Debió estar loca, nunca debió escucharlo.
Respiró profundo y giró con nerviosismo el ramo sobre sus manos.
—¡Que comience la función! —Titubeó antes de llegar a la puerta y con voz trémula dijo—: Anna, regálame un abrazo.
Ambas mujeres se envolvieron en un cálido y esperanzador abrazo. No tranquilizaría su alma atribulada, su padre le había quitado el placer de conocer el amor de nuevo, al ser condescendiente en su más reciente dislate con disfraz de decisión. Pero algo cierto era, que su padre no era su salvador.
En su interior, se confesaba una enamorada empedernida del amor, una cursi, que creía en poemas y cartas de amor, que leía novelas románticas con finales felices, pero siempre había amor en ellas. Quizá porque buscaba con determinación, comprender que diferentes y extrañas formas había de expresar el amor. Como si todos esos libros le dijeran de manera secreta, que lo que ella tanto anhelaba ya lo tenía o quizás le diera esperanzas sobre algo a lo que ella de momento, dudaba que existiera.
Tal vez porque soñaba con sentir esa dulce, cálida, lisonjera y torrencial fuerza del amor que describían sus libros.
Aunque para ella tanto el amor como el odio eran genuinos, uno tenía una fuerza sutil e inquebrantable, ambivalente e inexorable. Mientras que el segundo poseía una fuerza voraz, emociones inhóspitas, egoístas, austeras e ínfimas acciones. Pero, al fin y al cabo, genuinas y pasionales.
Quizá, ambos te llevaran por los mismos caminos. Al final de cuentas, con la misma fuerza que se ama se puede también odiar, tal vez era por ello que no había podido odiar a su padre. Ambos sentimientos eran, como el fuego y el hielo, igual de destructivos, tanto si te equivocabas al amar, como si acertabas a odiar a la persona equivocada.
Lo cierto era, que sopesando lo que el amor o el odio podían ser o hacer en la vida de otra persona, estaba ella renunciando al enamoramiento, a la inocencia de amar sin resistirse.
Miró su imagen en el espejo, y era una hermosa y elegante chica de ojos grises, todo parecía perfecto de no ser por el carente brillo en su mirada y la falta de aquellas mariposas aleteando en su estómago, por nervios o por amor. Se recordó no llorar, al menos no frente a Anna, si no quería que la encerrara en su habitación para evitar aquel matrimonio. Se detuvo en el vestido por un rato, para cavilar en otra cosa que no fuera su taciturna mirada, un blanco perla en chifón con degradé en color beige, unido a la altura del cuello por un hermoso broche plateado, con incrustaciones en swarosky, espalda descubierta y pronunciado escote en la parte delantera, con un cinturón de piedras y una pronunciada abertura que llegaba hasta el muslo en la pierna derecha. Ligero y hermoso.
Demasiado vestido para tal teatro… pensó
Salió de la habitación, sin mirar atrás y sobre todo sin mirar los ojos suplicantes de Anna Collins. Necesitaba valor para seguir. Tras varias respiraciones profundas, apuró el paso al encuentro con su futuro inmediato.
Cuando se detuvo en el escalón de descanso a mitad de las largas escaleras en la casa de su padre, todas las miradas se volvieron hacia ella. Era real, estaba pasando.
—¡Allí está tu fierecilla indomable! —Luis, el amigo de Daniel le murmuró al oído con una sonrisa. Su amigo, estaba disfrutando esto más que nadie.
En la sala estaban solo el padre la novia, la nana, el padrino del novio —un amigo del infausto prometido y futuro esposo— y ella, además del juez y la secretaria de jefatura civil. No había más personas que las necesarias y aunque no era como ella lo había soñado o como lo habría querido, agradecía el escaso público y que, Daniel aceptase su petición y que su padre no se pusiera quisquilloso o dejase a su flamante novia de turno, intervenir en una gran ceremonia y mucho menos estar presente, así evitaría la vergüenza de que demasiadas personas se enterasen del impetuoso matrimonio, para luego tener que justificar porque al año de supuesto feliz matrimonio, se estaban separando, quedando como enemigos o conocidos desconocidos o amigos. Patético.
Y, sobre todo, por qué no habría beso al final de la ceremonia. Le extrañó que, en lugar del padre del novio, solo estuviera su mejor amigo. Tal vez la relación entre ellos era tan buena como la suya con su padre. De la vida de su futuro esposo, sabía muy poco.
