He recorrido senderos cubiertos de espinas, desgastando mis pies descalzos con cada paso; han perforado mi piel lentamente, recordándome que soy humana y que aún siento y respiro. He divagado muchas veces por estos caminos, soportando el dolor e ignorando la sangre que se derrama.
Aunque estoy rodeada de personas, solo siento el gélido manto de la soledad. Esto convierte a los demás en espectros danzantes ante mis ojos; me abrazan, me sonríen, me hablan, intentan ser amables conmigo, pero yo solo percibo criaturas extrañas buscando la atención de alguien frío.
Mis pensamientos son solo metáforas de lo que siento.
Nunca he estado realmente acompañada; solo he existido en un mundo que me rechaza de manera indirecta. Puedo sentirlo.
¿Acaso todos buscamos un sentido a la vida? ¿O será que todos estamos en busca de nuestro propósito?
He buscado respuestas en los susurros de las sombras que me rodean, en el murmullo de las hojas al caer, en los ecos de la lluvia que parecen lágrimas de tristeza en mi mente. A veces me pregunto si el sentido de mi vida lo encontraré en mis momentos de soledad, pero este parece ser un camino interminable donde me pierdo buscando algo que tal vez nunca hallaré.
Quizás hay más personas como yo atrapadas en esta danza de tristeza y sombras, tratando de entender por qué estamos aquí y cuál es nuestro papel. Pensar en esto me hace sentir más comprendida y menos sola; puedo intuir que no soy la única que carga con una pesada e incierta carga sobre sus hombros.
¿Es encontrar ese propósito lo que realmente me impulsa a seguir viva?
Debería simplemente vivir cada momento sin tantas complicaciones, ya que eso es lo que verdaderamente importa.
Sin embargo, mientras camino por esta senda espinosa, he comprendido que no se trata solo de encontrar respuestas, sino de aprender a formular mis preguntas. Cada paso, cada herida, cada encuentro me enseña algo nuevo sobre mí misma y sobre el mundo. La soledad puede ser abrumadora, pero también puede convertirse en un espacio para descubrir quién soy realmente.
Así que continúo caminando, con la esperanza de que algún día las criaturas extrañas a mi alrededor se conviertan en compañeros en mi viaje.
¿No es ese el verdadero deseo de todos? Encontrar un lugar al cual pertenecer.
¿O acaso me estoy equivocando?
Trato de disipar mis pensamientos y me concentro en lo que estoy haciendo; trazo cada línea con precisión, dando cuerpo y sombra a lo que busco en mi dibujo. Hacía mucho tiempo que no tocaba un lápiz, pero algo dentro de mí me impulsó a hacerlo de nuevo, tal vez como otra forma de desahogarme o de expresarme. Y aquí me encontraba.
Cuando desperté debido a otra pesadilla, Elena ya había regresado de su misterioso viaje. Se había ido sin decirme a dónde, solo que volvería. No confié en sus palabras ni en su mirada, pero preferí no darle importancia.
Al llegar a casa anoche, con los incesantes susurros que me atormentaban, subí a mi habitación tratando de ahuyentarlos y caí como una piedra en mi cama. Pensé que sería una noche larga, pero fue todo lo contrario: descansé y sentí alivio en mi cuerpo. Desde que tengo uso de razón, puedo decir que anoche fue diferente; tuve un sueño placentero, pero todo terminó con la pesadilla de esta mañana… Esa en la que sentí un fuego abrazador.
—Dalia—la voz de Elena me sobresaltó—necesito hablar contigo—continuó diciendo con un tono que me asustó.
—¿Qué pasa?—respondí preocupada.
—Yo…—dudó—yo quiero que te vayas de mi casa.
—¿Qué?—eso sí que no me lo esperaba—Pero ¿por qué? ¿Qué sucede?
—No sé explicártelo, pero ya no quiero que estés aquí—su voz fue más firme.
—Elena, ¿qué te pasa? No me puedes hacer esto. No... no me puedes dejar así. Si es por mi mala actitud, discúlpame; voy a cambiar, pero por favor no me hagas estar sola—le dije apresurada y angustiada. La expresión seria de Elena se quebró un poco, pero se mantuvo firme.
—No necesitas de mí, Dalia; tienes cómo apañártelas sola—fue lo último que me dijo antes de darme la espalda.
—Pero…—me quedé sin palabras.
La vi subir las escaleras y no pude evitar que algunas lágrimas rodaran por mi rostro. Ahora sí estaba completamente sola. Era cierto que no dependía de ella para sustentarme económicamente, pero emocionalmente... era mi única compañía.
Tal vez ya estaba cansada de mí, y la entendía... ella no tenía por qué soportar lo que me pasaba a mí. Así que decidí hacerle caso: me iría.
Me dirigí a mi habitación y comencé a recoger mis cosas; ya no había nada más por hacer y tampoco iría a rogarle que me dejara quedar. Estuve así un rato, empacando todo lo que pude. Vi el libro de mi madre y lo acaricié, y no dude a donde iría. No me gustaba regresar; eso me traía recuerdos dolorosos, pero era mi hogar, donde compartí momentos con ella. Así que allí iría.
A mi antigua casa.
***
Al terminar de recogerlo todo, di una última vuelta por la casa que me dio refugio tras la muerte de mi madre; la casa que tanto vio de mí. Elena no había salido de su habitación después de nuestra conversación y no quise molestarla. No me dio explicaciones sobre nada y me parecía tan irónico siendo yo la persona que siempre buscaba respuestas para todo... preferí dejarlo así; tal vez era lo mejor.
Ya estaba lista para irme, pero quería despedirme de quien había sido mi segunda madre. Subí y toqué su puerta con delicadeza; no hubo respuesta. Aun así, entré.
La escena me dejó atónita y se me erizó la piel por completo; tal vez no era gran cosa, pero nunca la había visto así.
Arrodillada frente a un altar, susurraba algún tipo de rezo; había velas esparcidas e imágenes de algún santo desconocido para mí. No entendía esto; sabía que adoraba su religión, pero nunca pensé que idolatrasen a alguien en particular.
Me acerqué a ella y le toqué el hombro suavemente.
—Elena...—no se detuvo y ni siquiera me tomó en cuenta; aun así continué hablando—siempre estaré agradecida por todo lo que has hecho; gracias por darme otro hogar.
No obtuve respuesta alguna de su parte; solo rezó con más fuerza y rapidez. Me asusté; la piel se me erizó aún más y empecé a preocuparme por ella… Pero decidí marcharme. Sentí como si ella estuviera expulsándome de alguna forma...