La carretera se hacía más larga a medida que avanzaba; la casa no se encontraba tan apartada de la ciudad, pero aún así se tomaba su tiempo para llegar. Recordar cómo dejé a Elena provocaba un vuelco en mi corazón... Ella que fue mi único refugio, la que me hizo sentir que tal vez no estaba tan sola como pensaba. Pero aquí estoy, conduciendo por una carretera solitaria, con la emisora de radio como única compañía y el murmullo de las ruedas sobre el asfalto. La música la escuchaba lejana, y mis pensamientos giraban en un torbellino constante como siempre.
Ya el camino era interminable, como si estuviera atrapada en un laberinto sin salida. ¿Cómo había llegado a este punto? La soledad era envolvente, y el peso de decisiones pasadas me aplastaba.
El viento helado susurra mientras miro por la ventanilla. Comprendí que estaba regresando al lugar del que tanto había huido, y la angustia se apoderaba de mí por la verdad que sabía que me esperaba. En medio de este silencio abrumador, supe que debía enfrentar lo que había dejado atrás antes de que fuera demasiado tarde...
***
Después de tantos años, por fin había regresado a mi casa.
Al cruzar el umbral, el tiempo pareció detenerse. El chirrido de las bisagras, como una queja ancestral, resonó en el silencio sepulcral de la casa. La luz del atardecer, tenue y polvorienta, se filtraba a través de las ventanas, dibujando sombras grotescas que se contorsionaban en las paredes. El olor a humedad y a madera vieja me envolvió como una manta pesada, cargada de recuerdos. Cada paso que daba sobre el suelo crujiente era como una invitación a sumergirme en un pasado que creí olvidado.
En la cocina, un viejo mantel arrugado aún conservaba el aroma a galletas; podía casi escuchar la risa de mi madre, como si estuviera a punto de entrar por la puerta con una bandeja humeante. Mis ojos se humedecieron al recordar su sonrisa cálida y sus abrazos. La luz se desvanecía lentamente, y las sombras se adueñaban del lugar , como si quisieran atraparme.
Con un suspiro profundo, decidí no dejar que la oscuridad reclamara el lugar. Mis manos se movían rápidamente, limpiando las ventanas con un trapo que había encontrado. Al pasar la tela, la suciedad se disipó y los últimos rayos del sol comenzaron a iluminar los rincones olvidados. El brillo dorado llenó el espacio, transformando la penumbra en un suave resplandor.
Mientras barría el suelo, las motas de polvo danzaban en el aire iluminado. Cada movimiento era un pequeño acto de resistencia contra el olvido. La casa comenzaba a cobrar vida nuevamente; los ecos del pasado se mezclaban con el sonido del cepillo sobre la madera.
Con cada esquina que limpiaba, una sensación de calidez regresaba. El aire pesado se volvía más ligero y fresco. Al final de la tarde, cuando las primeras estrellas titilaron en el cielo oscuro, miré a mi alrededor. Las sombras ya no parecían amenazadoras; eran parte del lugar que había amado. La casa respiraba nuevamente, y con ella, sentí que mis recuerdos también volvían a florecer.
Las horas se deslizaban lentamente, y el ambiente me envolvía en su aura inefable. Las dulces melodías de Peter Gundry impregnaban el aire, creando un eco tétrico que resonaba en cada rincón. Había decidido ocupar la habitación que perteneció a mi madre, era como si su esencia aún flotara entre las paredes, acercándome más a ella.
Mientras desempacaba, mis ojos se posaron en aquel libro que tanto me atormentaba. Lo tomé entre mis manos, acariciándolo con la suavidad de quien toca una reliquia sagrada. Esta vez, sin embargo, deseaba leerlo.
Con delicadeza abrí su cubierta, y me dejé llevar por las palabras evocadoras de mi madre.
«El rey del infierno... ¿Dónde había quedado mi señor? Mi protector, mi guía, mi luz.
¿Por qué mi padre me había lanzado a las garras del monstruo?
¿Por qué me hizo adorar al demonio?
Me encontraba triste, desolada, traicionada...
Mis días transcurrieron así, haciéndome preguntas que en otro momento pudieron tener respuesta, pero esta vez, ni una señal del cielo mi padre me enviaba.
El demonio me siguió visitando... tratando de confundirme y enredarme en sus juegos de crueldad.
Y lo logró, no solo me enredó, sino que me enamoró.
Me hizo idólatrarlo como mi único Dios, y lo invoqué.
En las noches más oscuras, cuando la soledad se hacía palpable, su voz se deslizaba por mis pensamientos como un veneno dulce. Me prometía poder y libertad a cambio de mi devoción. Era un pacto que sabía peligroso, pero el deseo de escapar del dolor que provoco mi padre era más fuerte que cualquier advertencia.
Mis noches se convirtieron en rituales oscuros donde la adoración tomaba forma; encendía velas negras y recitaba invocaciones que resonaban en el aire viciado. En cada invocación, sentía cómo el hilo que me ataba a la luz se deshacía lentamente.
