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INQUEBRANTABLES: BAJO LA SOMBRA DEL SECUESTRO

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Descripción

A una semana de las elecciones nacionales canadienses, un hecho histórico conmueve y moviliza a todo el país. Olivia Davenport, la primogénita de Henrik Davenport, el actual primer ministro y líder de encuestas que parece encaminarse a unos cuántos más años de mandato, ha desaparecido.

Los últimos movimientos de la joven, así como las continuas amenazas de opositores y anónimos al partido liberal de Davenport, pronto indican a las autoridades que se trata de un secuestro. Un desafortunado secuestro llevado a cabo por uno de los grupos criminales que más han aterrorizado a los ciudadanos durante los últimos años.

Korax, uno de los mercenarios más respetados de la organización, no cabe en sí de gozo cuando todos los medios de comunicación le apuntan como el principal sospechoso. Su plan maestro para acabar de una vez por todas con lo que hace años lleva ocultando comienza a salir como la seda. Todo parece perfecto hasta que Olivia decide arriesgar su vida y opta por no cooperar.

Que la joven no siga las reglas como él había planeado era un hecho con el que no contaba. Y es que Olivia resulta no ser como la había imaginado, por lo que le obliga a debatirse entre el deber, su propósito, la integridad e incluso sus propios sentimientos.

El amor puede cambiarlo todo.