Guillermo Deveraux, llegó hasta ella y le brindó su brazo en apoyo para conducirla hasta las trincheras enemigas. Como un padre que sirve a su mancebo cordero en charola de plata, para que sea degollado por un truhan, acostumbrado a engañar mujeres. Pero lo que representaba para él, era su completa libertad, ahora ella sería el problema de otro.
—¡Katherine! Estás hermosa —dijo el muy ladino, tomando su mano y besándolo.
Ella lo miró con sorna, mostró una forzada sonrisa y quitó su mano con delicadeza, pero él la tomó de nuevo hasta acompañarla al asiento, frente a la gran mesa en donde estaban la secretaria y el jefe civil.
Esa fue la primera vez que ambos sintieron la proximidad, convirtiéndose en una corriente que atravesó sus cuerpos. Aquel modo en que él la miraba como si sintiera afecto, la descolocaba por completo, pero el que sujetara su mano esa noche, fue de alguna manera, arrolladora e intensa.
La nana se acercó para quitarle el ramo que, sin darse cuenta, había estado siendo ahorcado entre sus manos.
Que estupidez. ¿A quién se supone iba a lanzar el falso ramo de la felicidad?
—Daniel Gossec Monsalve, toma y acepta usted como esposa a Katherine María Deveraux Mateos —la voz áspera y carrasposa del viejo jefe civil, rezumbó en la estancia, haciendo estremecer a Katherine quien ahora apiñaba sus manos sudorosas con fuerza, retorciendo así la tela del vestido en sus muslos.
—Si. Tomo y acepto —respondió él con voz firme y convencida. La miró y observó como retorcía sin parar la tela de su elegante vestido.
Ella le devolvió la mirada, sin terminar de creer que él aceptase, sin titubeos. ¿Qué estás haciendo, Katherine? Su conciencia trato de gritar por encima de su rebelde decisión, pero una vez más la calló.
Era el turno de ella pronunciar las palabras decisivas, mismas que daría un fin prematuro, a su vida de sueños a futuros para dar continuidad a su devastada vida de desamor. Lo único bueno era que al año sería libre y recibiría el fondo fiduciario que su abuelo paterno, había designado para su primer nieto o nieta, bien fuera cualquiera de las dos. Eso garantizaba su independencia absoluta. Luego se iría sin que nada la detuviera.
Todavía se preguntaba como Daniel, se había enterado. Su padre no había comentado nada al respecto, hasta unos dos días antes de la boda, cuando ella le insinuó que no debía preocuparse por su estabilidad económica, entonces se dio cuenta que no había revés en la decisión de su hija. Y un día antes de la boda, llevó al notario y al abogado de la familia.
—Lo tomo y acepto —aquellas palabras salieron de su boca como un autómata.
Parecía no sentir nada, la perplejidad la tenía entumecida por completo. Se oyó tan decidida que pasó desapercibida su verdadera intención.
Daniel, se acercó a ella una vez que el jefe civil los declaró de manera oficial, unidos en matrimonio. Ella se irguió en su metro sesenta y siete mirándolo directo a sus ojos azules, él le concedió una sonrisa y frunció un poco el ceño al observar la sólida plata de sus ojos, escrutándolo. Su respiración se detuvo, ante su actitud, nunca había visto a alguien tan desesperanzada.
Se acercó lo suficiente, para darle un beso en la comisura de sus labios, ella ni se inmutó. Pareció haber apagado sus emociones, ¿en realidad, había perdido toda esperanza de ser feliz?
¿No iba a pelear, a luchar? ¿Tan fácil, se estaba rindiendo?
—¿Estás bien? ¾Él se estaba preocupando de como ella parecía inconexa. Pero solo se limitó a asentir.
Anna Collins, la abrazó por un rato, pero Katherine, no mostró ningún atisbo de flaqueza, en realidad no mostró nada. El siguiente en felicitar a la novia fue Luis, el padrino de la boda.
—¡Felicidades, Señora Gossec! —sintió deseos de reír a carcajadas, pero se contuvo y lanzó al joven una mirada inquisitiva.
—Katherine, él es Luis Fernández un gran amigo y en quien confiaría mi vida ¾lo dijo muy serio así que no lo dudó—. Luifer, ella es Katherine mi esposa.