"Te entrego mi alma", dije con fervor. "Te elijo a ti sobre todo lo que he conocido".
Y así, el rey del infierno se convirtió en mi confidente y carcelero. Ya no buscaba respuestas en el cielo; había encontrado un tipo de paz en la oscuridad. Pero en el fondo de mi ser, una pequeña chispa seguía resistiéndose a ser extinguida, preguntándose si alguna vez podría volver a ver la luz.»
Ruidos estruendosos interrumpieron mi lectura de inmediato, como si provinieran de una ventana golpeada con furia por el viento. Alarmada, levanté la mirada hacia el origen del estruendo, temiendo de algún intruso. Me incorporé de golpe, alerta ante cualquier movimiento inesperado. El pequeño libro que sostenía se deslizó de mis manos y cayó al suelo con un sordo impacto. Fue en ese instante que comprendí que el ruido no era más que el eco de la lluvia torrencial; el viento helado agitaba las ramas del árbol cercano, haciéndolas chocar violentamente contra el cristal.
La súbita llegada de la tormenta y la oscuridad que envolvía el ambiente pasaron desapercibidas para mí, tan absorta estaba en mi lectura que no me di cuenta de su presencia. Una penumbra total reinaba en la habitación. Decidí retomar la lectura sin darle mayor importancia, pero antes encendí, con mano temblorosa, la lámpara que reposaba a mi lado.
Recuerdos sepultados en lo más profundo de mi ser emergieron con fuerza. Recordé aquella noche en la que mi madre me regaló esa lámpara, en medio de una tormenta similar a la que rugía afuera; una noche oscura en todos los sentidos. Había llorado desconsoladamente al apagarse las luces, sumiéndome en una nueva oscuridad. El susurro cariñoso de mi madre había calmado mis temores, aunque no logró ahuyentarlos del todo.
Leer aquel libro y recordar las palabras de mi madre no me hizo recordarla diferente; tampoco me causó miedo a diferencia de cuando vi a Elena idolatrar a alguien.
Las palabras de mi madre resonaban en mi mente como una dulce melodía que traía consuelo y paz a mi corazón. Aunque ya no estaba físicamente presente, la mantenía viva en mis recuerdos y en lo más profundo de mi alma; sentía que me protegía y disipaba mis miedos.
La lluvia había cesado afuera, pero el viento persistía con su aullido incesante. Había pasado mucho tiempo desde que experimenté una tormenta tan intensa; la última vez fue cuando era solo una niña. Aquella tormenta estuvo acompañada de relámpagos y truenos, llenándome de un estremecimiento profundo al recordar que esa misma noche mi madre murió...
Oscuridad...
Más oscuridad se cernió sobre mí como un velo al pensar en las palabras de mi madre; después de tanto tiempo, por fin las recordé... esas palabras que me traumatizaron y que había olvidado desde que abandoné esta casa.
Un hedor pudrefacto invadió el ambiente.
—Otra vez no... —susurré con temor.
El viento azotó con más fuerza, abriendo las ventanas de golpe y aumentando mi nerviosismo. Era como revivir una pesadilla una vez más, pero esta vez algo era diferente. Lo supe por la intensidad de la tormenta, por cómo la oscuridad se filtraba en cada rincón del hogar, por el hedor que parecía más penetrante que nunca.
El miedo me consumía; comencé a moverme frenéticamente buscando algo que ni yo misma sabía qué era. Tal vez intentaba escapar y no quedarme atrapada en esa negrura envolvente.
—No, no, no...
Mi voz temblorosa reflejaba el pánico. Pensé que podía controlarlo, pero cada año cuando llegaba esta fecha, el terror volvía a apoderarse de mí.
Era el día: seis de julio... Cuando mi madre murió, mi cumpleaños y el mismo día en que me reveló su secreto.
No tuve tiempo para procesar nada; todo se convirtió en caos a mi alrededor, una escena tan grotesca que parecía sacada de una pesadilla: tan aterradora que me quitó el aliento. Las llamas estallaron repentinamente; viento y fuego se unieron en una danza infernal, desatando un torbellino de destrucción dentro del hogar... arrasando todo a su paso y cubriéndolo bajo su velo oscuro.
—Abaddón.
Al vislumbrar aquella figura espeluznante a escasos pasos de mí, y al pronunciar su nombre fue como un eco que resonó en mi mente como un oscuro presagio, sumergiéndome en una laguna de confusión que debilitó cada fibra de mi ser. Mis extremidades, tanto las exteriores como las interiores, desmayado sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Él se acercó lentamente, como un espectro que trae consigo la sombra de la destrucción. Con un toque delicado, tomó mi barbilla y sus ojos se fijaron en los míos con una intensidad abrumadora. Entonces, con una firmeza que cortó el aire, pronunció:
—Asthartea.
No supe cómo reaccionar... ¿Asthartea?