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Ecos de un sacrificio

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Descripción

Tras la muerte de su padre, la vida de Dafne Valdés da un giro inesperado. Secretos ocultos y un rechazo inesperado la empujan a huir bajo la lluvia, buscando respuestas y un lugar donde realmente pertenecer.

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Sinopsis
Dafne No habían transcurrido 24 horas desde la muerte de papá cuando tuve un duro choque con la realidad. La mujer a quien había llamado "mamá" durante 17 años no tenía ningún vínculo sanguíneo conmigo. ¿Cómo me enteré? Quería obtener pruebas para desmentir unos rumores sobre mi padre. Al escabullirme en su despacho e intentar abrir la segunda gaveta de su escritorio, que estaba algo deteriorado, esta cayó al suelo, revelando un doble fondo con varios documentos. Entre ellos, encontré una foto de una mujer desconocida, pero con un aire de familiaridad. Fue entonces cuando comprendí por qué su trato hacia mí había sido tan indiferente. Durante toda mi vida me pregunté por qué había sido tan dura conmigo, a diferencia de mis hermanos. Parecía que tenerme cerca la molestaba, pero jamás imaginé que todo eso era producto de un terrible secreto que ella y papá habían dejado atrás al mudarse a Pensilvania. Lágrimas recorrían mis mejillas mientras me pellizcaba las piernas una y otra vez, intentando despertar de aquella terrible pesadilla. Pero era inútil; esto no era un sueño, era la amarga realidad. Escuché cómo giraba la perilla de la puerta y, en cuestión de segundos, vi a mi supuesta madre frente a mí. Una sonrisa triunfante se dibujaba en sus labios, sin el más mínimo rastro de tristeza o pena en sus ojos. Claro, ella sabía que no llevaba ni un solo gen suyo, pero aun así, esperaba una reacción diferente al darse cuenta de que yo ya conocía la verdad. —Mamá, ¿qué significa esto? —pregunté, con las lágrimas a punto de inundar mi rostro. —No te hagas la inocente. Ya era momento de que supieras que no eres más que una bastarda, producto de la infidelidad de tu asqueroso padre —espetó con frialdad, cada palabra golpeándome como un balde de agua fría. Ella jamás fue una persona dulce, al menos conmigo, pero nunca imaginé que llegaría a actuar de esa manera, y menos cuando se trataba de mi padre. ¿Qué culpa tenía yo? ¿Acaso soy responsable de las acciones de papá y aquella mujer a la que no podría ni siquiera llamar madre, porque hasta ahora me entero de su existencia? No pude evitarlo, no pude evitar que el llanto inundara mi ser. Traté de mantenerme serena, pero fue imposible. Vi cómo mi "madre" me miraba con desprecio y, sin poder controlarlo, caí a sus pies. A lo lejos, escuché la voz angustiada de mi hermano menor, Thiago, llamándome por toda la casa. Su tono de preocupación me atravesó, pero lo único que quería era esconderme, que nadie me viera en ese estado. No quería que supieran lo rota, lo débil que me sentía en ese momento. Cecilia Valdés, a quien había llamado mamá durante todos estos años, me miraba con desprecio, rabia, indiferencia, o tal vez con asco. En este punto, ya no sabía diferenciar de qué se trataba; jamás he sido buena leyendo las emociones de los demás. —Como ya sabes la verdad, espero que hoy mismo te largues de mi casa. Estoy cansada de ver diariamente a esa mujer —dijo Cecilia, señalando con desprecio a la mujer que, hasta ese momento, había sido mi madre—. No soporto tenerte cerca, como si su infidelidad no fuera suficiente, también tuve que soportarte durante diecisiete años. Me quedé helada, jamás imaginé que este era el motivo de tanto desprecio hacia mí. Pensé que era algo menos doloroso, algo que podría entender, pero esto… esto me estaba destruyendo por dentro. Cada palabra, cada mirada de Cecilia me desnudaba por completo, deshaciendo todos los recuerdos que había guardado sobre mi familia, los cuales ahora se sentían falsos, construidos sobre una mentira. Mi mente se nubló. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Quién era yo realmente si todo lo que creía saber sobre mi vida era una farsa? No había respuesta, solo un vacío, un dolor profundo que no sabía cómo soportar. Por un momento, creí que me pediría disculpas por lo que me dijo hace un rato, que quizás mostraría algo de remordimiento por su cruel actitud. Pero fue todo lo contrario. Con frialdad, se acercó y me miró directamente a los ojos. —No tienes derecho a llevarte nada —dijo, con voz firme y despectiva—. Todo lo que hay aquí me pertenece a mí y a mis hijos. Fui increíblemente ingenua al pensar que, después de todo lo que había sucedido, aún quedaba algo de humanidad en ella. Vi cómo mis hermanos me miraban confundidos desde el porche, sus ojos llenos de dudas y desconcierto, pero no importaba. Mientras tanto, yo me alejaba bajo la lluvia, empapada, con nada más que la ropa que llevaba puesta. El frío y las gotas de agua se mezclaban con la amarga sensación de haber sido echada de ese lugar, de esa familia. Escuché la puerta cerrarse con un golpe sordo detrás de mí, como un último recordatorio de que ya no pertenecía allí. Nadie vino a detenerme. Nadie me llamó. Solo quedé en la oscuridad de la tormenta, más sola que nunca. Iba en medio de la calle, sin rumbo, dejando que la lluvia me golpeara con fuerza. Los autos que pasaban no tardaban en sonar la bocina, impacientes por mi presencia en la vía. Cada uno de ellos me salpicaba con agua sucia, como si la tormenta no fuera suficiente castigo. El frío calaba hasta los huesos, pero no me importaba. Sentía que todo lo que había sido, todo lo que había conocido, se desvanecía mientras yo caminaba, ignorada y rechazada, en medio de la tormenta que me envolvía. Como si estuviera en automático, llegué a la casa de Nathan, mi mejor amigo, mis pasos pesados y mi mente nublada por la angustia. Toqué el timbre varias veces, esperando que me abriera. Ya había comenzado a resignarme, dándome la vuelta para irme a algún lugar donde pudiera pasar la noche, cuando de repente apareció en la puerta. Su rostro mostraba una leve preocupación, una chispa de inquietud al verme en ese estado tan lamentable. —¿Qué te ha pasado? —preguntó, con voz suave pero llena de esa preocupación que solo él sabía transmitir.

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