Ayrton no podía quitarse de la cabeza a esa mujer desde el primer momento le mostró frialdad era algo inevitable, quiso que todo sea algo pasajero. Esa noche la mirada de ella lo quemó de una manera que no podía quitarla de sus pensamientos, una marca que tal vez le sea imposible quitar pero era una historia prohibida donde no podía existir nada más que una fantasía.
Ella lo recuerda al sujeto como alguien que con una simple mirada la subió a un viaje de locura que no creía que podía ser tan real. No era amor pero sí atracción que no podían evitar.
Al día siguiente...
Cuando se despierta la recordó en su cabeza, y sonríe, quizás había sido lo más raro de sus días que una mujer en su estado había rechazado su oferta. Quería entender por qué tanta tristeza y sufrimiento llevaba en su mirada, era un brillo que estaba apagándose y eso quería saberlo. Quería verla otra vez, lo había enloquecido completamente hasta el punto de desearla. Seducirla y poseerla para él.
Se miró al espejo mientras termina de cepillar sus dientes, y un golpe en la puerta lo sobresalta sacándolo de sus pensamientos. Enjuaga su boca y cuando termina la abre.
—¿Vas a desayunar? —le pregunta.
—Sí, amor ahí voy —dice sonriendo.
La ve marcharse y sus miedos inundaron su cabeza. ¿Cómo ocultarle a su esposa que otra mujer ocupaba su cabeza?, mentir sabía que era algo arriesgado. Fue como revivir todo lo que le provocó la anoche anterior, algo así, como si una hechicera se robó su lado que hacía tiempo no lo sentía y creía haberla pérdido que era atracción.
Él quería amar a su esposa como antes pero algo había cambiado '¿la rutina mato a la pareja?', se preguntaba en silencio fingiendo todo el tiempo estar feliz al lado de esa mujer que dormía todas las noches junto a él. Pero después de pensar en eso aparece el rostro de ella, es ahí donde todo se le olvida y se le escapa una sonrisa. Quiso seguir la vida de rutina pero aparece esa mujer justo ahora en su camino que desordena todo su esquema de vida y logrando que se obsesione de tal manera que no iba a poder seguir intentando ocultar el deseo que sentía.
*****
Al abrir los ojos, Maggie sintió el fuerte dolor de cabeza. Maldijo al tiempo que se ponía de pie. Tenía la garganta seca, como si no bebía nada en días.
—Jamás volveré a beber—susurro para ella misma.
Camino por su habitación ignorando el vestido sobre su cama, su mamá insistía que una dama siempre tenía que llevar vestido pero en realidad los odiaba. Su madre entraba en su habitación todas las mañana y le dejaba un vestido sobre la cama, que ignoraba completamente, se metió al baño y encendió la ducha. No recordaba muy bien como había llegado hasta su habitación y se había puesto su pijama sola. Sólo lo recordaba a él, el hombre extraño que con una sonrisa la dejó admirada de tal forma que era imposible de borrarse ese recuerdo.
Ya era costumbre no hacer lo que quería su madre, sale de su habitación completamente distinta de lo que la madre le había dejado. No le gustaba arreglarse tanto y simplemente se puso shorts con una blusa de tirantes, el pelo recorrido en un moño y en sandalias.
Su vida era manejada por su madre hasta sus parejas, tal vez, tenía decisiones propias pero eran muy pocas y es que mientras este bajo el techo de sus padres debía obedecer las órdenes, eso lo aprendió aunque no lo aplicó siempre. Bajó los escalones uno por uno, sus sandalias golpeaban el suelo haciendo un ruido fuera de lo normal. Su cara era un cementerio andante. Nada de ruidos. Nada de música. Odiaba vivir allí. Desde qué su hermano Noah se había casado y marchado de la ciudad su vida era un completo aburrimiento. Las pocas amigas que tenía, vivían en la misma situación que ella o aún peor. Era cuando Maggie, Christal y Escarlet lograban escaparse de sus casas las cosas eran distintas. Eran sólo tres mejores amigas que disfrutaban de la vida y su joven edad.
