si aún no tienes a nadie en mente para su nueva nana, puedo hacerlo yo hasta que consiga a alguien mas. No tengo gran carga horaria en la universidad, así que podría hacerlo si quieren—le dije tratando de facilitar un poco su vida y tratando de compensar todo lo que hizo por mi hasta ahora.
—No puedo pedirte que hagas eso, supongo que ya tienes demasiadas cosas—me dijo viéndome a los ojos, ya había terminado con la rueda.
—Créame que no, yo me ofrecí. Me gustan los niños y Emma es muy dulce, podría hacerlo—dije tratando de convencerlo.
—A Emma también le caíste muy bien desde el inicio. Realmente no puedo negarme mucho más a que lo hagas, estoy casi desesperado, pero tú eres perfecta—rio el al igual que yo. —De todas formas, hablaré con Emma primero, le encantará la idea. Muchas gracias Elena.
—No hay de que, me alegra poder ayudarlo—dije y ambos guardamos las herramientas en el baúl.
Cada uno subió a su camioneta y conduje detrás de él hasta el edificio. Me mostró todo lo que debía hacer, realmente no era mucho, pero tenía mi propio escritorio. También me dijo que solo estaría allí una hora por día, lo que tampoco era demasiado tiempo.
Al cumplir mi horario me despedí del señor Hills y volví a mi auto. Entré y me coloqué el cinturón, arranque y conduje nuevamente a casa, esta vez por la ruta habitual, nada de atajos. Cuando llegue todo estaba oscuro, no recordaba haber apagado todas las luces.
—SORPRESA—grito mi amiga prendiendo las luces.
—Sam—dije asustada y corrí a abrazarla.
—Elena—dijo y nos unimos en un fuerte abrazo, casi con lágrimas entremedio.
—¿Cuándo llegaste? ¿Cómo demonios entraste? Yo quería recogerte en el aeropuerto—pregunte aun exaltada por tenerla junto a mí, la había extrañado tanto.
—Llegue hace un rato, quería que fuera sorpresa. Y sé dónde dejas la llave de repuesto Elena—dijo riendo. —Además debemos hablar, hay demasiado que quiero contarte—nos sentamos en el sofá y ella me miró con la sonrisa más grande del universo. Inmediatamente me mostró su mano y vi el anillo de diamantes que tenía en el dedo—Voy a casarme.
—¿Es enserio? — pregunté emocionada y parándome para saltar con ella. —Vas a casarte—me emocione con lágrimas.
—Y tu serás la dama de honor.
—Te amo—dije y la abracé fuerte.
—Y yo a ti, te extrañaba tanto—dijo ya llorando y yo junto con ella.
—Yo más a ti, me hiciste mucha falta.
Nos quedamos un rato hablando hasta que me dijo que debía volver a su hotel con su comprometido, dijo que me lo presentaría luego.
Narra Nate.
Recibí una llamada de la escuela de Emma, se había metido en problemas y tuve que ir a buscarla. También debía trabajar así que tuve que traerla a mi oficina.
—Hablaremos más tarde de tu comportamiento—dije enfadado. —Pero debo decirte que ya te conseguí una nana, te cuidara Elena hasta que encuentre a alguien más.
—¿Enserio? —dijo emocionada.
—Sí, así es—quise sonreír porque eran muy buenas noticias. Elena era esplendida y me alegraba haberla encontrado.
Revisaba cada segundo por el vidrio de mi oficina por si Elena ya había llegado o tuvo algún problema. Hasta que la vi salir del ascensor sonriéndole a las demás secretarias, me vio observándola por el vidrio y me sonrió a mí. Emma salió corriendo a su encuentro y abrazó sus piernas.
—Hola pequeña—escuche como Elena saludaba a Emma. —Buen día Nate—esta vez me saludó a mí.
—Buen día Elena—le sonreí e intente volver a concentrarme en lo que estaba haciendo.
—Papi, Elena puede venir a cenar con nosotros esta noche—dijo Em emocionada.
—Claro, si ella quiere—le respondí desando que aceptara.
—Muchas gracias por la invitación, pero lo siento mucho, esta noche tengo una cena en casa de una amiga—dijo apenada. —Tal vez otro día—nos sonrió de lado.
—Claro, puede ser otro día—dije para que Em entendiera.
Mi hija se quedó la hora en que Elena estuvo aquí, a su lado sin despegarse. La quería mucho y ella no suele abrirse así con las personas, hasta yo me abrí con Elena aunque no la conociera tanto, ella inspiraba total confianza.