Lo dijo como si estuviera orgulloso de tal cosa y ella quiso matarlo. Luifer, era de la misma estatura de Daniel, otro rubio con cabellos castaños que a la luz resaltaba el dorado en ellos, unos profundos ojos negros insondables y penetrantes, con esas miradas que atraen y alejan a la vez, muy atlético. Al parecer, al igual que su esposo, parecían creados en un laboratorio con una fórmula perfecta, entendía porque eran amigos, seguro ambos tenían los mismos gustos y conseguían mujeres a granel.
¾Un placer, Katherine ¾aunque lo dijo con una sonrisa, cuando estrecho su mano lo hizo con mucha seguridad.
¾Igual, Luis ¾le dijo ella, mirándolo sin apartar la vista de la suya.
Al llamarlo por su nombre de pila, estableció que no serían amigos por el hecho de que fuera amigo de su recién adquirido esposo. Mientras menos se relacionase con el entorno total de Daniel, entre ellos sus amigos, menos riesgo había de que se involucraran.
Su padre se acercó hasta ella y la condujo al centro del gran salón, el novio también se unió—. Señores, quisiera invitarlos al brindis en honor a los novios —su padre disolvió el incómodo silencio, haciendo alarde de buen anfitrión¾. Deseándoles todo lo mejor.
—¡Ja! Brindis, ¿porque se supone que debo brindar? —musitó una protesta entre dientes, mientras fingía una sonrisa en los labios.
Daniel, ignoró el agrio comentario de su esposa, la tomó por la cintura y de nuevo las chispas saltaron ante el contacto, ella se tensó por la sensación que tuvo y él no pudo evitar sentir que estaba comenzando a perder.
—Quiero agradecer en nombre de mi esposa y en el mío propio que nos hayan acompañado hoy —Daniel, se mostró amable con el acontecimiento.
Katherine, le dedicó una mirada de hastío y enojo que por supuesto él ignoró. Trató de deshacerse de su agarre y él ignorando de nuevo su intención la sujetó más fuerte atrayéndola hacia él, casi se le resbala la copa de la mano, ante la corriente que fluía cada vez que estaban cerca o que se tocaban.
Guillermo Deveraux, se acercó a los novios y le dio un abrazo. Por primera vez en años, le daba un abrazo y justo debía ser el día en el que por fin se desharía de lo único que salía sobrando en su vida. Por primera vez en la noche, desde que entró a esa sala, percibió sus emociones tratando de aflorar. Su padre la miró a los ojos y ahí estaba, esa mirada con la que solía verlo su esposa, la misma transparente sinceridad que lo hizo sentir nostalgia del pasado y rabia por lo que perdió. Eso siempre le había hecho sentir su hija. Culpa. Pero fue lo que observó en ella luego, lo que le rompió el corazón, si era que podía romperse estándolo ya.
Frío y rabia en plata sólida.
Katherine, alzó la copa y la tomó fondo blanco. Sintió las burbujas haciendo efervescencia en su garganta, apretó los ojos, para pasar el trago. No acostumbraba a beber, pero pensó que aquella noche podía hacerlo sin importar las consecuencias.
––Tranquila cariño. A penas es la primera noche de casados ––Daniel se acercó lo suficiente para murmurar a su oído.
––¡Qué felicidad! No sabes cuánto me emociona ––masculló con displicencia.
Él esbozó una sonrisa de casanova y con un mordaz comentario, hizo que ella le dirigiese una mirada pura de hastío —Te quiero sobria y consciente para probar las mieles de la noche de bodas.
—¡Eres un bastardo! —Dijo ella en repudio—, eso es algo que nunca obtendrás de mí.
––¿Sabes que utilizas la palabra nunca con frecuencia? Eso no es muy inteligente, ya que él nunca no existe y el para siempre no es tal cosa —le aseguró, mientras vaciaba su copa de un sorbo.
—Los nunca, para mí si tienen connotación y existencia —bufó ella.
—Si mal no recuerdo, dijiste nunca aquella noche y… venos aquí —bufó esta vez.
—No hagas que te odie, porque no querrás que tu vida sea un infierno.
—Mi querida y rebelde esposa, con una boca muy licenciosa. Todavía puedo darte el beso que no te di al finalizar la ceremonia —dejó una amenaza en el aire.
—¡Huh! Creo que entonces estamos en el lugar equivocado o te han informado mal —se burló mirando alrededor con amago de sorpresa.
Daniel alzó su mentón, mirándola como si en su interior pensara todo lo contrario a lo que ella decía.
Sí, era definitivo que esa mujer sería un reto para él. Luifer de seguro se lo recordará muy bien.
