Reguero de lágrimas en su rostro

2985 Palabras
Quizás, todo lo que había oído de su futura esposa solo eran chismes de pueblo. A él, en lo particular le habían colgado muchos milagritos, como que solo iba jugando con los sentimientos de las mujeres que caían en sus palabras, él siempre había sido claro con ellas, no quería amor, no buscaba una esposa, una novia o una relación, solo quería lo que podían ofrecerle respecto al placer. No entendió en que momento, se había convertido en alguien tan diferente a lo que había sido. Tal vez, todo se debió a que de ese modo no había ninguna amenaza de dolor, si era que volvía a perder a alguien que amara. Aun así, con toda su reticencia, se había arriesgado una vez, al creer estar enamorado. Pero no fue lo que pensaba y había estado en una relación que solo iba por parte de él, ella no se involucró tanto como le hiciese creer. Esa mujer logró sacar lo peor de él, a ella le debía el nuevo, Daniel. Aquella mujer, a partir de ese momento sería solo un pasado gris, del que no volvería a hablar. ––Y dime, le echaste toda aquella vaina, de que no buscabas amor, ni compromiso, si ella quería solo sexo, pues así sería. Puro placer del bueno ––Luifer, lo sacó de sus pensamientos. Daniel, sonrió con desdén y negó con la cabeza. ––No fue necesario, ella no es mi tipo de mujer ––dijo con amargura, mientras tomaba de la Champaña. ––Si, claro ––su amigo se burló––. Maldita sea, Gossec. Esa mujer es el tipo de mujer que cualquiera quisiera tener, y me vas a venir con esas pendejadas —Luifer, habló entre dientes, mientras le sonreía un tanto sombrío a Anna Collins, quien los había estado observando desde hacía minutos. —Esto no es por amor, es un acuerdo —le recordó mirándolo icástico. ––Pues… tendrás que echarle mucha fuerza de voluntad, porque no será fácil, convivir con ella bajo el mismo techo ––y su amigo tenía razón, pero no lo admitiría—. Todo un reto, tu reciente esposa. No pudiste haber hecho mejor elección —asintió sonriendo con burla, mientras llevaba la copa a sus labios, mirando con detención a la joven que ahora se le acercaba a su nana. Daniel, sabía que su amigo no estaba de acuerdo con su plan de matrimonio sin amor, por lo que no se molestó por su comentario. —El que no sea por amor, no quiere decir que iba a escoger a la primera que pasase por el frente —dijo mirando a su amigo con reticencia— Ella es, perfecta. —Así es… toda una fierecilla indomable, con rostro de ángel —repuso su amigo con una sonrisa. —Al menos no pretendo domarla… A ti, ¿cómo te está yendo con tu niña? —regresó el gancho a su amigo. —Espero que bien… —dijo respirando con pesadez. —Te noto ansioso… ¿Te preocupa el comportamiento beligerante de tu próxima víctima? Luifer, lo miró serio por un momento. Pero sabía que esos ganchos al estómago eran por sus arremetidas burlas sobre el casamiento. —Confío en que todo estará bien, ya sabes que soy un hombre precavido. —Qué bien, ¿porque si sabes lo que dicen?: que quien duerme con muchacho amanece… —Mejor… anda y busca a tu fierecilla que está como perdida ¿No deberían de estar posando pa’ la fotico y eso? Ya sabes para el recuerdo. Daniel, buscó raudo con la vista a su flamante esposa, pero no la vio. Observó que la señorita Anna Collins, estaba en el salón, pero sin Katherine. ¿Cuánto más durará este teatrito? Katherine se sentó en un lugar apartado de todos los que se hallaban en la casa. Cerca de un florero, en donde aparecía enmarcada una foto suya de cuando celebraron sus quince años. Fue el único cumpleaños que disfrutó en grande y en el que creyó que su padre en verdad la quería. Menudo engaño, días después lo había oído discutir con la Señorita Collins, sobre su actitud luego de pasado el evento, él había vuelto a su apatía, a ser distante con ella. Su padre le había dicho insolente a su institutriz y encima de eso le había recordado que su único deber era para con su hija. Buscó a su padre con la mirada y lo encontró hablando con Daniel, su ahora esposo. Esa palabra pesaba demasiado para procesarla en un solo día y mirarlos juntos, era como