Cap 1

1036 Palabras
Existen cosas peores que la muerte. Podrías encontrar un final en paz, sin sufrimiento, donde la esperanza aún tenga un lugar. Pero, ¿qué sucede cuando te someten a una tortura interminable? El único anhelo que queda es que la muerte te abrace, pero te lo niegan; el dolor se convierte en tu compañero, la desesperación se mezcla con la angustia y la ansiedad. Lágrimas, sudor, sangre y resignación se entrelazan en un torbellino insoportable, creando un tormento que es peor que la muerte. Estar atada a una silla, sin posibilidad de escapar; amordazada, incapaz de gritar. La debilidad te consume y te desarma. Eso es peor que la muerte. Ver a la persona que más amas agonizar, escuchando su último suspiro desgarrador. Eso es peor que la muerte. Observar cómo la oscuridad devora lentamente su cuerpo, cubriéndolo con un velo frío y sin compasión. Eso es peor que la muerte. La soledad... Esa profunda soledad que se siente como un eco vacío en el alma. Eso es peor que la muerte. Y luego está el sobrepensar, esa trampa mental que te carcome lentamente sin que te des cuenta. La mente se convierte en tu carcelera, jugando con tus miedos y recuerdos a su antojo. No puedes evitarlo; es un ciclo del cual no puedes escapar. Eso también es peor que la muerte. No puedo comprender cómo se siente realmente aquello; solo son pesadillas... Pero el sobrepensar, eso lo conozco bien. Todo es un producto de mi mente, algo que quizás distorsiona mis verdaderos recuerdos y los entrelaza con situaciones que no han sucedido... ¿aún? Los sueños en los que soy torturada se han vuelto constantes, y en ellos la muerte de mi madre se presenta de una forma más dramática de lo que realmente recuerdo. ¿Estoy traumatizada? Probablemente. Me pierdo en un laberinto de pensamientos incontrolables, donde cada rincón alberga una sombra que me atormenta; sin darme cuenta, mi mente se convierte en mi propia prisión. Escucho susurros que me dicen cosas que no logro entender, resonando como un eco hiriente. Las noches se alargan y cada segundo se siente como una eternidad. La oscuridad se vuelve más palpable, convirtiéndose en la peor compañera, un manto pesado que asfixia cualquier destello de paz. ¿Cuál es el precio de seguir adelante? La vida, con su cruel ironía, ofrece nuevos días llenos de promesas vacías; pero a cada paso, sientes el eco del sufrimiento anterior... El tiempo avanza, pero yo me quedo estancada en ese instante desgarrador. El rostro de mi madre es un fantasma que ronda mi mente; su risa se transforma en lamentos y sus abrazos en cadenas que me atan aún más al dolor. Estoy luchando conmigo misma, porque mi mente busca desesperadamente refugio en la locura, tratando de darle sentido al caos. No puedo permitirlo; eso sería un túnel sin fin y por cada intento de salir me adentraría aún más. Busco mi libertad interna; siento que mi espíritu anhela liberarse de unas cadenas invisibles que me arrastran hacia atrás y me mantienen cautiva... —Dalia...—una voz serena interrumpe mis pensamientos y me hace voltear hacia ella—. ¿Cómo te ha ido hoy, querida?—continúa sin perder la calma. —Ha sido diferente,—respondo tras un breve silencio, mi voz sale algo ahogada—. El día estuvo más movido. —Me alegro. ¿Quieres algo de comer? —No, comí hace poco. —Está bien.—Ella suspira tras decirlo y me lanza una mirada familiar: preocupación, cansancio y un atisbo de lástima... Lástima, como muchos me ven; tal vez piensan que no tengo salvación solo con mirarme. Quizás tienen razón. —Sé que no has estado bien últimamente; te he notado más... apagada—me dice mientras busca algo entre unos cajones—quizá no sea el mejor momento para darte esto, pero lo haré. La observo con atención cuando lo dice. Me da la espalda mientras rebusca. Cuando finalmente se gira, sostiene entre sus manos un pequeño libro: marrón casi n***o, de tapa dura y hojas amarillentas que le dan un aire aún más antiguo. —¿Qué es eso?—no puedo evitar preguntar estúpidamente—O sea, es un libro, pero ¿qué significa? —Este libro era de tu madre. Mi corazón se detiene por un instante y mis ojos se empañan en lágrimas. —¿Tuviste ese libro todo este tiempo?—exclamo bruscamente, sobresaltándola. —Sí, y sigo creyendo que no es el momento adecuado para dártelo—responde con firmeza. —Creo que me debes una explicación; esto me parece ridículo, Elena. —Te parece así, pero no lo es—me responde seriamente, sorprendiendo incluso a mí misma con su tono. Elena fue la mejor amiga de mi madre. A pesar del distanciamiento tras nuestra mudanza fuera de la ciudad, siempre estuvo pendiente de nosotras. Me trajo a vivir con ella desde que mamá murió y desde entonces me ha tratado como a su hija. Le agradecería todo lo que hizo por mí, pero descubrir que tenía algo tan valioso para mí y nunca me lo dio es... doloroso. —Tu madre me lo entregó antes de marcharse de la ciudad. Siempre le pregunté por qué se fue tan repentinamente, teniendo una buena vida aquí. Nunca le faltó nada, pero decidió irse sin dar explicaciones. Me hizo jurarle que jamás abriría este libro y me pidió que te lo entregara en el momento adecuado... Le pregunté cuál sería ese momento—hizo una pausa, soltando un suspiro profundo—y solo me respondió que yo lo sentiría. La miré en silencio, incapaz de mostrar lo que realmente sentía. La verdad es que no sabía cómo reaccionar ni qué pensar. —Entonces... ¿sientes que este es el momento?—le pregunté tras un largo silencio. —Es complicado. Siento que sí, pero también hay una parte de mí que dice que no te lo dé, al menos no ahora. —Según lo que me cuentas, mi madre te dijo que lo sentirías, y tú lo sientes. Así que deberías dármelo—mi tono fue más brusco de lo que pretendía, pero no pude evitarlo.
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