Así estuvo lo que pareció una eternidad, solo mirándola, estudiando cada uno de sus gestos. La verdad todo era contrastante en ella desbordaba seguridad, impetuosidad y soberbia. Una soberbia que en cualquiera se vería muy feo, no en ella. En ella era volverla más inalcanzable. El que se tratara de alguien tan hermoso como un ángel, pero rebelde como el demonio, resultaba en una utopía, muy atractiva.
De pronto sus labios se le antojaron para besarlos. ¿Por qué pensaba esas tonterías? Cualquiera pensaría que estaba enamorado de, Katherine.
—Mira a tu alrededor… ¿dime no te parece que es más un sepelio a una ceremonia? —Dijo con una sonrisa falsa y fingida.
Él se limitó a negar y sonreír. Tomando un poco de su trago no pudo evitar rememorar.
***
Hasta la noche de la propuesta solo la había visto en fotos y de lejos, mientras ella tomaba una malteada de chocolate, en la fuente de soda del centro comercial, en compañía de un grupo de jóvenes, eso había sido unos días atrás. Por designios del destino, al mirarla se decantó por su belleza y sus sonrisas, ajena a las miradas de los demás que la observaban, deleitables. Parecía inocente y en total calma, no pedía ser el centro de atención, no la vio esforzarse por ello, no así, parecía ser el sol y que el resto del mundo solo girase en torno a ella, buscando su luz y su energía. Pensó que, en verdad, no sabía lo que ocasionaba en quienes la rodeaban, nada parecido, a la Katherine irreverente que describían.
Entonces recordó esa absurda clausula, que semanas atrás el abogado de su abuelo le había revelado, para ese momento salió sin preguntar muchas cosas, no quiso saber nada más, aun esa idea le parecía un dislate de su abuelo en pleno lecho de muerte. Ahora, viendo a la joven frente suyo no le incomodó tanto la idea del matrimonio, que, aunque absurdo se le hizo visible. Aunque si era tan orgullosa y rebelde como le habían dicho, seguro que no aceptaría un matrimonio arreglado o forzado, más eso no le hizo desistir de aquella idea.
Debía casarse y tenía una candidata. Se casaría con esa mujer.
Solo que esta vez, lo haría a su manera. Sin amor, sin compromisos, sin nada de ofertas de fidelidad.
Cuando era un poco más ingenuo su padre lo influenció para casarse, con mensajes un tanto subliminales, y aunque no se llevaban bien entre ellos, hizo de lado aquello y sin pensarlo demasiado se atrevió a comprometerse, a sabiendas de que la novia no sería del agrado de su padre, pero él la amaba y era eso lo que más pesaba en su corazón. Lo había planeado todo como debía y aunque su padre de repente se sintió feliz con el hecho, a pesar de que jamás se había logrado llevar bien con aquella mujer, todo parecía ir tan perfecto, que fue un idiota al no darse cuenta, que en la vida nada es perfecto. No sabía, porque se le había venido eso a la mente.
Estaba decidido, no sería el mismo luego de aquello, su tan planificado matrimonio, no dio frutos y lo que trajo consigo fueron años de amargura e ir y venir, sin sentir que perteneciera a cualquier parte. Recordarlo, aun lo hería, en el corazón, en el orgullo y en la sangre, era algo que no podía evitar.
Posterior a aquel fracaso, su padre había estado obsesionado por más de dos años, con la idea de que se casara, bajo la excusa de que no debía pensar negativo con respecto al matrimonio, que el que no resultara, no quería decir que fuera un error en el futuro.
Sonrió con amargura y rencor.
¿Por qué de un momento a otro su padre, había estado obsesionado con la idea? No podían verse sin que, insistiera en lo mismo. Esa situación, lo estresaba y exacerbaba. Tras la dolorosa muerte de su abuelo, no quiso pensar en nada y por primera vez se atrevió a pensar tan solo en él. El dinero no era tan importante, había crecido con muchas carencias afectivas que ni su abuelo con tanto amor había logrado llenar.
Sufrió y perdió en un pasado, lo tomó como un doloroso aprendizaje. Esta vez, si se iba a asegurar de algo. No lo haría por amor.
Hacía dos semanas se había enterado de la estipulación de su abuelo, tras la reunión con Ferreira, el abogado y albacea de los bienes de su difunto abuelo materno. Se quedó estupefacto y por demás está decir afectado, cuando el abogado le había dicho que, para poder tener acceso a todo, debía primero casarse y vivir por un año, en la hacienda patrimonio de los Monsálves.