observarlos, coludiendo un plan perfecto, que hiciera imposible la llegada del amor a su vida, convirtiéndola en la anti-tesis del amor. Decidió que debía buscar otra opción en que cavilar. Así que observó con detalle su casa. Bueno la que a partir de entonces sería su antigua casa, las escaleras que llevaban hasta su habitación, el pasillo que llevaba a la cocina y las habitaciones de servicio, el enorme tragaluz en el techo de la casa con un vitral de seguridad de una mariposa posada sobre una flor. Las paredes de color melocotón y las cortinas que cubrían los enormes ventanales de la casa. Sin darse cuenta había caminado y se encontraba en la enorme biblioteca de dos pisos. ¿Puede alguien como su padre tener una colección igual? ¡Oh, claro que sí!, se respondió a sí misma. Él puede tenerla, le había sido útil durante su estancia en aquella fría mansión, más parecido a un mausoleo. Aunque todo haya sido un acuerdo entre Daniel y ella, por muy utópico que pareciera, pensó que quizá Guillermo objetaría su resolución, amenazaría con internarla en un psiquiátrico, cualquier cosa que le hiciera desistir, todo quedó en eso, una utopía, pues su padre se había rendido, sin dar batalla. ¡Qué tonta había sido! Su padre la apoyó de modo inesperado, solo mostró algo de resistencia al principio, pero de la noche a la mañana tras su regreso luego de la primera discusión, sin dramas, ni reproches Guillermo Deveraux había cambiado de parecer. ¿No podía ver que su única hija no había sido feliz? Lo cierto es que la felicidad no la había conocido, los momentos alegres no eran parte de la felicidad, sino más bien breves presentes que la vida le había concedido, haciendo méritos para ellos. Tal vez, Dios tenía otro plan para ella en la vida. Se sintió tan marcescible, adherida al vacío, todo estaba incompleto e inconexo en su vida. Los años habían estado pasando, como el cambio de las hojas de los árboles en verano, como el viento que arrastraba las cumulosas nubes de un cielo azul, igual que pasaba la lluvia trayendo vida a los arroyos, verdor a las plantas y reverdecer el pasto. Todo cambiaba, menos el vacío en su corazón, todo avanzaba o progresaba y ella se sentía estancada en el fango perenne del desamor, a causa de quien debió amarla con incondicionalidad. Una lágrima resbaló por su mejilla rozando la comisura de sus labios, la misma siguió su curso y cayó en el escote de su pecho, cerró los ojos y las demás salieron de igual manera y sin ser detenidas. Al menos se permitiría llorar esa vez, después de todo nada había cambiado, el nudo en su garganta se hizo más grande y las lágrimas seguían corriendo a borbotones, le estaba costando respirar, porque no quería llorar alto, su vida privada y sus sentimientos, siempre habían sido suyos, no debía compartirlo con nadie más. —Después de todo, si eres infeliz en tu castillo, princesa —soltó una amarga sonrisa, cargada de sarcasmo y se hundió en el asiento que tantas veces a hurtadillas miró a su padre ocupar. No se llevaba nada de aquella mansión, tan solo uno que otro grato recuerdo, discusiones y el resto de una inocencia perdida y desgarrada por la ausencia de su madre y la falta de afecto de su padre. —¡Katherine! —La sedosa voz de Daniel, captó su atención desde la puerta entreabierta del estudio. La luz iridiscente del pasillo se filtraba por el espacio dejado entre el marco y la puerta de madera blanca, no había más que la luz amarillenta de la lamparilla sobre el escritorio de su padre. Limpió el reguero de lágrimas en su rostro y sorbió su nariz con una servilleta, miro hacia la luz que bordeaba a Daniel como si fuera un halo y notó sus cabellos dorados como las espigas del trigo que le caían sobre la frente, dando un marco superior a su rostro, sus ojos suspicaces, tan azules como el mar, la observaron con cierta pena. Le provocó soltar la risa, pero se contuvo, porque si reía, capaz comenzaba a llorar como una tonta. Comprendió el porqué de su fama de seductor, fuera esta cierta o no. Agradeció que al menos, no estuviera casada con un hombre de mediana o grotesca belleza, todo