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I
OLIVIA Un pitido agudo, errático e incesante atravesó mi cabeza. Me dolía. Dolía tanto que me impedía abrir los ojos, porque apretarlos con fuerza quizá contrarrestaba y aminoraba la molestia. No podía moverme, ni un milímetro. Sabía que estaba sobre una superficie blanda. Extraña. Aquello no era el colchón de mi cama. Ni siquiera la sábana que me cubría olía a lo que huele mi casa. Tenía el cuerpo tan entumecido que cualquier intento de movimiento suponía un enorme esfuerzo. Y, el cansancio, ganó la batalla. (...) El estruendo de un portazo logró que despertara de nuevo. No sabía si habían pasado minutos, horas o días, pero al menos el dolor de cabeza se había suavizado. Por primera vez pude abrir los ojos. Lo hice muy lentamente, quizá por el terror hacia lo que podría encontrarme. La habitación estaba a oscuras, muy borrosa, como si estuviese viendo a través de un cristal empañado. Por la pequeña y única ventana que encontré en el lugar se veían las nubes de un cielo nocturno. Una ligera luz blanquecina, quizá proveniente de una farola, se filtraba a duras penas a través de ella. Fue entonces cuando caí en cuenta de lo que sucedía. Y es que varias imágenes llegaron a mis recuerdos como flashbacks, sin avisar, sin que yo lo hubiese permitido. Tomé aire con profundidad al notar que la respiración se me dificultaba y comenzaba a marearme. Confusión, pánico. Me senté en la cama temblando, apoyando la espalda en la pared y abrazándome desde las rodillas, pero algo tiró de mi muñeca diestra. Estaba atada, atrapada. Los ojos se me dispararon, imposibles de controlar, revisando nerviosa la habitación tan fúnebre en la que lo más seguro era que también me hubiesen encerrado. Porque sí, ahora lo recordaba y lo entendía a la perfección: me habían secuestrado. Supongo que la angustia me paralizó cuando noté el llanto en el borde de mi garganta. Lloraba y lo hacía en silencio, porque notaba cómo se me humedecían las mejillas pero por alguna razón la voz no funcionaba. ¿Dónde demonios estaba? ¿Era este el fin que me merecía? Respirar cada vez era más complicado. Notaba la incesante palpitación de mi propio corazón casi fuera de mi pecho, en las sienes, en cada vena. El golpeteo era tan frenético que creí que me estaba dando un ataque al corazón. Entonces, un nuevo golpe, más lejano y en forma de eco, me distrajo por un momento. —¿Hola...? —casi tartamudeando, tuve que sacar fuerzas de donde ni siquiera sabía que tenía—. ¿Hay alguien ahí? No hubo respuesta. El silencio se hizo aún más presente y las paredes de la habitación, que ya era pequeña, parecieron encogerse. Sin embargo, una serie de pasos se aproximaron de repente. Al principio fueron débiles, pero a medida que se acercaban cobraban fuerza, como si alguien al otro lado de mi puerta caminase a través de un largo pasillo. Me retorcí tratando de una manera casi desesperada para librarme de la cuerda que me ataba a una pata de la cama. Tiré con tanta fuerza que un quejido salió de mi boca cuando me dañé la piel. Era inútil. La persona que había hecho esto sabía lo que hacía, pues el nudo era tan rígido como profesional. Supe que estaba hecho a mano porque en los campamentos de verano a los que había ido cuando era pequeña nos enseñaban a hacer nudos similares y a mí nunca terminaban de salirme bien. Era algo que requería de práctica, de dedicación. —Olivia. La sangre se me heló al escuchar que esa voz sabía mi nombre. Era grave, profunda. Su tono autoritario me hizo temblar. Aquél hombre se encontraba tras la puerta y parecía mentira que estuviésemos a tan solo unos metros de distancia, separados por un simple muro de cemento. Comencé a llorar, de nuevo, pero esta vez el miedo a lo desconocido, a que me hiciesen daño, hizo que mi llanto se propagase por la habitación. —¡AYUDA! —grité— ¡POR FAVOR! ¡SÁCAME DE AQUÍ! ¡TE LO SUPLICO! Las lágrimas brotaban sin cesar. Tanto, que los ojos comenzaron a picarme. —Olivia, debes escucharme. Pero yo no estaba en ese momento para escuchar a nadie. Mucho menos a alguien que no conocía y que, lo más seguro, era que fuese mi secuestrador. Mi mente me jugó una mala pasada y comenzó a imaginarse diversos escenarios en los que en ninguno existía un final feliz. Grité. Brinqué con rabia sobre la cama y los muelles crujieron en cada embestida. Si no me sacaban de allí, si nadie me ayudaba, al menos destruiría todo lo que tenía por delante. Jalé de nuevo del brazo que me ataba a ese lugar y solté un quejido doloroso cuando la cuerda presionó el hueso de mi muñeca. Escoció tanto que quizá incluso me había hecho sangrar, pero no estaba segura, pues no había luz suficiente como para distinguirlo. —Cualquier esfuerzo que hagas es en vano... Tienes que parar. ¿Creía que así iba a calmarme? ¿Que gracias a sus palabras dejaría de gritar? ¿Que abandonaría la idea de rebelarme? ¿Que tan rápido me rendiría? —¡POR FAVOR, DÉJAME SALIR! —Así no funciona un secuestro. Entonces era cierto. Me lo había afirmado: estaba secuestrada. Todas las señales eran más que obvias, pero escucharlo en voz alta se hizo mucho más real. No era una pesadilla. No volvería a abrir los ojos y me encontraría en mi cuarto, con mis padres viendo una película en el salón, con la vida que tenía antes. Volví a gritar. Esta vez con más rabia que nerviosismo, miedo o tristeza. Me enfurecía que alguien atentase contra una libertad y unos derechos que no le correspondían. Como si tuviese la potestad de decidir, como si una vida ajena no significase nada. —¿Qué es lo que quieres? ¿Dinero, poder...? —quise saber con las ansias encogiéndome el estómago—. ¿Qué buscas de mí? Una parte de mí imploraba que no respondiese. Puede que, en parte, porque sabía o intuía, más o menos, por donde podrían ir los tiros. Mi padre, Henrik Davenport, llevaba siendo el primer ministro de Canadá durante cuatro años. Las elecciones generales estaban a la vuelta de la esquina y todas las encuestas apuntaban a que la mayoría ciudadana seguía a favor del mandato que mi padre había dirigido junto a su equipo. En el mundo siempre habían existido bandos, eso lo tenía claro. Las diferencias de pensamiento, los problemas y efectos secundarios del poder, del dinero, la avaricia... Todo aquello formaba parte de mi día desde que tenía uso de conciencia. Me habían instruido porque papá siempre se había dedicado a lo mismo. La política era su pasión. Sin embargo, convertirse en una figura pública de tanto peso, había atraído —desde mi punto de vista— más cosas malas que cosas buenas. Y es que, había personas que no compartían ni un mínimo punto en común con aquello que mi padre quería defender e instaurar en el país. Había personas que le odiaban, a niveles exagerados. Sabía que más de una vez le habían amenazado, tanto anónima como públicamente. Sabía que algunos otros le envidiaban o que simplemente se acercaban a él por interés. Henrik se esforzaba por alejarnos de todo eso a mí y a mamá. Luchaba porque mantuviésemos un perfil bajo, porque no entráramos en polémicas. Nos alejaba de la prensa y de los eventos multitudinarios con el fin de protegernos tanto física como íntegramente. El problema era que, al igual que él, a mí ese mundo me gustaba. —Lo que quiero es que te calmes. La voz al otro lado de la puerta me sacó de mis pensamientos. Esa vez fue más suave, más cálida, incluso algo más baja. La intuición me decía que tan solo quería relajarme. Suspiré rendida por el cansancio que la vorágine de emociones había sacudido mi cuerpo. Apoyé la cabeza en la pared y cerré los ojo exhausta. La cabeza volvería a doler dentro de poco. —Vendré a verte mañana a primera hora. Hasta entonces será mejor que descanses y que no se te ocurra hacer ninguna tontería. Supe que se había ido cuando sus pasos alejándose dejaron de escucharse.

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