No podía entender por qué su abuelo colocaría esa estipulación.
—Quiero la verdad —miró al abogado con determinación—. ¿Mi padre ha tenido que ver en esa última cláusula?
El hombre se aclaró la garganta y con una respiración sosegada le sonrió antes de continuar—: No del todo, Daniel. Sabía cómo había quedado distribuido todo lo de la herencia, que debías casarte… eso, lo supo siendo testigo de tu abuelo a la hora de redactar el testamento. —Daniel, lo miró conteniendo la respiración. Sin poderse creer que su abuelo hubiera querido regir su destino. Apretó los puños, conteniéndose—. Además, tu abuelo no quería que tú encargaras a tu padre en todo esto, quería que lo hicieras tú, de modo que, si Dante esperaba salir beneficiado, allí lo supo. Evidenció su molestia cuando tu abuelo anexó, que mientras sucedía lo de tu matrimonio, yo como abogado de tu abuelo sería el albacea de la fortuna Monsálves. De no casarte, pasaría todo a manos de Ricardo, pero este sería siempre supervisado por mi persona, no podría vender nada y en el instante en que lo quisiese, sería despojado de toda fortuna. Es por ello por lo que, hace años cuando se leyó la primera parte del testamento, te pedí que vinieras a mi oficina cuanto antes —el abogado habló con franqueza.
¿Por qué demonios su padre lo quería casado? Ya sabía la respuesta, a través de su hijo llegaría su recompensa. Fue allí, que entendió el porqué del repentino encantamiento de Dante con aquella mujer y porqué parecían coincidir en todo. Él nunca le dijo que, si se casaba se hacía apoderado total del patrimonio, Monsálves.
Pero lo que más le dolió, fue saber que para todos siempre fue un camino seguro de proteger lo de ellos, sin importar lo que él desease. Aborreció a su padre y sintió dolor por su abuelo y las artimañas que éste armara en su contra. Sabía de la ambición de Dante Gossec, pero no de que tan lejos iría para lograr su cometido.
—Tu abuelo, era de la vieja escuela, Daniel —el abogado lo sacó de aquellas interrogantes cuando habló—. Él siempre pensó que el matrimonio ayudaba al hombre a madurar y estabilizarse, que así podrías darle real valor a lo que te entregaba y que trabajarías para tu familia, además de prolongar su estirpe. Algo estricto o radical, si se quiere decir. Pero así era.
—No. Él solo quiso alguien que le dijera si, a todo. Solo se aseguró de no perder lo que tenía y me amoldó a su manera para que no me negara. —se levantó de la silla, molesto y sintiendo que todo su cuerpo temblaba.
—Lo ves así, ahora —Ferreira, habló con calma—. Pero se ve que el solo confiaba en ti, para no dejar perder lo que con tanto esfuerzo le había costado, ya no estaban sus hijos para heredar y hacerse cargo, así que consideró que solo tú llegarías a preservar su patrimonio. No confiaba en nadie más y lo sabes. Tu padre, nunca fue candidato para Víctor. Eso no es para nadie un secreto —le aclaró el abogado.
Daniel, siempre se preguntó, ¿Por qué su madre se había casado con Dante Gossec y cómo su abuelo no se opuso? Quizás, para aquel entonces su padre parecía inofensivo. Lo que lo llevaba a cuestionar, si en verdad su padre amó a su madre, más que al dinero que representaba. ¿Y por qué su abuelo siendo tan estricto y chapado a la antigua, había permitido que su madre se casara con alguien como su padre?
—Ricardo, es tan nieto suyo como yo —Daniel, enfatizó.
—Supongo que eso no era suficiente para tu abuelo —Ferreira, señaló con franqueza.
No pudo debatir ese asunto con el abogado, Ricardo si bien era su primo, la arrogancia y su excesiva soberbia desencajaba con cualquier deseo que su abuelo quisiera. Aunque en un pasado, ahora tan lejano, se habían llevado muy bien, tras la muerte de su tío, Ricardo se convirtió en una persona oscura, prepotente y podría hasta decir que ambiciosa, de ese tipo, de los que sería capaz de todo por lograr su cometido, eso quedó demostrado cuando supo quien estuvo detrás, de que aquel matrimonio no pudiera realizarse.
—Bien. —dijo asintiendo inexpresivo—. Al parecer, Víctor conseguirá lo que quería.