lo contrario, aunque no lo dijera en voz alta debía admitirlo. Se detuvo en sus labios rojos y entreabiertos, como si fuera a decir algo. Rogó que no dijera nada, solo quería estar envuelta por el silencio. Temió que él tuviera ese talento de leerla, con solo mirarla. Supo en el momento en que miró sus ojos que sabía lo que ella estaba sintiendo, pero que la viera con pena le dolió. Para él, verla en el momento más vulnerable como ese, fue algo inesperado. Katherine, siempre se mostraba altiva, imponente y decidida, pero observar su rostro y sus ojos enrojecidos por haber llorado, de alguna extraña manera le dolió y le molestó a la vez, porque se imaginó el motivo de aquella tristeza, la boda no había sido del modo más tradicional, apenas si se conocían y había insistido en que no debían involucrar los sentimientos, que no habría roces entre ello que pudieran interpretarse como afecto, se debían tratar como dos amigos, solo eso y en un principio estuvo de acuerdo, porque él tampoco quería involucrarse mucho más, de lo que ya estaba con ella. Se convenció al percibir la determinación con que ella había hablado, pero justo en ese momento, lo dudaba, desde que la vio llorar sintió deseos de protegerla, abrazarla y asegurarle, que él no la haría llorar. Negó con la cabeza mientras apretaba los dientes para no decir lo que no debía. Miró hacia otro lado para no ver aquellos ojos grises, afligidos y desesperanzados. Pensó en dejarla sola. Era más que visto, que ella necesitaba tiempo para despedirse de aquel lugar. —¿Qué quieres? —inquirió con acritud. Él la miró a los ojos sin inmutarse— ¿Has estado llorando? —le preguntó, con un tono exigente de respuesta. ¿Cómo podía ser ácida para algún comentario, mostrarse tan arrogante hace un rato y ahora estaba encerrada en aquel estudio, encogida en una silla llorando? —Sí, se puede llorar de felicidad ¿o no? —allí estaba su boca sarcástica irguiendo una muralla entre ella y él. Quiso responderle con el mismo sarcasmo, recordándole su comentario sobre que aquello no era una ceremonia de felicidad, sino un sepelio y en los sepelios estaba bien llorar. Pero creyó más conveniente callar, después de todo tampoco disfrutaba de su tristeza, era tan bella que no le parecía justo que llorase y se le hacía difícil enfocarse en ser cruel con ella teniéndola tan vulnerable. Volvió a sentir aquella necesidad de abrazarla y darle consuelo, tal vez, diciéndole que todo iba a estar bien, cuando lo más que había estado queriendo hacer desde que la vio aparecer por las escaleras era besarla y reclamarla como suya. —Debes controlarte —trató de apaciguar ese sentimiento. Katherine, volvió a ver compasión en su mirada, sin duda no le gustó. Lo último que ella necesitaba era que él fuera compasivo. —Nos vamos —fue imperativo y distante, apegándose a la razón de que, si no aparentaba interés en ella, sería mejor su convivencia. Lo vio dudar por un momento, pero al final salió del mismo modo en el que entró. —Y ya se está tomando el papel de marido muy en serio. ¡Estúpido! —espetó, tirando la copa en dirección a la puerta por la que segundos antes él había salido. La copa quedó vuelta añicos en el umbral. Unas lágrimas prisioneras se escaparon por su mejilla, pero las limpió con sus manos, y respiró un par de veces para aplacar la rabia y el dolor. Miró su rostro en el espejo antes de salir del lugar, había un pequeño y delgado sendero dejado por sus lágrimas, presionó sus manos en ambas mejillas, secando lo que quedaba. Salió de la habitación y al darse vuelta, encontró a Daniel apoyado en la pared observándola, sus miradas se enlazaron y aun cuando quiso apartarla, no pudo. Su mirada era como un imán que atraía la suya, adhiriéndola. Un escalofrío despertó su piel en un leve hormigueo, que pasó caminando por su estómago y se alojó en su vientre. Se deshizo de esa extraña sensación y desvió la mirada. Caminó para salir del pasillo, pero al pasar a su lado, él la tomó por el codo y la hizo retroceder, estrechándola contra la pared detrás de ellos. Sus respiraciones se juntaron mezcladas con