POV SUMMER
El sonido de las puertas del ascensor cerrándose tras de mí fue el disparo de salida que necesitaba para dejar de fingir. En cuanto estuve sola en la pequeña cabina metálica, apoyé la espalda contra la pared de acero frío y solté un aire que parecía haber estado retenido en mis pulmones desde que puse un pie en ese edificio. Mis manos, que segundos antes sostenían planos con la firmeza de un verdugo, comenzaron a temblar tan violentamente que tuve que esconderlas en los bolsillos de mi chaqueta.
—Cálmate, Summer... respira. Ya pasó —me susurré a mí misma, pero mi voz era un hilo roto.
El aroma de Soren, ese perfume de madera, tabaco caro y poder, parecía haberse quedado impregnado en mis poros, asfixiándome. Estar cerca de él después de cinco años no era solo un reto profesional; era caminar sobre un campo minado donde cada palabra, cada mirada, amenazaba con volar por los aires la vida que tanto me había costado construir. El riesgo era real y tangible. Si Soren o, peor aún, Héctor, descubrían que los verdaderos herederos del imperio Koch estaban a menos de diez minutos de su oficina, no dudarían en usar sus garras para arrancármelos. El poder de esa familia no conocía límites, y yo era la única muralla entre mis hijos y su oscuridad.
Salí del edificio con la barbilla en alto, ignorando las miradas curiosas de los empleados que alguna vez fueron mis compañeros. Al subir a la camioneta blindada, el silencio del interior me dio un respiro, pero mi mente seguía en la sala de juntas, reviviendo la forma en que Soren me miró. Era una mirada de hambre, de duda y de un rencor que me helaba la sangre.
—A la pastelería de la calle 50, por favor —le dije al chofer, tratando de que mi voz sonara firme.
Necesitaba un ancla. Algo que me regresara a la realidad de mi papel como madre y me alejara de la "Arquitecta profesional". Compré una caja de donas glaseadas y un galón de leche con chocolate fría. Eran gestos simples, pero eran los que mis hijos amaban, y yo necesitaba desesperadamente ver sus rostros para purificarme de la toxicidad que acababa de respirar.
Antes de subir al penthouse del hotel, me detuve frente al gran espejo del lobby. Me arreglé el cabello, me puse un poco de brillo labial y practiqué una sonrisa frente al reflejo. No podía entrar con el rostro desencajado; mis hijos no merecían ver a la mujer que acababa de intentar destruir a su padre. Ellos merecían a la mamá que siempre volvía a casa con un beso y una promesa de alegría.
Cuando el elevador privado se abrió en el último piso, las risas infantiles me golpearon como un bálsamo.
—¡No vale, Kael! ¡Te vi los pies detrás de la cortina! —la voz de Kaiden resonó, llena de una vitalidad que me devolvió el alma al cuerpo.
Entré al salón y me encontré con Lina, la niñera. Me quité los tacones de aguja, sintiendo el alivio físico de tocar el suelo, y dejé las cajas sobre la mesa de mármol.
—¡He traído un botín! —exclamé con alegría fingida que pronto se volvió real—. Pero solo es para los niños que logren encontrarme antes de que cuente hasta tres…
No pasaron ni dos segundos cuando dos pequeños torbellinos salieron de sus escondites, lanzándose contra mis piernas con una fuerza que casi me hace perder el equilibrio. Los levanté a ambos, uno en cada brazo, llenándoles las mejillas de besos mientras sus risas cristalinas llenaban cada rincón del penthouse.
—¡Mami! ¿Cómo estuvo el trabajo? ¿Hiciste muchos edificios hoy? —preguntó Kael, rodeando mi cuello con sus bracitos.
—Excelente, mis bebés, pero los extrañé tanto que sentía que el corazón se me hacía pequeño de tanto esperar para verlos —les confesé, sentándolos en el comedor.
Mientras devoraban las donas, me quedé en un silencio absoluto, observándolos con una mezcla de amor y terror. Kaiden tenía esa forma tan particular de fruncir el ceño cuando se concentraba en no ensuciarse, exactamente igual a como Soren revisaba un balance financiero. Kael tenía esos ojos grises, profundos y tormentosos, que parecían capaces de leerte el alma antes de que pudieras articular palabra. Incluso la forma en que sus cabellos oscuros caían sobre sus frentes era un recordatorio constante de que, por mucho que yo les hubiera dado el apellido Rohan, la genética de Soren Koch corría por sus venas con una fuerza imparable. Eran su vivo retrato, pero con la luz y la inocencia que él nunca pareció tener.
—Mañana los llevaré a un parque de diversiones —les prometí mientras los bañaba más tarde, dejando que el agua tibia relajara mis músculos—. Vamos a conocer esta ciudad, pero siempre juntos, ¿de acuerdo? Jamás permitiré que nada les pase.