Ferreira, lo miró asintiendo con lentitud, entendiendo que la cláusula se iba a cumplir.
—Supongo, que te refieres al matrimonio —el abogado fue muy perspicaz.
—Así es —murmuró entre dientes, asintiendo.
—Bien, dime para cuando. Así prepararé todos los papeles necesarios para que asumas tu patrimonio a excepción de las tierras, esas solo serán tuyas una vez que hayas estado casado por un año y viviendo en ellas por ese tiempo establecido —El abogado, le aclaró—. Tu primo, estaría aún en juego por las tierras, hasta que eso se cumpla.
Pudo haber tenido en esa última aclaración del abogado, la salida idónea para desentenderse de todo. ¿Qué importaba si esta quedaba en manos de su pariente? Él podía hacer su vida sin problemas, se dedicaría a lo que siempre ha querido. Pero, su conciencia. ¿Cómo quedaría su conciencia, a sabiendas de que su abuelo siempre lo había considerado para preservar lo que con tanto esfuerzo logró?
Decidió que habría ya algún modo de hacer lo que quería y lo que su abuelo quiso que él hiciera. Pero no lo haría por su padre, lo haría por conciencia, por el hombre que más admiraba y porque el legado que perteneciere en un momento a su madre no se perdiera en manos de su primo.
—Nadie escapa de su destino, muchacho —el abogado mencionó sacándolo de su reflexión.
—Supongo que tiene, usted razón —murmuró—. ¿A partir de qué momento puedo hacer uso de la hacienda?
—El mismo día en que te cases, si lo deseas —el abogado respondió.
—¿Ricardo, supo de esa estipulación? —quiso saber con certeza.
¾No creo. Solo tu padre y yo lo hemos sabido desde siempre, no creo que Dante le hubiera puesto sobre aviso ¾Ferreira, observó que Daniel se sentía muy incómodo al hablar de Ricardo.
¾Pienso igual. A menos que… ¾se quedó pensando en esa posibilidad. ¿Podía haber sido ella? Tal vez su padre a modo de acercarse a ella y tener un aliado, se lo contó y, ahora sabiendo lo tan unidos que eran su ex-prometida y el traidor de Ricardo, no se le hacía una injusticia pensarlo.
¾Sé que te preocupa la situación de tu primo, pero todo está bien. Ricardo cuenta con acciones dentro de la agropecuaria que tu abuelo designó para él, además de un porcentaje de la herencia que ya se le fue entregado. No es igual a lo que tu abuelo te dejó, pero es sin duda digna como heredero ¾él abogado puntualizó.
¾No me preocupa ¾dijo despectivo mientras apretaba el borde de madera en el espaldar de la silla¾, hace ya mucho tiempo, que Ricardo dejó de importarme o preocuparme. Es solo que ahora, comprendo su rencor. En fin… no debe quitarme el sueño ¾añadió con indiferencia, ahora su odio era recíproco.
Tenía ya cinco años de no ir a la hacienda, en cuanto su abuelo murió, él salió más rápido que rayo surcando el cielo en medio de la tormenta. Sus primeros años de vida, lo que se refería a su infancia temprana, había sido feliz. Pero entonces sucedió aquella fatalidad, arrojándolo a la cruel verdad de la vida. Su madre y su único tío habían muerto en un accidente. Por supuesto, su padre no dejó de manejar su vida desde entonces, encaminándolo hacia sus egoístas propósitos.
En lugar de permanecer a su lado, Dante se empeñó en que fuera a un internado militar, donde según él, aprendería disciplina, trabajo, constancia y carácter. Sólo que él, era apenas un niño, uno que había perdido a su madre y que necesitaba el amor y la paciencia de su padre, porque no comprendía todo lo que pasaba a su alrededor y el único en quien encontraba consuelo era en su abuelo, ambos estaban sufriendo las más grandes pérdidas de su vida, pero su padre siempre fue la sombra que se cernía sobre ellos. Era por eso, que luchaba por tener su vida tan privada y ajena a Dante, como le fuera posible.
Bien, le tocaba dejar de pensar en el si hubiera. El si hubiera, no tenía cabida en su presente. Tendría que lidiar con lo que le había tocado en la vida.
Ahora le quedaba claro, que su primo lo traicionase con la mujer que él amaba, su odio era solo por el dinero. Pudo más el dinero que la sangre. No serían la primera familia con esa peculiaridad.