—Andreas y Gustaw. No hemos sabido de ellos desde que se fueron. ¡Órale! Ya casi tres años —Jaime frunció viendo el yoyo al cual acababa de ponerle hilo nuevo, y lo miró como si fuera una bola de cristal. —Podríamos hacer lo que los soldados cuando van de misión, la carta y eso, solo por si acaso. Cxe5.
—Simón… su mamá ni supo que se fueron sino hasta el siguiente día. Eso fue, está mal. Es por eso que envejeció tan rápido y se enfermó… ¿los encarcelaron? —las jugadas de Mario comenzaron a ser más rápidas. —Aquí vienen las baterías: Td1.
—No. Quiero decir, ya sabría por medio de papá, pero parece que simplemente desaparecieron. Creo que están escondidos —las jugadas de Jaime necesitaban más tiempo.
—Aquí viene, con lo poquito que tiene: Dh4.
—¿En serio? Rg1.
Complicaciones. Al punto que dejó de probar el yoyo. Éste seguía subiendo y bajando, pero por inercia y cada vez más lento. —Caballo a… Cg4.
—¿Sabes? No hay prisa Danton. ¿Cómo quieres la hoja? Rápida, chata, fría, tú dices; te agradamos. Df3.
—Ah. Me agradas ¿eh, taradito? Agrádame ésta: Dh2+
—Esa es la jugada más “estupidienta” que has hecho en tu vida. ¿Qué no ves la posición de la realeza? Rf1. ¡Ay! ¿Qué hacer? ¿Qué hacer?
—¿“Estupidienta”, eh? Aquí resulta mi esquema ganador, mi amigo de no “estupidientas” jugadas. ¡AÑE! Ce5.
—¡Órale! Tenías razón; la jugada anterior no era una “estupidienta”. Esta méndiga sí. Estás perdido y pendejo: “perdindejo”. Da3.
Con esta jugada el yoyo cesó, colgando del hilo, simplemente perdió momento y se balanceó casi imperceptiblemente, hasta que cayó al piso de una mano descuidada, cuyo dueño estaba de repente, o finalmente, poniendo atención a la posición imaginaria. Jaime estaba en aprietos, su ceño fruncido por fin daba cuenta de la ventaja superior de Mario. El juego parecería cuasi-parejo de lejitos, pero Jaime sentía que algo se quebraba, y no encontraba las jugadas que reforzarían el lado del rey y la estructura en general. Suspiró fuerte después de diez minutos, como si se rindiera: —Dh1.
Mario musitaba una melodía alegre mientras continuaba reparando juguetes, como si no pusiera atención al humor de Jaime. La tenía fácil ya.
—¿Qué crees que debamos escribir en esas cartas tipo soldado? ¿Una despedida o disculpa o carta de amor? ¿Todo eso? Re2.
—No sé. Dame unos “segs”. Estoy contra tu hemisferio izquierdo aquí —otra media docena de largos y mal mirados minutos pasó. —Dh5+.
—Te daré todo el ‘segs’ que quieras ¡solo pide! f3.
—Me darás ¿eh? Muy bien, comienza mamando ésta: Rg8.
—¿Mientras te retiras y todo? Con gusto: Cf5. ¿Algo más?
—Pues… esa no me gustó mucho —Jaime transpiraba, —entonces agáchate con ésta: Ad7.
—Eres un sadomasoquista: Ce7+ —las últimas tres jugadas de Mario fueron instantáneas.
—Solo me gusta agradar a los que creen que me tienen listo cuando no es así. Rf8.
—Linda jugada. Como me gusta, ajá, ajá. Cg6+.
—¿Qué es eso? —Jaime se sorprendió de ver tan veloz sucesión de jugadas, como si el oponente no necesitara pensar para mover. —¿Estás buscando tablas forzadas? No me asustas. El juego es mío ahora: Rg8.
—El rey ha muerto, viva el rey: Df8+.
—¿¡QUÉ!? Txf8.
—¡AÑE! Ce7++. Siempre soñé con un jaque mate así, ¿sabes?
—Órale. Eres bastante bueno ya. Has cambiado mucho, no solo en el tablero, sino también en todo lo demás. ¿Qué secreto tienes?