Después del baño, cuando los pequeños ya estaban en sus pijamas de dinosaurios y el ambiente era de total calma, la puerta del penthouse se abrió de nuevo.
—¡Tío Fabián! —gritaron los dos al unísono, corriendo hacia la entrada.
Fabián entró con esa elegancia relajada que siempre me transmitía paz. Dejó su maletín y se agachó para recibir el impacto de los gemelos, cargándolos con una facilidad pasmosa. Los besó y bromeó con ellos antes de decirles que prepararan la consola para jugar carreras, que él los alcanzaría en un momento.
Una vez que los niños se alejaron corriendo, Fabián se acercó a mí. Su mirada era escrutadora, llena de una preocupación que no intentaba ocultar. Se inclinó y dejó un beso suave en mi mejilla antes de tomar asiento frente a mí, atrapando mis manos entre las suyas.
—¿Cómo estuvo, Summer? —preguntó en un susurro—. ¿Cómo fue tenerlo enfrente después de todo este tiempo?
Suspiré profundamente, cerrando los ojos por un segundo. La calidez de sus manos era el único soporte que sentía en ese momento.
—Fue... un infierno, Fabián. Mucho más difícil de lo que imaginé en mis ensayos. Mantener esa actitud de desinterés, de frialdad corporativa, mientras sentía que su mirada me desnudaba el alma... sentí que me asfixiaba. Hubo momentos en que quise salir corriendo de esa sala.
Fabián apretó mis manos con firmeza, dándome su fuerza.
—No tienes que seguir con esto si no quieres, Summer. No tienes nada que demostrarle a esa gente. ¿Estás segura de continuar? Podemos asignar a otro arquitecto senior de la firma. Puedes volver a casa, estar tranquila y proteger a los gemelos desde la distancia. Mi prioridad es que estés a salvo, no el contrato con los Koch.
Miré hacia la sala, donde Kael y Kaiden ya estaban inmersos en su juego, ajenos al drama que se cernía sobre nosotros. Negué con la cabeza, sintiendo una chispa de acero nacer en mi pecho.
—Es trabajo, Fabián. Arthur confió en mí para llevar este imperio a lo más alto y no puedo desentenderme ahora. Pero además... —hice una pausa, sintiendo un nudo de determinación en la garganta—. Necesito esto. Necesito enfrentarlo, verlo a los ojos y demostrarle que no me destruyó. Tengo que cerrar el capítulo de Soren Koch para siempre, o de lo contrario, siempre viviré con el miedo de que su sombra me alcance.
Fabián se levantó y se sentó a mi lado en el sofá, rodeándome con sus brazos. Me hundí en su abrazo, inhalando su aroma a seguridad. Él acarició mi espalda con una suavidad que me devolvió el ritmo cardíaco a la normalidad.
—No estás sola, cariño. Nunca lo has estado —susurró contra mi oído—. En cuanto sientas que la carga es demasiada, o que ya has tenido suficiente de sus juegos, solo dímelo. Te llevaré de vuelta en el primer avión. Tu tranquilidad y la de esos dos terremotos es lo único que me importa en esta vida.
Me separé un poco para mirarlo y le dediqué una sonrisa llena de gratitud.
—Gracias, Fabián. Te quiero mucho. No sé qué habría sido de nosotros sin ti, cuando Arthur partió.
Él soltó una pequeña risa, una llena de una ternura tan profunda que me dejó sin palabras. Acarició mi mejilla con el pulgar, fijando sus ojos en los míos con una intensidad que hizo que el tiempo se detuviera, en ocasiones solía confundirme.
—No más que yo, Summer —me dijo con una seriedad abrumadora—. Nadie en este mundo te ama más de lo que yo te amo a ti.
Me quedé en silencio, procesando el peso de sus palabras mientras él se ponía de pie para unirse a los niños. Lo observé alejarse, sintiendo un inmenso agradecimiento, pero también una punzada de culpa. Fabián era mi roca, el hombre me había estado ayudando y acompañando cuando Arthur murió y ahora lo arrastre a acompañarme a esto, a mi pasado.
Mientras lo veía jugar las palabras de Soren se hicieron eco en mi mente. Parecía dolido y muy ofendido y no puedo creer que sea tan cínico. Iba a dejarme, a darme un cheque como compensación. Decidí irme antes y eso lo enoja, le dañe su juego, le demostré que también sabía jugar y ahora actúa como si le hubiese roto el corazón. No importa lo él crea o lo que busque, yo no dejaré que vuelva arruinar mi vida y mucho menos que ponga una mano sobre mis hijos, cueste lo que cueste.