Del salón le llegó la voz de alguien muy conocido, su padre tenía esa profunda y varonil voz que asustaba y embobada a la vez. Pero una segunda voz le hizo sonreír. Término de bajar los escalones a toda prisa y se dirigió al salón.
Sin pensarlo término de abrir las puertas y entró sin pedir permiso. Algo que estaba totalmente prohibido en su casa pero en ese momento no le importaba. Su hermano estaba allí, y quería verlo y abrazarlo. Tenía ya casi seis meses que no lo veía. Corrió y sin fijarse bien se tiró sobre el regazo de su hermano, el cual sorprendió por la llegada de su hermana dejó caer la copa que tenía en la mano derramándose a alguien que estaba a su derecha. Pero en ese momento no importó. Beso a su hermano varías veces en la mejilla y él la envolvió en un fuerte abrazo.
—Te he extrañado muchísimo—susurro, sonriendo.
—Yo también peque—al escuchar su fastidioso apodo sonrió aún más. Sus rizos estaban más rebeldes de lo normal.
—¿Maggie?— levantó la mirada a su hermano. Sabía que estaba en problemas por la forma en la que su padre la llamó. Se aclaró la garganta y se levantó. Sus mejillas ardían a ver el rostro de ira de su padre.
—Papá—trato de que su voz sonará firme pero no lo consiguió, sólo fue un susurro de súplica.
—¿Qué modales son esos?—su padre se fijó en el atuendo que llevaba puesto. Y sintió sus mejillas arder más cuando recorrió el salón.
Ansel Martínez. Su futuro esposo. La miraba como si fuera comida. Esa mirada era la cosa que más detestaba en el mundo. No es que él fuera un hombre feo con un muy buen cuerpo elegante. Tenía el cabello rubio y los ojos azules oscuros. Era un hombre guapo, pero aquella miraba la hacía sentir usada, sabía perfectamente lo que él quería suyo. Su cuerpo. Y sabía muy bien que cuando se casaran la usaría hasta agotarla, y él, no le proporcionaba calor ni deseó por dentro, sólo veía un hombre frío y calcular de tras de aquel bello rostro. Se giró para ver a quién había manchado de vino. Su corazón de paralizó.
Sus mejillas ya no podían están más rojas. El cuerpo le temblaba. Esos hermosos ojos verdes le devolvían la miraba. Trago fuerte. Se sentía tan avergonzada. Las palabras no le salían. La pregunta que se le formulaba en la mente ¿Que hacía él allí? ¿En su casa? Y entonces le chocó la realidad. Había interrumpido alguna reunión.
—Yo— la voz no le salía. La miraba de arriba abajo, el deseo que tuvo toda la noche anterior le recogió el cuerpo—Lo siento mucho. ¿He interrumpido alguna aburrida reunión de hombres?— todos allí rieron, excepto su padre.
—Sí, Maggie. Has interrumpido algo muy importante —se giró hacia su padre. Sabía que Ayrton la miraba.
—Lo siento —volvió a disculparse. Le dedico la sonrisa que tenía guardada para su padre. Aquella que siempre la sacaba de apuros.
—Está bien amor —vio como su padre se suavizaba.
—Lo siento mucho, ¿señor?— se mordió el labio y los ojos de él se agrandaron. Sus pupilas estaban dilatadas. Ella, a continuación se soltó el labio lentamente y se pasó la lengua por el labio superior. Era un juego. Estaba jugando con fuego. Él la observó detenidamente. Un minuto de silencio calló entre los presente.
—Schiavenini—respondió al final. Sentía que el ambiente se estaba cargando de tensión.
—Bonito apellido. ¿Es usted italiano?— sabía que estaba jugando a algo peligroso y frente a su padre.
—Muchas gracias—le respondió, no podía quitar la miraba de ella. Era algo que lo atraía como un imán.
—¿Puede acompañarme a la cocina?— él asintió y se levantó, su cuerpo se movió elegante y sexy, pensó Maggie. Salió del salón con las pisadas de él detrás de ella.
No estaba dispuesta que la vean como una nena de papá, el deseo sacaba una nueva imagen de ella y todo estaba comenzando con Ayrton.