whisky, champagne, la vainilla de su perfume y el cítrico y almizclado de la fragancia de él. —¿Que estás haciendo? —Protestó. —Lo que he estado deseando hacer desde que te vi bajar esas escaleras, ángel —respondió él, con su voz cadenciosa y la mirada sobrecargada como un cielo decretando tormenta. Permaneció inclinado sobre ella con una mano a la altura de su cabeza y la otra sujetando su cintura, ese toque fuerte, conteniendo cualquier movimiento, solo mirándose esperando a que cualquiera decidiera a dar el paso siguiente. —He visto como me miraste allí adentro hace un rato. ¿Me detallaste ángel? —inquirió él con ese tono seductor y una sonrisa torcida. —Puedo mirarte como se me venga en ganas —respondió ella sintiendo que se había olvidado de respirar. Daniel le devolvió una sonrisa. —¿Te gustó? —¿Ah? —No podía creer lo que había insinuado. —Lo que viste. ¿Te gustó lo que viste, hermosa? —seguía manteniendo ese tono jocoso e incitador. Estaba tratando de seducirla y demostrarle que podía envolverla como lo había hecho antes con otras mujeres. —Así es… ¿Cómo las llevas a la cama? —se esforzó por parecer controlada y serena. Daniel se alejó un poco y rió ante su comentario. Ella miró su garganta. —No creas todo lo que oyes. Son sólo rumores —le devolvió la mirada. —Bien. Si lo que pretendes en seducirme, tendrás que esforzarte mucho más… —le aseguró ella colocando una mano en su pecho para alejarlo. Se arrepintió al siguiente segundo de hacerlo, creyó haber sentido su corazón ir demasiado rápido. Sus miradas volvieron a encontrarse y respiró con más esfuerzo. ¿Por qué de repente sentía las piernas como gelatina? Es por el champagne… —Ah. Sí… pues, tengo un amplio repertorio de juegos de seducción, espero que satisfaga tus exigencias, Katherine —la manera en que su lengua acariciaba su boca al pronunciar su nombre le gustaba. Hubiera podido perderse en esos ojos de bruma y plata. Hubiera podido besarla, estaba tan cerca y lo deseaba. Después de todo era su esposa. —No te la pondré tan fácil —ella musitó, empujando con fuerza su mano en el pecho. —Bien. Porque no me gusta lo fácil, ángel —le dijo dejándola libre de la jaula que habían sido sus brazos. De modo inesperado sintió desfallecer, aquella especie de jaula le había proporcionado una fachada de techo o asilo, si tan solo hubiera sido por amor, estaría bien aquel matrimonio, después de todo el granuja no era feo hasta morir. Todo lo contrario. Se dijo a sí misma que debía dejarlo de mirar como adolescente hormonal, que no podía repetirse esa estúpida sensación de hace un rato. —Es un patán —murmuró bajo, para que él no la oyera. El chofer de su padre introdujo las maletas dentro del auto de su ahora «esposo» le costaría mucho acostumbrarse a la palabrita y encima de eso a soportar llevar el símbolo de la unión con fecha de caducidad en el dedo, sintiéndose errada a fuego como si fuera una res. Era un acto de sumisión que no se daba muy bien en ella. Al parecer la vida había estado tratando de hacerle doblegar y someterla, de una u otra manera a un molde que no le quedaba o que ella no necesitaba. Aunque al detenerse a pensar, en cuanto hubo aceptado la propuesta disuasoria de su padre o más bien de coacción, había sido sometida a lo que ella no concebía. ––Verás que no durarás ni dos meses con este teatro, Katherine ––su padre dijo convencido. ––Pues, espera sentado a que te defraude, papá ––ella podía ser tan obstinada como él. Atarse para ser libre. ¡Qué ironía! Le entregó el ramo a Anna y tuvo que retener las lágrimas y fingir que no había sido derrotada. Al menos su orgullo trataría de mantenerlo incólume, frente a su padre y quien pudiera pensar que había sido obligada a ese infausto matrimonio. Miró a su padre a través del vidrio tintado del carro y sintió rabia y dolor y luego algo que le desgarraba desde adentro. Miró al frente ahogando la tentación de girarse y ver hacia atrás. Aquella había dejado de ser su casa, en el instante que había aceptado el matrimonio arreglado, a la vieja usanza del siglo XIX.
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