POV SUMMER
Cinco años después
Dicen que en cinco años el cuerpo humano regenera casi todas sus células. Me gusta pensar que no queda ni una sola partícula en mí que haya sido tocada por Soren Koch. La mujer que lloraba bajo la lluvia en la acera de esta misma calle murió hace mucho tiempo. La que ha bajado hoy del jet privado, con un traje de seda color perla y el mundo a sus pies, es una desconocida incluso para mis propios recuerdos. Recuerdos que aún queman aunque me niego a aceptarlo. Me digo a diario que ese nombre “Soren Koch” ya no significa nada, pero es la mentira más grande que puedo decirme. Es imposible olvidar cuando algo te lo recuerda a diario.
Caminé por el vestíbulo de Koch Industries y el sonido de mis tacones de aguja contra el mármol n***o resonó como disparos en una ejecución. Los empleados se detenían a mirarme. No me reconocían; ya no era la asistente silenciosa que bajaba la mirada. Ahora, mi presencia exigía espacio, respeto e irradiaba mucha autoridad.
—La arquitecta S. Rohan para la reunión de junta —le dije a la recepcionista sin siquiera mirarla.
—Por supuesto, señora Rohan. El señor Koch la espera. Está... ansioso por conocerla.
Sonreí para mis adentros. "Ansioso" era poco. Soren Koch estaba desesperado. Había ganado la licitación del Proyecto Prism, el complejo arquitectónico más ambicioso de la década, pero los inversionistas internacionales le habían puesto una soga al cuello: el diseño debía ser mío. Mi firma, Rohan & Co., era la única que podía salvar su imperio de una quiebra técnica por falta de capital extranjero.
Mientras avanzaba hasta la sala de juntas, las imágenes de mi huida me golpearon. Recordé la noche en que llegué a aquella ciudad desconocida, con una maleta rota y el alma en pedazos, creyendo que el mundo se acababa.
Pero el destino me tenía guardado un ángel en el cuerpo de un hombre cansado.
Arthur Rohan.
Él me encontró cuando más vulnerable era. Un anciano solitario, un genio de la arquitectura que vivía rodeado de planos y soledad, sin familia que reclamara su afecto. Él no me vio como un "pasatiempo"; me vio como la hija que nunca tuvo. Arthur me dio amparo, me cuidó durante los meses difíciles de mi embarazo y, al ver mi potencial, decidió que su legado no moriría con él. Me adoptó legalmente, me dio su apellido y me obligó a estudiar, a prepararme, a ser la mejor.
"El conocimiento es la única arma que los hombres como los Koch no pueden quitarte, Summer", me decía.
Al morir, me dejó su imperio y su nombre. Gracias a él, hoy no soy una víctima; soy la heredera de un legado que opaca al de cualquier Koch.
Me detuve frente a las grandes puertas dobles de la sala de juntas. Mi corazón, por primera vez en años, dio un vuelco traicionero. No de amor, sino de pura y gélida adrenalina. Me acomodé las gafas de sol, respiré hondo el aroma de mi perfume de trescientos dólares y empujé las puertas.
La sala estaba llena. Abogados, directivos y, en la cabecera, Héctor Koch, que lucía más viejo y amargado que nunca. Pero mi mirada se clavó en el hombre que estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a la puerta.
—Llega tarde, arquitecta —su voz, esa voz que todavía protagonizaba mis peores pesadillas, llenó la sala con una arrogancia que me hizo apretar los dientes—. Mi tiempo vale millones y no me gusta que me hagan…
Soren se dio la vuelta mientras hablaba. Las palabras murieron en su garganta.
El silencio que siguió fue absoluto, un vacío de aire que parecía succionar el oxígeno de la habitación. Vi cómo su rostro palidecía, cómo sus dedos se cerraban sobre el borde de la mesa de caoba hasta que sus nudillos se volvieron blancos. Sus ojos grises, antes fríos como el acero, ahora ardían con una mezcla de shock, furia y algo que parecía un dolor agonizante.
—¿Summer? —susurró, y el nombre sonó como una maldición en sus labios.
—Arquitecta Rohan, para usted, señor Koch —corregí con una voz tan gélida que sentí el placer de verlo estremecerse—. Y si mi retraso de cinco minutos le parece un insulto, imagínese lo que me parece a mí tener que viajar miles de kilómetros para darle el visto bueno a su proyecto.
Héctor Koch se puso de pie, tambaleándose.
—¿Qué es esto? ¿Tú eres la famosa S. Rohan? —el asco en su voz era el mismo de hace cinco años, pero esta vez, yo no era la víctima, ni el juguete de su hijo.
—La misma que antes era una simple asistente, señor Koch. La vida da muchas vueltas ahora su empresa depende de mí —solté, disfrutando del momento en que Soren cerró los ojos, como si mis palabras fueran látigos—. Pero no he venido aquí a hablar del pasado. He venido a decidir si su proyecto vale la pena para semejante inversión.
Caminé hacia la cabecera de la mesa, obligando a uno de los abogados a moverse para darme su lugar. Dejé mi portafolio sobre la mesa con un golpe seco. Soren no me quitaba los ojos de encima; podía sentir su mirada quemándome la piel, recorriendo mi nuevo corte de cabello, mi ropa costosa, la seguridad que emanaba de cada uno de mis poros. Intenté ignorar, aunque sentía como con cada segundo iba perdiendo el aliento.
—¿Dónde has estado? —preguntó Soren, ignorando a su padre y a los socios. Su voz temblaba levemente—. Te fuiste hace cinco años…. Cinco años, Summer. Me dejaste como si no fuera nada.
Me permití una risa corta y carente de humor.
—Me fui porque encontré algo mucho mejor que lo que tú podías ofrecerme, Soren. Alguien que sí sabe lo que es la lealtad. Pero no estamos aquí para discutir mi vida privada. —Me incliné hacia adelante, apoyando las manos en la mesa—. ¿Revisamos el contrato o prefieren que me retire y deje que este imperio se hunda en el olvido?
Soren dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Su aroma a madera y poder me golpeó, amenazando con derribar mis muros, pero me mantuve firme.
—No te vas a ir —siseó él, con los ojos inyectados en una mezcla de deseo y odio—. No ahora que te he encontrado.
—Usted no me ha encontrado, señor Koch. Yo he permitido que me vea —le recordé con una sonrisa de victoria—. Y recuerde una cosa: en esta mesa, yo soy la que tiene el lápiz. Y si no me gusta lo que veo, borraré su nombre de este proyecto antes de que termine el día.
Héctor intentó intervenir, pero Soren lo detuvo con un gesto de la mano, sin dejar de mirarme.
—Hagamos el trato —dijo él, con una voz que prometía una guerra—. Pero te advierto una cosa, Summer... no voy a descansar hasta saber dónde estuviste este tiempo, pero sobre todo con quien tuviste la osadía de engañarme.
"Te sorprendería saber que no es un hombre, Soren", pensé mientras acariciaba inconscientemente el anillo en mi mano derecha. "Son dos pequeños ángeles con tus mismos ojos que me esperan en el hotel".
—Buena suerte con eso —respondí en voz alta—. Empecemos. Tenemos mucho por hacer y como dijiste el tiempo es oro, sobre todo el mío. En casa me esperan.
Lo vi tensar la mandíbula, apretar los puños y su mirada dilatar. Aquello me divirtió aunque no lo demostré. Al parecer mi turno había llegado y no pensaba desaprovechar ni un segundo.