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El ruido ensordecedor de una sirena irrumpió la tranquilidad de la calle Bordel.
Las luces de las casas se fueron encendiendo en la medida que el estridente sonido pasaba por el frente de cada una de ellas, hasta detenerse en una que, a diferencia de las demás, permanecía a oscuras.
Los vecinos que habían salido a la calle vieron al oficial descender de la patrulla y acercarse hasta la puerta marrón, con dos objetos en la mano. La manera como inhaló les dijo a los presentes que las noticias no eran buenas. El timbre sonó distante, una, dos, tres veces, al no haber respuesta, los golpes directos sobre el madero fueron la solución.
Drea, a sus veinte años pocas veces se preocupaba de atender situaciones caseras, no obstante, cuando escuchó los pasos acelerados y torpes de su madre bajando por la escalera, tuvo la sensatez de, en esos segundos entre el sopor del sueño y la realidad, aceptar que por los golpes en la puerta y la voz que gritaba el nombre de la señora Hassim, era necesaria su presencia, ya que por lo visto, su padre no se encontraba.
Salió de la cama tratando de recuperar totalmente su conciencia, se puso las pantuflas, y caminó por el pasillo arreglándose el cabello. Se dispuso a acompañar a Jana y aceleró el paso al notar que las voces se hacían más fuertes, señales que lo que sucedía no era bueno.
Desde las escaleras Drea notó al hombre uniformado, con un rostro grave y cansado, que delataba más de lo que sus labios dirían, trataba de hablar con su madre, pero la negación en la que se hallaba, imposibilitaba un canal de conversación adecuado.
En medio del monólogo de Jana, el oficial desvió la cabeza logrando verla. De forma casi ceremonial, quitándose la gorra con la mano derecha para demostrar un respeto que solo se ofrece ante las peores noticias, la voz mencionó su apellido con una solicitud.
—¿Señorita Hashim?
Drea asintió, un sonido tembloroso y bajo que casi no reconoce como su voz.
El oficial sacó de su bolsillo dos artículos, una billetera de cuero desgastado y un manojo de llaves con un llavero metálico que Drea reconoció al instante como el de su padre. El policía no tuvo que decir nada; el silencio y el peso de esos objetos que Jana le arrebató, gritando que de donde los había sacado, fueron señal suficiente para que Drea adivinará lo sucedido.
—El señor Omar Hashim… —la voz del oficial plana, sin modulación, narró los hechos de la manera más imparcial posible—. El auto en el que iba parece que perdió el control. Se requiere su presencia y la de la señora, para reconocer el… para reconocer el c*****r en el Centro Forense.
Las palabras "perdió el control" sonaron huecas y distantes, un término administrativo para la tragedia que acababa de ocurrir. La palabra "c*****r" fue la que impactó.
Jana sollozó negando la realidad, su rostro pasó por más de una emoción, las llaves y la billetera se deslizaron de sus manos cayendo sobre la baldosa, mientras el llanto de la que Drea consideraba una mujer fría y carente de emociones se arrodillaba abrazándose y llamando a su marido.
El oficial les dio diez minutos para arreglarse y buscar los papeles que necesitaban para legalizar la salida de la morgue. Antes de volver a la patrulla, miró a la joven y con respeto, y mayor sinceridad, le dio el pésame.