—No hay méndigos secretos para ti, güey —miró a Jaime a los ojos como si confesara algo. —Solo leí una joya anónima hace unas semanas y decidí ponerla a prueba en todo lo que hago: comienza con una apertura fuerte, continúa con un medio juego fuerte, y termina con un final fuerte.
—Bueno, eso casi lo explica. Gracias por compartirlo. ¿Anotamos las jugadas? Estuvo… ¡brillante! —Jaime reconoció la admiración por su querido amigo. —De verdad eres un genio.
—No. Digo, sí, hay que anotarlas para después. Aquí en la parte de atrás de la bitácora… Blancas: Mario Zamardi, Negras: Jaime Peres. Fecha… ya… 1. d4…
Y así lo hicieron, sabiendo que la libreta no solo contendría el registro de juguetes reparados y aquellos aun por terminar; sino también muchos minutos de notas a ser recreadas en la vida tardía.
Si Jaime era una persona inteligente se veía como un ignorante y no tan listo en comparación con Mario. Cuando Mario era un infante se enfermó gravemente de poliomielitis o algo relacionado, aparentemente transmitido por su madre, Ofelia, o por la enfermiza hermana de ella, a los pocos días después de nacido. Fue hasta un par de meses después que comenzaron a notar los síntomas, más los doctores dijeron entonces que no podían hacer mucho porque era demasiado tarde, excepto aplicar inyecciones cada dos días. Decían que, si Mario tenía suerte, sobreviviría con por lo menos una de sus extremidades nula, pero que la familia necesitaba estar preparada porque lo más probable era que muriera debido a fallas de órganos internos. Él, obvio, sobrevivió; aunque le tomó hasta los nueve o diez años dejar el bastón y caminar y correr por sí mismo, siempre cojeando del pie izquierdo: aunque sus músculos y huesos de la rodilla y alrededor de ésta estaban en relativamente buena forma, su sistema nervioso no. Puesto que moverse mucho y con gracia no era una opción en sus primeros años, se la pasó leyendo. Leyó todo tipo de libros y revistas, desde ensayos médicos, pasando por novelas, libros de cocina, enciclopedias, y hasta cualquier cosa que quienquiera le prestara para leer. Le gustaban los libros de historia y los relacionados con la sociedad, pero sobre todo los de ciencias.
A veces, incluso cuando estaba quieto, su pie izquierdo cedía y daba la impresión que caería, pero siempre reaccionaba rápido. Todos estaban acostumbrados a esos tics y pataditas, como cuando está uno parado y alguien toca o golpea con suficiente fuerza la parte de atrás de la rodilla, con la consiguiente rápida reacción del cuerpo entero.
Cuando jugaba en la calle, él prefería por ejemplo shanghai a cualquier juego con pelota, aunque también los jugaba, su cuerpo acostumbrado a caer constantemente, sus manos y rodilla derecha amortiguando las caídas. Una vez, después de caer fuerte, sin poder meter las manos, y raspando mucho su mejilla, se paró tan velozmente como pudo, sabiendo que todos se preocuparían; y gritó en parte bromeando: —¡Lo dije antes y lo digo de nuevo, ésta maldita polio no será la causa de mi muerte! —Siempre se le encontraba de buen humor y a diario demostraba que era feliz con la vida que tenía enfrente.
Cuando los problemas eran difíciles de resolver o más allá del entendimiento común, él era a quien se le debía preguntar; su opinión siempre llevaba un valor agregado. Jaime le complementaba perfectamente; era obvio que la amistad desarrollada entre los dos era mejor que cualquiera que alguien tuviera con alguien más. Algunos decían que era una relación de conveniencia porque Jaime protegería a Mario a cambio de ayuda con las tareas y así, pero Jaime no era ni idiota ni un hombre de fuerza bruta; ambos eran listos y se entendían muy bien. Independientemente de las diferencias de conocimientos generales, ellos estaban felices de contar con la amistad del otro.
Se imaginaban como viejos en la vida tardía, sentados frente a frente, tomando té y jugando ajedrez por horas. Puesto que la vida era suficientemente buena para todos en Kundust y sus alrededores hasta ese momento, todo mundo vislumbraba un futuro semejante. Nadie nunca imaginó, presagió o presintió los muchos eventos que tomarían lugar para alterar tantas vidas en tan poco tiempo.