No terminé la frase cuando ella se inclinó hacia adelante, soltando un quejido antes de vomitar justo en el suelo del auto. —¡Mierda! —exclamé, sujetándola rápidamente por el cabello para que no se manchara. Ella sollozó entre jadeos, su cuerpo temblando. —Lo siento… —murmuró con la voz quebrada. —No pasa nada —dije, aunque en realidad sí pasaba. Mi auto apestaba a alcohol y a vómito, pero eso era lo de menos. Tomé un pañuelo de la guantera y le limpié el rostro con cuidado. Sus ojos, aún vidriosos, me miraron con una pizca de vergüenza antes de cerrarse de nuevo. Me estacioné frente al edificio de Dafne y solté un suspiro. Ahora venía la parte complicada. Apagué el auto y me giré hacia ella. Seguía dormida, con el rostro relajado, aunque su respiración era un poco irregular. Estiré

